Críticas, Estrenos

Verónica (Paco Plaza, 2017)

Podríamos comenzar a hablar de Verónica señalando lo poco que necesita Paco Plaza para construir una de las mejores películas de terror en años: nada más que una mínima inspiración en “el caso Vallecas”, el único suceso ocurrido en territorio nacional en el que la propia policía atestiguó “sucesos paranormales”. Sería una falta de respeto absoluta obviar la importancia que tiene el contexto social y temporal en la ficción, pues el cineasta valenciano nos retrotrae, no solo de forma cronológica, sino también física (gracias al sensacional trabajo de los directores de fotografía y arte), al barrio madrileño de Vallecas a principios de los años 90. Es aquí donde, una vez aclarada la naturaleza de una muy cuidada y elaborada ambientación, encontramos el elemento que viene a ser el centro de la narración: una adolescente de 15 años inmersa en un período vital de transformación, por su edad y por los cambios —familiares y sociales— que acontecen a su alrededor, como si se encontrara justamente en el punto que separa la etapa infantil de la adulta, el mundo de los vivos del más allá. Verónica, en apariencia muy distinta al resto, y marcada por unas responsabilidades que han llegado antes de tiempo (en este sentido, conviene destacar el interés en la aplicación de algunas metáforas de diversa índole, solo lastradas por su sobreexposición verbal y visual), tendrá que llevar a cabo una despedida que afecta a todos los niveles de su vida.

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Todo lo mencionado en el párrafo anterior se desencadena a partir de una inocente sesión de espiritismo por medio de una ouija, hecho mediante el cual la película toma contacto con el caso real y se mete de lleno en el género. Los mayores logros de Verónica, en cuanto que film de terror, residen en su solvencia lejos de los tópicos y clichés del género, en su capacidad para hacer de los espacios y ambientes un personaje más sin renunciar nunca al costumbrismo que el contexto mismo ofrece, y en un funcional trabajo de cámara que nos introduce sin virtuosismos innecesarios en el suspense que se va construyendo plano a plano; sin embargo, algunas concesiones a modo de “terror barato”, de aquel que toma cuerpo y forma, terminan por mermar el resultado final de un trabajo que apuntaba mucho más alto.

Otros de sus puntos menos positivos son algunas decisiones estéticas algo desfasadas en su intención de reforzar las metáforas —los continuos encadenados y el simbolismo de determinados planos—, pese a que coexisten con otras igual de pertinentes pero mucho mejor ejecutadas —el uso de la cámara lenta y de otros recursos menos usuales, muchas veces al ritmo de Héroes del Silencio— que dotan a la cinta de un toque personal muy sugerente, dando como resultado una cierta autoconsciencia que jamás desaparece y en cuyo sostenimiento los niños juegan un rol fundamental.

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Con un sentido de la puesta en escena notable, un convincente uso de la música —tanto interna como extradiegética— y un elenco donde todos parecen haber entendido a la perfección lo que se les pedía, Plaza consigue presentar una obra que sin ninguna duda será recordada, además de por superar holgadamente a toda su competencia, por la habilidad con que define a toda una generación y a parte de una sociedad. Incluso tiene el descaro suficiente para atreverse a realizar un doble guiño, integrado de la forma más orgánica posible, a la Cría Cuervos de Carlos Saura. Sin llegar a firmar una película redonda, y aun con determinados subrayados que restan solidez a algunas lecturas, el director de la trilogía [REC] demuestra tener bastante más talento del que muchos pensábamos.

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