Críticas, Estrenos

Blade Runner 2049 (Denis Villeneuve, 2017)

En el final de la Blade Runner original, el replicante interpretado por Rutger Hauer decía en su último aliento que “todos esos momentos se perderán en el tiempo… como lágrimas en la lluvia”, evidenciando que las creaciones del ser humano, pese a carecer de lo que entendemos por alma humana, también podían tener sentimientos. Esa excusa argumental le sirve a Villenueve y a sus guionistas Hampton Fancher y Michael Green para establecer una conexión directa y con diversas ramificaciones entre la película de Ridley Scott y su Blade Runner 2049, que surge en un contexto y con unas condiciones prácticamente opuestos a los de su predecesora. Sería injusto entonces invalidar esta secuela por no seguir los códigos cinematográficos utilizados en la primera entrega, pero resulta inevitable relacionar sus problemas con los vicios del blockbuster moderno, por lo que es pertinente criticar este film desde una perspectiva donde se observan dos concepciones del cine que poco o nada tienen en común.

Pero, pese a una divergencia de base tan fácilmente identificable como la antes mencionada, el equipo encargado de desarrollar esta continuación del universo se ha empeñado en respetar el film de 1982 y en no desligarse por completo del mismo. Esto da como resultado una serie de guiños que se quedan en meras anécdotas y el mal entendimiento de unas ideas humanistas acerca de la deshumanización del mundo que, por su reiteración en toda interrelación entre formas “humanas” en la película y los posibles vínculos de sangre existentes en ellas, derivan en un sentimentalismo barato completamente estéril. Se sitúa así a años luz de la emotividad alcanzada en la conclusión de la original, donde las ideas no estaban tan machadas como aquí.

Blade Runner 2

Todos los defectos de esta película —características inherentes a la magnitud de la producción aparte— se pueden resumir con un nombre y un apellido: Denis Villeneuve. Este director siempre ha tenido serios problemas para tratar a los personajes de sus obras como algo más que marionetas, por lo que ni de lejos resulta la elección más adecuada para hablar de las emociones, el alma y la memoria, de todo aquello que subyace bajo el ostentoso y sofisticado andamiaje de la propuesta, víctima de una composición visual atrapada por los tentáculos de la era digital y de un uso del sonido efectista y automatizado, monocorde a la vez que grandilocuente.

En Blade Runner 2049, se confunde personalidad y autoría con solemnidad y aletargamiento; un aletargamiento que no pretende ser sino el preámbulo de un acontecimiento inminente, porque cada plano de la cinta se construye resaltando su importancia, reforzando el discutible criterio que tienen algunos de lo que es la perfección estética. Así, unidas sus ansias de epatar con cada imagen y la escasa habilidad del creador de Sicario para profundizar en sus historias y personajes, nos encontramos con una acumulación de imágenes desprovistas de vitalidad —tanto en su función individual como en la que le es otorgada en el montaje—, como si hubieran sido despojadas de esa alma de la que se supone carecen los replicantes. Todo es perfectamente sustituible, hasta el punto de que el término del film podría haberse situado en cualquier otra parte sin ningún inconveniente.

Blade Runner 1

Al tratarse de una película donde el continente devora al contenido, resulta paradójico que su narrativa gire en torno a una serie de pistas —el nexo común entre precuela y secuela— que ponen en entredicho la supuestamente compleja y elaborada manufactura. Se genera así la confusión entre una simple e inane puesta en escena con el trabajo de fotografía de Roger Deakins, uno de los más impersonales de su carrera. Para concluir, es justo destacar que los puntos convergentes entre ésta y la original se reducen al argumento, algo que queda patente con una selección de localizaciones generalmente interiores, relegando los ambientes de la urbe californiana —la esencia de la sucia atmósfera del film de Scott— a un tercer o cuarto plano, privilegiando la escenificación en una sucesión de emplazamientos y habitaciones intercambiables entre sí, sin ninguna entidad artística y sin transmitir la sensación de pertenencia al universo en el que surge. Entonces, ¿qué puede aportar esta secuela, si ni siquiera tiene validez por sí misma? ¿Cómo algo con tan poca vida, con tan poco que decir, es para muchos el paradigma de obra maestra? Ahora se puede dudar si los 30 años diegéticos que han transcurrido —un lustro más fuera de la diégesis— entre ambos títulos han sido de avance o de retroceso.

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