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Festival de Sevilla 2018 (4)

Dentro de la Sección Oficial del certamen andaluz encontramos Pearl, primer largometraje de Elsa Amiel, que gozaba de una larga trayectoria en el cine como ayudante de dirección de reputados cineastas como Bertrand Bonello (en Saint Laurent), Eugène Green (Le Pont des Arts) o Raoul Ruiz (Comédie de l’innocence). En su ópera prima, la directora francesa presenta la historia de Léa Pearl, una culturista que se prepara para competir por el título de Miss Heaven en un concurso internacional. Pero mientras vive los últimos momentos de entrenamiento previo con su abusivo instructor, su antigua pareja aparece en el hotel en el que ella se hospeda para dejarle a cargo del hijo que abandonó hace años.

La película se caracteriza por un estilo de fisicidad atomista: a pesar de retratar el mundo del culturismo, que habitualmente parece situar como protagonistas a las representaciones exageradas y ampulosas, la directora persigue el retrato de lo minúsculo. Pero esto último no aludiría al movimiento ni a la constitución corporal, sino a lo poroso, aproximándose de forma tan cerrada que no permite diferenciar un cuerpo de otro opuesto. Gracias a esta estrategia, una penetración se intuye por las gotas de sudor que resbalan de una frente, un ejercicio de pesas por las venas tensionadas del cuello…

Temáticamente, es decisivo el hecho de que la cinta se centre en el culturismo femenino, pues la protagonista se ve enfrentada constantemente a elementos tradicionalmente asociados a la mujer: desde la trama principal, relacionada con la maternidad -que pareció aceptar en su día casi de forma instrumental, pues habla de ello como parte de un acuerdo-, hasta la utilización de su cuerpo y su percepción de él como algo ajeno -que se ve acentuado por las características que considera inherentes al mundo que habita: violaciones por parte de su entrenador entendidas como disciplina de trabajo, maquillaje obligatorio, medicación rutinaria-, pasando por una relación de poder que sitúa a la protagonista como parte dominada, y una misoginia interiorizada que parece ser la reacción a todo ello.

El contexto se disuelve en pos de los personajes, algunos de los cuales poseen la autoridad para crearlo. El hotel en el que se alojan no existe como ente completo -en ocasiones se muestra incluso como edificio aún en construcción, de estructura dudosa, erigido sobre plásticos traslúcidos (que no transparentes)- y el espectador es incapaz de percibir la distancia que puede haber entre los distintos lugares que transitan los personajes.

Con todo, la película adolece de ciertos problemas: a pesar de su esfuerzo por exhibir una interesante expresividad visual, las cuestiones que esta refleja son tratados argumentalmente con absoluta brocha gorda -un ejemplo paradigmático de esto sería la exposición de la relación romántica de la protagonista-. Pero el elemento más discutible con diferencia es la creación de escenas de humillación como recurso para que el espectador desarrolle empatía hacia la protagonista.

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