Críticas, Estrenos

Una vida a lo grande (Alexander Payne, 2017)

Alexander Payne es uno de esos cineastas que no necesitan demasiados recursos para desarrollar su estilo. Es por eso que, hasta Una vida a lo grande —titulada originalmente Downsizing, como nos referiremos a ella en adelante dada la escasa pertinencia de la traducción española—, todas sus películas habían sido comandadas por el trabajo de escritura del propio Payne, habitualmente con la ayuda de su colaborador Jim Taylor —ha coescrito todos sus filmes excepto los dos que preceden al que nos ocupa—.  Downsizing es con diferencia la propuesta más arriesgada del creador de Entre copas, que se introduce en el terreno de la ciencia ficción para tratar infinitos temas de candente actualidad estrechamente relacionados —sobrepoblación, calentamiento global y consumismo en lo global; alienación y avaricia en lo particular— a partir de un planteamiento original y sugerente.

Ante la creación de una tecnología por parte de un grupo de científicos noruegos que permite convertir a las personas en miniaturas de aproximadamente doce centímetros, han surgido una serie de sociedades que acogen a todos aquellos que deciden reducir su tamaño. Sobre el papel, todos salen ganando: mientras los recursos ambientales se recuperan en el mundo real al reducirse el consumo y la contaminación, los ocupantes del mundo encogido ven florecer una economía que se multiplica en el momento del traspaso. Por lo tanto, los integrantes de la clase media ven en algunas de esas sociedades la forma de conseguir que sus problemas monetarios desaparezcan. Así es como Paul (Matt Damon), un infeliz terapeuta ocupacional que trabaja en una fábrica de carne, decide convencer a Audrey (Kristen Wiig), su mujer, de que su futuro se encuentra en dicho microsistema, sin tener en cuenta las terribles consecuencias que podría traer ese cambio.

downsizing 2

Por supuesto, la apariencia ecologista de este proyecto deviene en una nueva demostración del egoísmo y la toxicidad humana en cualquiera de sus escalas, y su existencia es aprovechada por los gobiernos para deshacerse de sus enemigos. Abandonado a su suerte en un lugar donde no conoce a nadie, Paul ve cómo sus problemas, en lugar de desaparecer, han aumentado. Payne construye ese mundo diminuto como una representación exacta del original, en el que incluso existen muros que separan a los nuevos ricos de los refugiados de diferentes países, y es en ese punto donde la película, que apenas había sumado algo de interés en su desarrollo al novedoso punto de partida, comienza a derrapar en un vaivén de tonos y cuestiones cuyo caos no parece ni mucho menos pretendido. A pesar de un molesto aire bienintencionado que en ocasiones parece impuesto por la banda sonora de Rolfe Kent, el director, que en este momento ya ha visto superadas todas sus ideas visuales —más allá del cambio de escala y la consiguiente adaptación de la planificación, sólo quedan los efectos especiales— por su vocación didáctica, subraya sistemáticamente la crítica que realiza de una raza humana que cree —no sin razón—abocada al fracaso.

Finalmente, es el viaje —entre géneros, tonos y personajes pero también físico— que propone el cineasta lo que termina haciendo fracasar en casi todos los aspectos a Downsizing, que se convierte en una parodia de sí misma —en lugar de una de la sociedad, que es caricaturizada varias veces a lo largo del metraje— que bordea el ridículo con la aparición de Christoph Waltz para terminar sobrepasándolo con un disparatado y ridículo romance. La película tiene un buen número de capas, sí, pero el problema es que todas ellas vienen a repetir lo mismo y lo hacen de la misma forma: es difícil progresar si el ánimo de cambio está marcado por el individualismo.

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