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Festival de Sevilla 2018 (3)

Pity, segundo largometraje de Babis Makridis tras L, retrata a un hombre de familia cuya mujer cae gravemente enferma, por lo que empieza a servirse de la ayuda de sus vecinos y compañeros para manejarse con las tareas de las que ella se encargaba. Pero el sufrimiento del protagonista en esta comedia negra no comienza con la desgracia de su esposa, sino con la noticia de su rápida recuperación.

El cineasta griego, con un libreto escrito junto al habitual guionista de Yorgos Lanthimos, Efthimis Filippou, parte de un mundo más familiar y convencional que el director de Canino. Los comportamientos extraños no se entienden como la pauta general que interiorizar -como sí ocurre en las obras de su compatriota-, sino que los personajes sí muestran incomprensión ante la desviación normativa. No obstante, la progresión manifestada comparte efectivamente similitudes con otras cintas griegas contemporáneas: la obra camina desde ciertos desvíos puntuales, en apariencia anecdóticos, hacia la catástrofe global, que al echar la vista atrás se acaba revelando como ineludible.

A pesar de que la sinopsis oficial hable del personaje principal como “un hombre que sólo se siente feliz cuando es infeliz, que es adicto a la tristeza”, la cinta parece acercarse más al retrato de una categoría dignóstica que -aunque de existencia ampliamente cuestionada- ha sido objeto de un gran interés audiovisual en los últimos años -ejemplos de ello son el documental Mommy Dead and Dearest o la serie The Act-: el Síndrome de Münchhausen por poderes. Según este trastorno facticio, el estado comatoso real de la mujer del protagonista provoca la obtención de múltiples beneficios para el marido -tanto materiales (comida, descuentos económicos) como simbólicos (atención, compasión, conversación)-. Cuando esta despierta, el sufrimiento y todos los sentimientos negativos asociados a la situación aversiva se desvanecen, pero la necesidad de las sensaciones positivas que antes aparecían relacionadas con ellos se mantiene -e incluso se acentúa debido a la abstinencia-. En consonancia con esto, en cada situación, tras actuar el personaje principal, este espera la reacción ajena, para lo que es ayudado por la cámara, que busca los ojos de sus acompañantes.

Un aspecto que merece la pena destacar del acercamiento que realiza Makridis a este fenómenos es que, gracias a la colocación del punto de vista en el lado beneficiado -el personaje principal, en este caso- en lugar de en el perjudicado -que sería su mujer-, el griego evita la configuración de un thriller dramático basado en la compasión sentida por el espectador -como sí ocurre en las dos obras anteriormente mencionadas que comparten temática con Pity-, para optar una comedia negra que se exhibe un mayor ingenio.

Esta curiosa agudeza continúa en la propia estructura del film, que se apoya en la repetición, realizando ciclos completos que abren y cierran con un llanto, de forma que se reitera en la acción. Pero su significado va mutando progresivamente en cada vuelta, hasta acabar distanciado por completo de su típica emocionalidad negativa, pues culmina con su expresión en forma de una canción monótona -sonoramente, aunque el contenido sea profundamente afectado- que el protagonista ha ido elaborando a lo largo de toda la película.

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