Críticas, Estrenos

Perfectos desconocidos (Álex de la Iglesia, 2017)

Por si no teníamos suficiente con una cita anual, lo habitual en los últimos tiempos para el cada vez más prolífico Álex de la Iglesia, este año, quizá por eso de terminar el 2016 en blanco, ha estrenado dos películas. La primera de ellas, El bar, presentada en la pasada edición de la Berlinale, venía a confirmar que el director bilbaíno había entrado en una espiral de comodidad y pereza que hacía que cada trabajo suyo fuera más deleznable y pernicioso que el anterior. Puede que por esa misma razón, por haber acudido ya en este ejercicio a la llamada de la decadencia, Perfectos desconocidos, el segundo estreno en cuestión, sea su película menos mala en quién sabe cuánto. Lo mejor que se puede decir de ella, sin lugar a dudas, es que si es mala es, sobre todo, por culpa de la obra cinematográfica en la que se basa: la irrisoria Perfetti sconosciuti de Paolo Genovese, cuyo guion es calcado punto por punto por Álex de la Iglesia y su coguionista Jorge  Guerricaechevarría, exceptuando un par de decisiones narrativas que cambian sustancialmente el mensaje de la misma.

Si en esta ocasión se agradece el toque personal del director de El día de la bestia, o, lo que es lo mismo, un humor mucho más negro que en la película original y una extraordinaria dirección de actores —por primera vez en mucho tiempo, el cineasta prescinde de su cansino e inoperante elenco habitual—, es, precisamente, en contraposición a la insípida y aburrida lectura de guion que parecía ser la película de Genovese. Así, en la forma de filmar, tan descuidada, agresiva y frenética como de costumbre, de la Iglesia captura algo de verdad en los rostros de un reparto entregado y hace de su particular (o nulo) sentido de la puesta en escena una virtud puntual, que apenas sobrevive hasta el momento en que nos vemos obligados a analizar Perfectos desconocidos como algo más que un remake.

Perfectos Desconocidos (Copiar) (2)

Por supuesto, el atrevimiento de la propuesta, que le da un cariz mucho más enigmático, rayano al fantástico, a esa luna bañada de sangre que en ambas películas los personajes (ad)miran con suma curiosidad, reporta más inconvenientes que beneficios. Por poner un ejemplo claro de esta “personalidad”, los personajes femeninos son tratados de forma totalmente injusta —aunque los masculinos quedan igual de mal parados, la mirada hacia ellos es distinta, hasta cierto punto cómplice—, siendo vejados en múltiples ocasiones y llevando al límite la obscenidad de los masculinos, con detalles de muy mal gusto que solo pueden ser fruto de la mente de un enfermo sexual. Esto se resume fácilmente con tres añadidos muy personales y asquerosos respecto a la película original: Dafne Fernández levantándose la falda y enseñando el culo por partida doble en plano detalle —fugaz, pero detalle—, y Ernesto Alterio mirando cual enfermo a una niña de 17 años —cuyo atuendo sufre un cambio radical respecto al film de Genovese— y persiguiendo después a su mujer en una escena tan violenta como, según parecían indicar las carcajadas de los críticos presentes en la sala, hilarante. Y, por si fuera poco, se esquiva el giro (melo)dramático de Perfetti Sconosciuti para lanzar un mensaje sumamente peligroso: la culpa de todo la tienen los móviles, que nos roban esa pequeña parcela de intimidad en la que podemos ser unos mentirosos y unos hijos de puta redomados. Claro que sí, Don Alejandro, ¿cómo iba nadie a tener la culpa de ser un asco de persona? Aunque Perfectos desconocidos no sea tan mala como sus últimas películas, es igual de nociva.

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