Festival de Sevilla, Festival de Sevilla 2017

Festival de Sevilla 2017 (1)

La decimocuarta edición del Festival de Cine Europeo de Sevilla dio comienzo con la proyección de Tierra firme, segundo largometraje de Carlos Marqués-Marcet, ganador del Goya a Mejor director novel en 2014 por la aclamada 10.000 km. Tierra firme abre con la imagen de un canal de Londres, por el que la cámara se va adentrando hasta ser obstaculizada por la figura de Eva, el personaje interpretado por Oona Chaplin. Tras desvelar su cara, la trayectoria invierte su sentido para enfocar a Kat (Natalia Tena), su novia, situada en una posición de superioridad visual respecto a la anterior. Esta colocación de los personajes −que no parece ser fruto del azar– no está motivada por la expresión de la posible jerarquía relacional, sino para reflejar la dirección que seguirá la película −el núcleo narrativo del relato surge a partir de la propuesta de Eva de ser madre junto a su pareja, pero acaba derivando en el cuestionamiento de su relación−. Precisamente, la siguiente ocasión en la que se repite esa disposición inicial en escalera es cuando se incluye al tercer personaje en la ecuación: Roger, un amigo de ambas que se postula como posible donante.

Tierra firme (Carlos Marques-Marcet, 2017)
Tierra firme (Carlos Marques-Marcet, 2017)

Pero esta no es la única estructura reincidente: un encuadre organizado alrededor del marco de la puerta del barco en el que residen las protagonistas aparece en cada una de las mitades de la obra para ordenar en el primer caso las relaciones verdaderas y, posteriormente, las que sirven de sustituto temporal de las iniciales. Así, el eje vertebrador de la cinta es el movimiento, con un contraste entre el caos presente en el intercambio constante de papeles ideales y reales entre los tres protagonistas, y la calma reflejada con cada travelling cercano al agua en la que viven, único elemento que acompaña a todos los personajes de forma conjunta, hasta que la tensión narrativa afecta finalmente al equilibrio visual. Desgraciadamente, el discurso de la nueva película de Marqués-Marcet va en consonancia con el que emite Kat a la madre de Eva −interpretada por Geraldine Chaplin− para justificar sus decisiones, y la supuesta rebeldía juvenil de un planteamiento teórico aparentemente bienintencionado se deshace en un ejercicio esquemático que acaba reflejando las ideas añejas de las que renegaba.

I tempi felici verranno presto (Alessandro Comodin, 2016)
I tempi felici verranno presto (Alessandro Comodin, 2016)

En esta edición del festival andaluz se han presentado también varios ciclos de elevado interés, entre los que se encuentra Senderos que se bifurcan, que recoge películas de los últimos años cuyo contenido se aleja de en algún momento de la realidad. Aquí se incluyen propuestas tanto de cineastas ya consagrados −como Jean-Claude Brisseau, Joâo Pedro Rodrigues o Boris Lehman− como obras de directores noveles que han tenido cierta repercusión internacional. Entre todas ellas se encuentra I tempi felici verranno presto, donde Alessandro Comodin sigue a dos jóvenes que se adentran en las profundidades de un bosque. El director filma el presente instantáneo y relativo a los protagonistas. La cámara adquiere una motricidad paralela a la de los personajes, irrumpiendo en el espacio como un tercer participante que vive la misma realidad que los otros dos −tropieza con los obstáculos, se asusta con lo inesperado y enmudece ante el peligro− pero sin poseer una entidad física propia. Así, el plano nunca se estabiliza porque el movimiento humano no se detiene. Y es por esto que el uso por parte del director de la cámara en mano y de otras técnicas de seguimiento de los personajes desaparece cuando ellos lo hacen, y no vuelven a emplearse hasta que el cineasta encuentra un sustituto −una, en este caso− con características similares. Entre estas dos partes de la cinta se ubica un interludio que interrumpe la continuidad formal −y posteriormente se evidencia que también la narrativa−, que se sirve de mecanismos completamente opuestos a los anteriores −plano fijo y consciencia de la cámara como objeto por las personas filmadas− para añadir, mediante la máxima expresión de realidad que es el documental, un tono onírico a lo precedente y lo subsiguiente. Este efecto se potencia mediante la música extradiegética y la saturación visual, que permiten −junto con el desorden lineal− cuestionar la naturaleza realista de lo filmado.

Jupiter's Moon (Kornél Mundruczó, 2017)
Jupiter’s Moon (Kornél Mundruczó, 2017)

Esta perspectiva dependiente de la actividad de los personajes se contrapone con la utilizada por Kornél Mundruczó en Jupiter’s Moon, la película ganadora de la última edición del Festival de Sitges, que compitió en el certamen que nos atañe por el Premio del Público de la selección EFA. El cineasta húngaro se antepone a los hechos, planificando con anterioridad la totalidad de la escena para encontrar no el camino de traslación más natural, sino el que aporte más riqueza expresiva. Asimismo, los momentos más pretendidamente virtuosos actúan como indicio de cercanía de las escenas fantásticas, culmen de la explosión visual pero simple excusa narrativa que sirve como nexo entre los distintos temas sociales de actualidad en los que verdaderamente radica el interés del director.

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *