Críticas, Estrenos

El amante doble (François Ozon, 2017)

François Ozon nunca ha destacado por su sutileza. Siempre ha sido un cineasta amante de lo perverso, de los recovecos más oscuros, misteriosos e inquietantes de las historias y los personajes, abanderado de un efectismo que, no obstante, solía mantenerse lejos —sorprendentemente— de la vulgaridad. Incluso Frantz, su anterior película, se presentaba como un nada cerebral juego de intrigas pese al clasicismo y la elegancia de su puesta en escena, que parecía ir a marcar un antes y un después en la filmografía del prolífico director francés. Sin embargo, El amante doble —presentada en la sección oficial del pasado Festival de Cannes— supone la absoluta recuperación de todos los elementos que caracterizaban la obra de su autor, al mismo tiempo que la primera ocasión en la que rebasa la fina línea que antes lo distanciaba de la gratuidad.

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Si tratamos de analizar la película desde un prisma puramente superficial, es innegable que atesora alguna que otra virtud como un divertimento tan básico como vistoso; si lo hacemos desde cualquier otra perspectiva, lo que nos encontramos no es sino un clamoroso disparate que puede llegar incluso a ofender. No conviene desvelar siquiera los puntos más triviales de su argumento, ya que, dentro de las posibles posturas a adoptar a lo largo del visionado, la única que permite alcanzar un mínimo de interés es la de asistir con pasividad al desfile de idioteces —argumentales, visuales, narrativas, etc…— que propone Ozon. Quedándonos con lo esencial, El amante doble narra la historia de una joven atractiva y emocionalmente frágil (Marine Vacth) que no tardará en enamorarse de su psicólogo (Jérémie Renier), en un trepidante inicio repleto de elipsis marca de la casa. Pero todo cambia cuando se van a vivir juntos y descubre que le está ocultando algo.

Por hablar en términos lo más universales posibles, y siguiendo la línea marcada por gran parte de las críticas —positivas, templadas y negativas— que recibió la película a su paso por el certamen de la costa azul francesa, el nuevo film de François Ozon se estrella en su apuesta por emular a Brian De Palma, consiguiendo justamente el efecto contrario al pretendido. Si el director de Vestida para matar logra siempre que nos replanteemos sus a priori estúpidos puntos de partida gracias a unos sofisticados y estimulantes juegos metanarrativos, el de En la casa perpetra aquí un desafortunado ejercicio de estilo que, una vez se ve obligado a dar sentido a un sinnúmero de decisiones estílisticas, discursivas y argumentales, se revela como una oda a la vacuidad, a la espectacularidad más efectista y vulgar. Este quebradizo trabajo con el doppelgänger como elemento central —tanto a nivel físico como psicológico— utiliza todas las herramientas de interés como medio, y, en consecuencia, saca a relucir todas sus carencias cuando decide negar todo lo que había construido anteriormente con un final tramposo pero sin un solo ápice de riesgo.

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El amante doble no es más que una concatenación de sobradas estéticas donde, además de la obsesión por sumar imágenes grotescas, prevalece una estudiada y redundante planificación en la que casi todos los encuadres son simétricos y donde se hace hincapié en todo momento en la idea del doble —bien sea a través de ventanas, puertas o espejos, bien jugando con el montaje y el fuera de foco— sin ningún tipo de control. Por su parte, en la vertiente de la cinta que podría inscribirse dentro del thriller erótico, la escasa trascendencia narrativa de la cuestión del deseo sexual —sangre y carne, carne y sangre, como rezan los carteles publicitarios que aparecen en determinado plano de la película— y la gelidez de las escenas de sexo hacen de ella un barato mecanismo de provocación. Eso sí, la provocación no hubiese sido tan barata de haber optado por un cierre menos convencional y más autoconsciente.

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