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Festival de San Sebastián 2018 – Ha nacido una estrella

En la sección Perlas del Festival de San Sebastián encontramos una de las propuestas más potentes de la próxima temporada de premios: la cuarta versión de Ha nacido una estrella, concebida originalmente por William A. Wellman en 1937 y remakeada dos veces más por George Cukor en 1954 y por Frank Pierson en 1976. Una de las cosas que añade el debut en la dirección de Bradley Cooper respecto a las cintas anteriores es que sirve como documento representacional de ciertos signos particularmente explotados -aunque no exclusivos- en el siglo XXI, tanto en lo relativo al fondo como a la forma cinematográfica. Así, la amplitud del scope de la cinta de Cukor es sustituida por la búsqueda de una cercanía física extrema mediante planos muy cortos, la planificación exhaustiva del espacio de la obra del 54 se contrarresta ahora con la cámara en mano que elige su curso a la vez que los protagonistas, y la agilidad expresiva de la primera -que confía su emocionalidad a las propias acciones- contrasta con la potenciación de la afectación con mecanismos como el slow motion.

A star is born

Respecto a la trama, en esta nueva versión se reemplaza el oficio de la protagonista -tradicionalmente actriz- por el de cantante, como ya se hiciera en la película homónima inmediatamente anterior, protagonizada por Barbra Streisand. Pero, como las prácticas culturales actuales se infiltran en sus imágenes, el desarrollo profesional del personaje principal -aquí llamada simplemente Ally, versus todas las Esther anteriores- trasciende el debate clásico sobre el cine comercial vs independiente -y el peso de cada uno en la construcción de la estrella- de las cintas previas del mismo nombre para entrar en una discusión que fue denominada -que no conceptualizada- a finales del pasado siglo, pero que ha sido relanzada de forma diferente en el presente: la del rockism vs poptimism.

El rockism es un movimiento que defiende que la música rock posee unas características particulares que la hacen inherentemente superior al pop, mientras que el poptimism trata de dignificar la naturaleza del pop. Así, Jackson Maine -encarnado por Bradley Cooper- se adhiere a esa primera corriente en cuanto presencia el impulso que toma la carrera de Ally, tratando de camuflar su envidia por su avance bajo la idea de la preservación del honor musical. La película parece asimismo orientarse más bien hacia este polo -intentando excusarse en ocasiones con la pretexto de la “sátira”, a pesar de la brocha gorda que se observa en la crítica en momentos como el debut televisivo de Ally con la composición Why Did You Do That?-, pero incluyendo también elementos de la cultura pop que sólo pueden apreciarse desde dentro de la misma -la aparición de concursantes de RuPaul’s Drag Race, el cameo de Halsey, la introducción de las dinámicas de Saturday Night Life- intentando mantener la balanza equilibrada. Aunque en esta ocasión, lo que precede al pop no es el rock, sino el country, curiosamente el proceso inverso al que experimentó Lady Gaga en su carrera, que recorrió desde el electropop más puro en sus comienzos con The Fame hasta desembocar en el que es su disco menos exitoso hasta la fecha: Joanne, cuyas similitudes en estilo sonoro y visual con los inicios de la protagonista de Ha nacido una estrella podrían ser sugerentes.

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Otro de los aspectos que cambia en este remake es que el destino de Jackson se muestra explícitamente al objetivo a quien estaba dedicado, y no al espectador, que se debe conformar con presenciar los preparatorios y el contraplano del mismo. Esto, aunque descarga de parte del malestar directo que provocaría la observación de la acción, no evita la sensación voyeurística que causa presenciar lo circundante, que Cukor sí lograba esquivar a pesar de ser mucho más directo. Pero la virtud principal de la película de Cooper es que el final del personaje que interpreta él mismo no supone la conclusión de la obra, sino que permite un elegante epílogo coherente con sus deseos.

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