Festival de San Sebastián, Festival de San Sebastián 2018

Festival de San Sebastián 2018 – Jesus

Una de las mayores sorpresas de la 66 edición del Festival de San Sebastián fue Jesus, dirigida por el debutante Hiroshi Okuyama, que afortunadamente se estrenará en los cines de España en un futuro próximo. Presentada en la sección Nuev@s Director@s del certamen, recoge un instante -en esa época vital, algo infinito- de la vida de Yura, un niño que se muda a casa de su abuela, situada en una pequeña localidad rural japonesa, y comienza el año escolar en un colegio católico, donde tendrá su primer contacto con la espiritualidad y, concretamente, con Jesucristo. Este es representado a lo largo de la cinta como un pequeño muñeco que sólo Yura puede ver, y que tiene una utilidad similar a los mediadores culturales de los que se sirve Lev Vygotsky para su teoría del desarrollo.

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La imagen con la que abre la película no se relaciona directamente con ninguno de los personajes que marcharán a continuación por la obra, sino que conecta con la esencia y estructura de la misma: un anciano, sentado solo en una pequeña habitación, agujerea ligeramente con el dedo la puerta de papel de esta. Entre este primer plano y el último de Jesus -análogo a este, pero protagonizado ahora por Yura- tiene lugar una etapa del desarrollo de los procesos mentales superiores del protagonista a nivel ontogenético, que ocurre según la Ley de doble formación enunciada por el psicólogo ruso antes mencionado: primero en el plano interpsicológico, regulado mediante la interacción social con agentes educativos como sus padres, para luego pasar al nivel intrapsicológico, gracias a la ayuda previa proporcionada por artefactos simbólicos que median en el proceso -que serían, en este caso, la materialización de la idea abstracta de Dios de difícil comprensión en esa figurita observable e inteligible-.

La primera parte de la obra se compone fundamentalmente de planos fijos con orientación diagonal, pero, tras el encuentro con Jesús, se produce un cambio antagónico de dirección en la perspectiva oblicua. La mayoría de planos frontales son dedicados a aquellos momentos en los que el niño se relaciona con elementos espirituales o se educa sobre ellos de manera explícita, adquiriendo hábitos religiosos por instrucción directa o mediante aprendizaje vicario, pero integrando en sus conocimientos propios sólo la forma de los mismos, y no el contenido.

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Otro de los aspectos interesantes de Jesus es su acercamiento aparentemente ambivalente a la cuestión de la fe. La representación de la figura del “mesías” como prácticamente un muñeco de acción, que dedica la mayor parte del tiempo a participar en actividades lúdicas y casi burlescas con Yura -como pueden ser luchar en un combate de sumo con otro de sus juguetes, cabalgar un pato de goma mientras el niño se baña…-, y cuya utilidad en el funcionamiento del mundo es cuestionada y rechazada por el protagonista a partir de cierto incidente trágico que tiene lugar en la cinta, llevan a pensar en el posible ateísmo de su director. Pero, al final de la obra de Okuyama, después de la fatalidad, la negación y la superación, lo que trasciende es la idea de Dios, la emulación visual de su omnisciencia es lo que nos permite alejarnos de lo concreto y nos conduce a ver la obra desde fuera, desde una perspectiva nueva, diferente a todas las anteriores. Y así la fe humana se muestra independiente de la existencia o ilusión de Dios.

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