Críticas, Estrenos

Razzia (Nabil Ayouch, 2018)

Hacer justicia a una película tan bochornosa como Razzia requiere realizar un esfuerzo sobrehumano, y la propia distribuidora quiso obrar un milagro para que las condiciones de la proyección en el pase de prensa estuvieran a su misma altura. El resultado no pudo ser más satisfactorio: la copia “proyectada” fue un screener de pésima calidad reproducido en el fantástico reproductor de Windows Media, y contó además con la inestimable colaboración de una mesa alta con un micrófono situada justo delante de la pantalla, que obligó a los asistentes a sentarse en las butacas de las esquinas para intentar ver la película ―algunos no parecían molestos con las circunstancias y decidieron no verla, o si acaso verla muy mal―. Una situación surrealista.

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El nuevo trabajo de Nabil Ayouch, al que creímos ver algún talento o habilidad hace unos años en Los caballos de Dios, comienza con una historia pretérita que sirve como preámbulo y contextualización de otras cuatro que confluirán en la ciudad de Casablanca en la actualidad, concretamente en el año 2015. La prohibición de la enseñanza en dialecto bereber en una pequeña aldea y la obligación de impartir las clases en árabe unificado, un idioma desconocido por todos los niños de la zona, son los motivos que llevan a un joven profesor y poeta ―algunas de sus pieza aparecen a lo largo del metraje mediante una voz en off de ridículo e impostado lirismo― a abandonar su tierra y al posible amor de su vida en busca de no se sabe muy bien qué ―las convenciones impuestas por el gobierno estarán aún más presentes en territorios más civilizados―. En cualquier caso, los hechos introductorios sirven para conectar lo acontecido a principios de la década de los 80 con el movimiento revolucionario actual. Es quizá esa la diferencia entre Ayouch y otros creadores de películas de historias cruzadas con resultados nefastos, como pueden serlo Iñárritu o el Paul Haggis de Crash, que aprovechan las miserias de unos, el caos de la realidad, para torturar también a unos personajes que no suelen encontrarse entre los desfavorecidos. Pero, por mucho que el cineasta de origen marroquí nacido en Francia muestre un compromiso social y político mayor que sus compañeros de gremio, su retrato de las revueltas y del ser humano en general es del todo injusto, indigno.

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La forma de mostrar la violencia de los manifestantes es a todas luces ridícula, pues en lugar de transmitir esa crítica a las autoridades de su país lo que logra es equiparar las actitudes del pueblo a las de sus gobernantes, todo ello por el simple hecho de recrearse en esa representación de la violencia como algo banal, innecesario, fruto de la impotencia y del daño sufrido. Ayouch termina de coronarse respecto a lo recién comentado cuando uno de sus personajes, un joven homosexual ―nos hace saber su orientación sexual de forma realmente patética, como sólo podría hacerlo un muy mal director― que se quiere dedicar a la música y sus compañeros de orquesta apalizan hasta la muerte a unos chavales por insultar y acosar a una bailarina. Probablemente en ningún caso sea un problema en sí mismo el estallido de violencia ―no podríamos decir lo mismo de la mirada del director hacia sus personajes, siempre en busca de lo malsano y nunca de lo ambiguo, de la complejidad―, sino el tratamiento cinematográfico que se le da, pues en esos momentos abundan las cámaras lentas, el subrayado musical se excede hasta límites insospechados y un zafio montaje paralelo se esfuerza por conectar el destino de todos los personajes, que pasan a ser seis, en una convulsa Casablanca.

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