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Festival de Sevilla 2021: ¿Qué vemos cuando miramos al cielo? (Alexander Koberidze)

En su ópera prima, Let the Summer Never Come Again, Alexandre Koberidze se servía de la cámara de 3 megapíxeles de un obsoleto Sony Ericsson para recorrer parte de la historia del cine con su particular mirada y, a través de ella, retratar los lugares y no-lugares de la ciudad de Tbilisi. Ese acercamiento a la realidad social de su país a través de una imagen que se oponía a la existencia de un valor estético normalizado se vuelve mucho más específico en ¿Qué vemos cuando miramos al cielo?, donde viaja a la ciudad histórica de Kutaisi para centrarse en una serie de lugares muy concretos en los que desarrollar una imaginativa y muy sugerente fabulación. Dicho de otra manera, Koberidze se despoja aquí de la imagen antiestética para demostrar mediante otras herramientas que hace falta muy poco para hacer una gran película.

La relación con la imagen del cineasta georgiano puede resultar caprichosa si no dedicamos el tiempo necesario a tratar de entenderla. La primera parte de su nueva película ―filmada en 16mm hasta un determinado momento que es mejor no mencionar― traza un recorrido muy similar al del primer capítulo de Let the Summer Never Come Again, haciendo del cine mudo la forma ―trascendiendo sin duda el guiño u homenaje― de presentar su universo. Porque aquí renuncia, por una pura cuestión de logística y de narrativa, a hacerlo registrando la entrada de trenes en estaciones, y pone el foco en aprovechar las dinámicas del silente para configurar su propia realidad. En la segunda mitad de la película Koberidze recupera el formato digital y ofrece una (auto)reflexión en torno a la propia creación cinematográfica, una decisión tan acertada como necesaria: tanto su debut como la primera mitad del filme que nos ocupa son un absoluto desborde de creatividad, por lo que la pausa de la segunda parte se antoja imprescindible y le permite dialogar con su aún escasa pero muy interesante filmografía. El proceso de esa película que surge dentro de la película hay que extrapolarlo a la relación de ésta con su primera parte pero también con el primer trabajo del director.

Los recursos narrativos utilizados en Let the Summer Never Come Again se repiten aquí pero su funcionalidad es mucho más precisa. Los diálogos no audibles que se sustituían por texto en pantalla quedan reducidos ahora a alguna ingeniosa rotura de la cuarta pared y a la narración omnisciente en off. Y, cuando miramos al cielo, lugar al que mira y nos obliga a mirar el cineasta en alguna ocasión, no vemos más que eso mismo: el cielo, un precioso y azul cielo perfectamente encuadrado, y de vez en cuando algún pájaro o el cableado de los postes de luz. Pero, afortunadamente, Koberidze detiene su mirada, por encima de todas las cosas, sobre la tierra, pues esta fábula irremediablemente romántica ―porque el azar puede ser maravilloso, incluso si la broma se alarga― comienza con un triple encontronazo en un encuadre donde apenas logramos ver los pies y parte de las piernas de sus protagonistas. El azar posibilita que el desencuentro se repita en mejores condiciones ―eso sí, nosotros, los espectadores, nos tenemos que conformar con verlo en un gran plano general― y se firme la promesa de un nuevo encuentro; pero será nuevamente el azar el encargado de frustrar el plan de sus personajes e impedirá a partir de ese momento que se reconozcan. Lo lógico es preguntarse por qué no le da a ninguno de los dos por pensar que la maldición pueda ser compartida, pero la respuesta es muy sencilla: Koberidze cree tanto en su inocencia como en la del propio cine, y la única regla de su universo es que en su interior no existen reglas más allá del buen gusto y la armonía.

Sin importar el formato de filmación ni la textura de la imagen, la noción de encuadre del director georgiano es seguramente su mayor baza, la razón por la que la sencillez de su cine deviene por momentos en poesía. Si los planos fijos rebosan vida y las ideas se suceden una tras otra con un altísimo porcentaje de acierto ―pese a la repetición de lugares y situaciones―, es justo reconocerle a la propuesta el valor de todos esos motivos visuales que se van generando y que siempre tienen algún estímulo que ofrecer. Mientras la ciudad ―sus gentes, sus rincones, sus perros― espera con entusiasmo la celebración de un ficticio mundial de fútbol que hará las delicias de unos cuantos, el tono documental de muchas de las imágenes que observamos nos obliga a pensar en su origen. Pero incluso en la reflexión permanece un carácter lúdico inclasificable, porque ¿Qué vemos cuando miramos al cielo? es justa con su deuda hacia la historia del cine y es muy fácil sacarle parecidos concretos o identificar momentos y situaciones con ciertas corrientes o cineastas, pero en términos generales no termina de parecerse a nada que se haya hecho antes. Lo cual no es bueno per se, y la película no siempre es igual de brillante e incluso la podríamos tildar de simple y unidimensional, pero ¿acaso no son también esas algunas de las razones por las que destaca por encima de gran parte del cine contemporáneo? Construir a partir de lo mundano, creyendo en ello y en la pureza de su materia es todo un logro. Dejemos a un lado nuestros prejuicios y démosle a Alexander Koberidze la importancia que merece: con dos películas es ya una de las voces más clarividentes de toda una generación.

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