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Festival de Sevilla 2021: La isla de Bergman (Mia Hansen-Løve)

El cine de Mia Hansen-Løve se ha caracterizado siempre por su naturaleza escurridiza, planteamiento que comenzó a tomar forma con las extraordinarias elipsis de Todo está perdonado y que progresivamente fue convirtiéndose en la caricatura de sí mismo: lo elidido dejó de revelar cosas y su influencia en lo mostrado se volvió imperceptible. En sus últimas películas ―sobre todo en El porvenir y Maya― el montaje daba la sensación de ser una herramienta para esquivar lo filmado, una trituradora en la que parecía existir algún tipo de prisa por comenzar y terminar las escenas. El sentido de su carácter elíptico desapareció entre Un amour de jeunesse y Eden, y los muy socorridos saltos temporales pasaron a ser una mera división de grandes bloques de tiempo sin suficiente pertinencia y precisión para resignificar lo ya visto o, cuando menos, enriquecer la vertiente emocional de sus narraciones. Tras el fracaso que supuso esa recopilación de postales turísticas llamada Maya, Hansen-Løve se enfrenta a los fantasmas de su propia vida y a toda su filmografía en su película más madura hasta la fecha, La isla de Bergman, que precisamente corría el riesgo de ser ―pues tenía todos los ingredientes para ello― un aburrido y frívolo recorrido por el territorio del director de Persona.

Jordi Costa paseando en ‘La isla de Bergman’

Lo autobiográfico se cuela en las imágenes de su nuevo trabajo hasta el punto de que percibimos en él un cierto carácter meditativo, una transparencia que permite, esta vez sí, que los planos y las escenas respiren, que su peso trascienda aun a pesar de su más que probable irrelevancia a nivel dramático. Y podría decirse que asistimos a ese proceso creativo por partida doble, pues Chris ―Vicky Krieps―, de profesión guionista, viaja a la isla de Farö junto a su marido Tony ―Tim Roth― para escribir su próximo libreto. Así es como en primer lugar apreciamos una cierta realidad, la ficción que dentro de la película debemos asumir como real, para más adelante conectar sus implicaciones dramáticas con la narrativa del relato que le cuenta la protagonista a su marido, que funciona no tanto como espejo sino como contrapartida.

Jordi Costa estrechando la mano de Tim Roth tras ser reconocido por este en Farö

En La isla de Bergman muy pronto entendemos que la pareja no pasa por un momento a envidiar, y Mia no tiene reparo en separar drásticamente sus respectivos recorridos por la geografía de la isla. El itinerario recorrido por el personaje de Tony se corresponde plenamente con sus ideas e ideales cinematográficos y su mitómana irreflexión: es partícipe, como tantas otras personas, de ese turismo reverencial hacia la figura de Bergman que se lleva a cabo en la isla de Farö. Aunque por el momento no nos encontremos en una película dentro de la película, sería interesante identificar esta primera parte como la canónica, la que la mirada masculina que ha dominado la historia del cine ha impuesto, tan solemne y trascendente como el cine de Bergman. Es en su reposo, en su pausa calmada, en sus conversaciones y visitas, en los coloquios a los que Chris no tiene ninguna gana de asistir por su rechazo al ego masculino de su marido, donde podríamos encontrar una versión hegemónica y previsible del relato, la que podría haber dirigido él mismo como observador masculino. Entre tanto, el personaje de Krieps termina ―tras la infructuosa búsqueda de una casa que fue derribada tras el rodaje de una película del sueco― realizando una visita mucho más intuitiva y visceral, se deja llevar por los recovecos de Farö renunciando definitivamente a la trascendental influencia de un cineasta que vivió, filmó e hizo suya una isla que en el presente grita a voces la necesidad de ser vista, entendida y filmada con una luz muy diferente. Es lógico pensar que a partir de esa huida hacia adelante decida ―o reúna las fuerzas necesarias para― desarrollar ese guion al que, como le comenta a Tony, únicamente le falta un final adecuado.

Jordi Costa comentando la jugada con Gabe Klinger y Tim Roth

Mientras Tony se encuentra como pez en el agua en ese ambiente, Chris echa en falta a la hija que tienen en común y se cuestiona el tono de las películas de Bergman ―¿por qué hacía un cine tan pesimista y desolador en un lugar cargado de vida y color?―, así como la facilidad con la que desarrolló una filmografía tan prolífica a pesar de haber tenido nueve hijos con seis mujeres diferentes, reflexión que extiende a su relación con los artistas cuya obra admira pero que tuvieron o tienen comportamientos reprobables en su vida personal. Separar la obra del autor, ese aburrido debate que no concluirá hasta que asumamos que el cine y la vida están en permanente contacto y son ―o deberían ser― indivisibles. Porque la reflexión y el cuestionamiento son una cosa y la censura o la “cancelación” otra muy distinta. Pero la película de Hansen-Løve aborda estos temas sin un fin concreto, únicamente como expresión de la conciencia artística de la cineasta.

Jordi Costa siendo Steve Carell

Quizá el mayor mérito de la francesa sea haber sorteado con tanta facilidad el ridículo esperado. El planteamiento y la materia prima del filme parecían destinados a estrellarse en un paródico homenaje a Ingmar Bergman, pero Hansen-Løve integra perfectamente los temas de su cine en su universo personal y sitúa su crónica de la desintegración matrimonial más cerca del Viaggio in Italia de Rossellini que de ninguna otra cosa. Aunque la distancia entre una y otra no es poca, La isla de Bergman es mucho más de lo que podía esperarse.

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