Críticas, Estrenos

Lo que esconde Silver Lake (David Robert Mitchell, 2018)

Como pienso que no tengo demasiado que añadir a la discusión en torno a Lo que esconde Silver Lake ―si es que esta existe, pues es complicado que surja dada la naturaleza de la película―, mejor voy a tratar de resumir sus intenciones y su resultado, o la contradicción resultante entre ambos puntos, mediante dos escenas relacionadas con el acto masturbatorio.

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En la primera de ellas, muy similar a algunas otras en las que el protagonista espía con prismáticos o a través de una persiana entreabierta a alguna fémina, éste y un amigo suyo utilizan un dron para contemplar a una joven modelo en su salón, donde habitualmente se desviste después de una dura jornada de trabajo; para su sorpresa, la escena concluye con la chica rompiendo a llorar. Con esto David Robert Mitchell parece querer decirnos ―o decirle a su protagonista― que todo lo que rodea a la ciudad de Los Ángeles, en concreto a esa generación que soñaba con lograr algo importante y que es incapaz de reconocer su ocupación real ―apenas conocemos al personaje de Andrew Garfield, pero podemos intuir que no hace otra cosa que holgazanear; por su parte, la mayoría de las jóvenes aspirantes a actriz que aparecen en el filme terminan ganándose la vida como prostitutas― detrás de esa fachada autoimpuesta. Todas las lecturas de la película, incluso la misma estructura laberíntica del relato, apuntan en la misma dirección: toda una generación se dedica diariamente a vivir una mentira que probablemente esté orquestada por unos pocos poderosos. Sin embargo, dejando a un lado el obvio significado de unas imágenes con escasa capacidad evocadora ―algo casi imprescindible en una propuesta de estas características, comparada con Inherent Vice o The Long Goodbye por sus respectivas bases literarias―, el gesto de situar ese dron en una posición tan privilegiada para la mirada masculina supone la reafirmación del cineasta a la hora de homenajear por enésima vez a Alfred Hitchcock, en esta ocasión aprovechando las facilidades que ofrece el desarrollo tecnológico.

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La segunda de ellas se refiere a la masturbación en su sentido literal. Andrew Garfield se masturba observando una serie de imágenes y objetos que de un modo u otro lo estimulan, que, por decirlo de otra forma, conforman su propio imaginario. No es complicado encontrar una analogía entre esta imagen y lo que hace el cineasta con sus referentes, a los que en algún momento imita, pero por lo general únicamente enumera. Prueba firme de su escasa habilidad para integrarlos coherentemente en la narración es ese momento en el que los personajes están viendo en la tele How to Marry a Millionaire, y justo después te muestra un póster de la película por si acaso no te habías dado cuenta de que era un guiño. Así es Lo que esconde Silver Lake en su totalidad: un festival de guiños cómplices dispuestos sin orden ni concierto para el gozo y disfrute del espectador. O, peor aún, quizá sólo sea una estrategia de Robert Mitchell para paliar su propia nostalgia.

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