Críticas, Estrenos

La última bandera (Richard Linklater, 2017)

Si atendemos a la relación existente entre el material del que parten El último deber (Hal Ashby, 1973) y La última bandera (Richard Linklater, 2017), ambas basadas en novelas de Darryl Ponicsan, siendo la segunda secuela de la primera, podríamos afirmar sin reservas que nos encontramos también ante una secuela, esta vez cinematográfica en lugar de literaria. Sin embargo, el trabajo de Linklater no se limita a realizar una adaptación que mantenga la conexión directa –las separa un simple pero amplio salto temporal− entre las obras de Ponicsan, sino que aprovecha el contexto de ambas, sus matices y la naturaleza de sus personajes para mezclarlos a su antojo con la película precedente de Ashby, de la que toma una marcada división episódica, sólo que cambiando las transiciones mediante fundidos encadenados por unas repetitivas e irrelevantes panorámicas de la situación geográfica de la narración.

Bryan Cranston as "Sal" and Steve Carell as "Doc" in LAST FLAG FLYING.

Con el punto de partida bien claro, Linklater realiza, en sus propias palabras, una secuela espiritual de la cinta de Ashby, lo que vendría a funcionar como presumible continuación y como reescritura de la “original” al mismo tiempo. La más notoria diferencia surge a partir del factor tiempo, de la importancia que este tiene desde muy diversas perspectivas. Para empezar −y dejando a un lado determinadas variaciones triviales−, una está ambientada en pleno apogeo de la Guerra de Vietnam, y en ella seguimos a dos oficiales de la Marina encargados de llevar a la prisión de New Hampshire a un marinero de dieciocho años condenado a ocho por una infracción menor, mientras que la otra lo está al comienzo de la contienda de Irak, con el 11-S aún muy fresco, y seguimos a tres veteranos de la Guerra de Vietnam –¿los protagonistas del film del 73 cambiando la Marina por el Ejército de Tierra?− que deben realizar el mismo recorrido para enterrar al hijo de uno de ellos –se manifiesta en ambos casos la misma de idea de juventud o vida perdida por culpa del conflicto armado, sólo que en este último ya no queda ninguna esperanza−. Por otro lado, se pasa de la narración en presente de la película de Ashby, donde incluso su eje central resulta ser la capacidad de disfrutar del mismo, de vivirlo, a la continua mirada hacia atrás que supone la de Linklater, que capta la realidad de diferentes personas que aún sufren las consecuencias de su tormentoso pasado, y que en el mejor de los casos han tenido que construirse una nueva identidad para seguir adelante con sus vidas.

Últimamente se ha dicho en exceso (y erróneamente) que el director de Boyhood tiende a realizar una película de encargo y otra de carácter más personal. Si esa consideración tuviese credibilidad alguna, La última bandera debería encuadrarse dentro del segundo grupo, pero como no es más que una vacía argumentación, conviene hablar de su filmografía como un todo. De hecho, no hay que irse demasiado lejos para echar por tierra tal aseveración, pues las similitudes temáticas entre su anterior trabajo, Todos queremos algo y el que nos ocupa son determinantes. En la primera el cineasta nos retrotrae directamente a su primer año de universidad, proyectando una imagen idealizada de aquella época, en lo que es una verdadera celebración de la nostalgia y la camaradería; en la segunda, el sentimiento festivo es reemplazado por uno mucho más amargo, y la celebración de la camaradería surge del dolor de los recuerdos, de la importancia de haber compartido una época que condicionaría por completo su vida posterior. Entre ambas se puede (re)construir el puzle completo del pasado, la contradicción de la existencia misma, con todos sus puntos álgidos y sus momentos críticos, aunque la estética y los personajes sean prácticamente antagónicos. La frescura y el virtuosismo de una contrasta con la quietud y sobriedad de la otra.

Steve Carell as "Doc" and Bryan Cranston as "Sal" in LAST FLAG FLYING.

La última bandera, a diferencia de la obra de Ashby, sustentada en la iniciación vital del joven Meadows y por ello cómica desde el principio, tiene que forjar la comicidad, siempre en alternancia con el drama, a partir de la construcción de sus personajes, de sus personalidades y de su relación pasada. Linklater, como es habitual, se mueve hábilmente entre ambos tonos, a veces incluso dentro de una misma escena y sin necesidad de subrayados emocionales –no por ello obviaremos la terrible selección y uso musical de la película, que refuerza su poso amargo en cada transición−. Para ello no necesita más que un buen número de tópicos, que definen a los personajes y dan forma a muchas de las situaciones sin perder por ello un ápice de personalidad. El estilo Linklater se huele en cada esquina del encuadre, en cada línea de diálogo grave o desenfadada, y, sea esto bueno o malo, nos recuerda que el propio cineasta quizá viva dominado por esa nostalgia que, a su vez, se apodera de todas sus películas.

2 Comments

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