Festival de San Sebastián

Festival de San Sebastián 2019: Retrato de una mujer en llamas y La verdad

Nuestra cobertura de la 67ª edición del Zinemaldia arranca con una crónica dedicada a la sección más glamurosa y menos estimulante de la muestra donostiarra, conocida por todos como Perlas. No obstante, y para no perder la costumbre, en ella se reúnen muchas de las películas más esperadas del año, entre las que se encuentran las dos obras de las que hablaremos en este texto.
Aunque sólo logró hacerse ―de forma incomprensible― con el premio al mejor guion, Retrato de una mujer en llamas fue una de las películas más celebradas en la pasada edición de Cannes y posiblemente la que mejor acogida crítica obtuvo. No nos engañemos, podemos entenderlo: Céline Sciamma cuida al máximo cada uno de sus detalles, desde los gestos más pequeños hasta la composición visual en su más vasta concepción, haciendo del visionado una experiencia pictórica, un reposado viaje al surgimiento mismo del amor. Una pintora (Noémie Merlant) recibe el encargo de retratar a una joven (Adèle Haenel) a quien le están buscando un marido para su inminente casamiento, pero debe hacerlo sin que ésta sea consciente de ello, por lo que frente a ella actuará como su vigilante, su compañera de paseo ―poquísimo dura el posible interés del suicidio de la hermana de la joven, cuyo salto por un acantilado es el motivo de que necesite ser vigilada, no vaya a repetirse la catástrofe―. Diríase que nos encontramos ante una obra que habla de la mirada, del deseo que surge a partir del acto mismo de mirar, pero la puesta en escena nunca está a la altura de un planteamiento que en más de una ocasión requiere de su verbalización para ganar en fuerza y profundidad. El gesto, el detalle, en esta ocasión se queda en mera impostura, en una simple y desesperada búsqueda de lo bello y de lo trascendente sin tener verdaderamente el valor o la capacidad de hacerlo real, de conseguir que las imágenes hablen por sí solas más allá de la mera exposición superficial. Queda preguntarse qué sería de esta película, de su aceptación, sin las extraordinarias interpretaciones de sus dos actrices protagonistas. El plano final bien serviría para enunciar y resumir todos los problemas del filme en un par de minutos.
Por su parte, el japonés Hirokazu Koreeda inauguró la reciente edición del Festival de Venecia con La verdad, su primer proyecto lejos del país asiático. Sorprende, por encima de todo, la capacidad de adaptación del cineasta, la facilidad con la que ha asimilado toda la herencia del cine francés para crear una producción más cercana a la obra de Arnaud Desplechin que a cualquiera de sus anteriores películas. Y, a pesar de todo, siendo perfectamente reconocible, narrando con su característico tono amable una serie de encuentros quizá más graves de lo habitual en su obra, en lo que se descubre como un verdadero retrato generacional en el seno del propio cine ―no por casualidad se pasean por la pantalla al menos tres generaciones de actrices francesas: Catherine Deneuve, Juliette Binoche y Ludivine Sagnier. La protagonista de Belle de jour interpreta aquí a una extensión de su propia estrella cinematográfica, y Koreeda se centra en la relación entre ella y sus allegados, especialmente con su hija, que acude a la casa familiar para acompañar a su madre en la presentación de su nuevo libro, que por lo visto parece estar plagado de mentiras, de construcciones. Y es de eso de lo que viene a hablarnos la película: de un juego de espejos en el que cada cual (re)construye su propia realidad, y que recuerda a los últimos trabajos de Olivier Assayas ―especialmente a Dobles vidas y Viaje a Sils Maria. La verdad peca de no conjugar del todo bien su amabilidad con la seriedad de los hechos, con la gravedad del asunto, y algún que otro personaje ―el de Ethan Hawke― nunca llega a integrarse debidamente en el relato ―aunque, casualmente, sea el único que no logra comunicarse en la lengua (pre)dominante. Sin embargo, lo más interesante de la obra es la textura de la imagen y la construcción de algunas escenas, concretamente aquellas de componente metacinematográfico, que ponen en muy buen lugar el trabajo de Eric Gautier como director de fotografía ―colaborador habitual de Olivier Assayas y Arnaud Desplachin, también casualmente.

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