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Festival de Sevilla 2018 (1)

Tras inaugurar la edición de 2016 con El jardín de Jeannette, Stéphane Brizé regresa a la Sección Oficial del Festival de Sevilla -aunque en esta ocasión fuera de competición- gracias a En guerre. En la que es su cuarta colaboración con Vincent Lindon -y después de ganar este el premio a mejor actor en el Festival de Cannes por La ley del mercado-, este último interpreta a Laurent, un trabajador de una importante fábrica de automóviles que es despedido por la empresa, junto a otros mil compañeros, con el objetivo de aumentar los beneficios de esta. Pero los empleados, con él a la cabeza, inician distintas movilizaciones y para tratar de lograr conservar sus puestos.

El director francés consigue construir un drama social asombrantemente vibrante, no sólo por la potencia inherente a la propia injusticia mostrada, sino por su pulso cinematográfico, que se desvía ligeramente de lo habitual en la temática. Así, en lugar de configurar una predominancia de travellings de seguimiento, Brizé opta por planos personificados, que no acompañan a los personajes sino que hacen a la cámara configurarse como cada uno de ellos, que observa entre la multitud -en ocasiones hasta es parcialmente cubierta por ella- y es receptora de su misma violencia.

Asimismo, el film rechaza lo panorámico para introducir una perspectiva molar, que defiende evitando encuadrar la totalidad de la acción para integrar el plano en su movimiento interno de forma tan produnda que la vista no sea capaz de alcanzar los límites. En consonancia con esto, la música extradiegética se adhiere al estado de inquietud, al desenfoque de las unidades y la estabilidad individual para ayudar a la composición de un conglomerado.

Otro de los aciertos de la película es tratar de exponer un arma más silenciosa utilizada habitualmente por las instancias de poder: los medios de comunicación. Se puede observar de este modo la interesante -e interesada- presencia constante de las cámaras de televisión en un segundo plano en todas las fases del conflicto, que sólo pasan a una posición principal en determinados momentos y de unas formas muy concretas. Cuando esto ocurre, sus imágenes toman el control absoluto de la pantalla, su narrativa interrumpe la natural, y son las únicas ocasiones en las que la película es dirigida por un narrador. Pero este no presenta una voz única ni constante cada vez que aparece, lo que pone de manifiesto la lucha que discurre de forma paralela a la trama principal, y en la que también es esencial -e incluso más difícil- ganar: la guerra de las imágenes y de la opinión pública. No es por ello anecdótico que su conclusión coincida con el final global de En guerre.

Aun con todo esto, a lo largo de la cinta se va perfilando en ella un problema que termina por ser decisivo para su entidad: la definición progresiva de un líder para personificar la lucha, en lugar de confiar en el ente abstracto pero de fuerza cualitativamente superior propio de la lucha de clases, que se haría concreto en cada momento y contexto específicos, basculando entre las distintas personas que representaran mejor el objetivo preciso para cada ocasión. Así se modela una figura casi mesiástica que es la encargada de combatir no sólo al enemigo estructural, sino también a cada uno de los personales, los individuos con nombre y apellidos que se pongan en contra de Él y su discurso, entendiendo de esta manera las disidencias como elementos a exterminar y no como ideas que considerar. También los éxitos se agradecen a su persona y no a la colectividad que en principio se trataba de defender.

Esto desemboca -de forma coherente con lo anterior, eso sí- en el mayor error de la película, de una magnitud tan desproporcionada que es capaz de echar por tierra la mayoría de aspectos positivos comentados anteriormente: una escena de apenas un minuto introducida a modo de metraje encontrado -aparentemente con el objetivo de dotar a la acción de un mayor realismo, aunque parece de mayor utilidad para librar al director de toda responsabilidad sobre ella- en la que se revela el destino de este personaje principal, seguida de unos encadenados consecuentes con esa ruptura, pero incoherentes con toda la línea formal construida hasta el momento.

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