Críticas, Estrenos

Ana, mon amour (Calin Peter Netzer, 2017)

Hace ya cuatro años que, dentro de la cada vez más popular y variada corriente cinematográfica conocida como nuevo cine rumano, irrumpió un nombre que añadir a los Mungiu, Puiu y compañía: el de Calin Peter Netzer, galardonado con el Oso de Oro berlinés por su película La mirada del hijo (Madre e hijo). Sin una acogida tan espectacular como la que recibió su predecesora, Ana, mon amour, el nuevo trabajo del cineasta, repitió este año en la competición oficial del festival alemán. No obstante, volvió de allí con un premio a la Contribución artística por su montaje (enésima prueba del criterio con que se premia en los certámenes más importantes, esta vez por asociar erróneamente cantidad -número de líneas temporales- con calidad), además de haber contado con algunas críticas que la ponían como uno de los títulos favoritos para alzarse con el Oso.

Nos encontramos ante un filme promocionado (y, en algunos casos, alabado) como una disección de la pareja, como la reconstrucción de una tortuosa historia de amor por parte de una de sus víctimas (bajo el punto de vista que adopta la narración, eminentemente masculino, ¿acaso hay alguna otra?). Por una parte, es innegable que se representan los problemas sufridos por una pareja a lo largo de una existencia aproximada de una década; por otra, lo es que no nos encontramos ante un caso para nada representativo, pues los problemas están presentes, de forma más o menos evidente, desde sus primeros coletazos, impidiendo el desarrollo de un romance común que sea extrapolable al resto de uniones sentimentales. Dichos problemas, por supuesto, se acentúan en unas fases y desaparecen en otras, pero las raíces están claras desde el comienzo: la escena inicial, situada cronológicamente también al inicio de la relación, puede que incluso antes de su nacimiento, evidencia los ataques de ansiedad y pánico que sufre Ana.

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Ana, mon amour aprovecha las sesiones de psicoanálisis a las que se somete Toma (en la que es la línea narrativa del presente) para reconstruir toda su relación con Ana, desde que se conocen en la universidad hasta el fin de la misma, valiéndose para ello de una estructura fragmentada que alterna la siempre subjetiva realidad de Toma con posibles sueños o deseos (la ambigüedad generada por la dualidad entre consciente y subconsciente se diluye cuando se explicita, dando lugar a una torpe e innecesariamente violenta escena onírica, por mucho que los fugaces e incansables movimientos de cámara se empeñen en hacer las veces del fuera de campo). Así las cosas, Netzer se empeña en hacer del interesante viaje sin salida de la pareja una búsqueda de causas y motivos, como si quisiera señalar situaciones y/o personas con el dedo, que es lo mismo que parece buscar el protagonista: Toma se pregunta por qué ha acabado así, cuando años atrás todo era distinto. Ahí es donde entran en juego sus respectivas familias, presuntas causantes de los problemas psicológicos sufridos por ambos (en el caso de Toma todo resulta mucho más confuso, pues su problemática está ligada a las responsabilidades que acepta asumir en sus relaciones). Sin embargo, la verdadera pega no reside en todas estas cuestiones, más o menos válidas una vez ha entrado en juego la vertiente psicoanalítica, sino en la incomprensible decisión de equiparar a los dos miembros de la pareja, de repartir las culpas, lo que provoca una alarmante banalización de la enfermedad; una enfermedad que, al hilo de lo dicho, está enfocada de forma superficial y con una salida puntual pero muy sintomática un tanto morbosa: con un corte de montaje que establece un extraño paralelismo entre enfermedad y sexualidad, como consecuencia de la desordenada estructura de la narración, son dibujadas ambas situaciones como diferentes fases del ciclo conyugal.

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El apelar a la subjetividad del protagonista se convierte en un arma de doble filo: detalles como su visible envejecimiento (sin él nos sería muy complicado determinar la cronología de la narración, lo que no tendría por qué ser un problema) confirman no solo el indiscutible punto de vista a seguir, sino también el escaso interés prestado por parte del director a su pareja de baile y la importancia capital que asume la desordenada y aparentemente compleja estructura del filme. No se trata de profundizar en los problemas de la pareja, ni siquiera en los del propio protagonista, sino en narrar de una determinada manera algunas de sus vivencias. Y, como no podía ser de otra manera en una cinta rumana, existe una clara voluntad de hablar de la situación del país, aunque en esta ocasión la brocha gorda (secundarios estridentes y discursos impostados) echa por tierra la contextualización sociopolítica.

Por lo tanto, Ana, mon amour no consigue alcanzar el nivel esperado en prácticamente ningún aspecto. Formalmente, el interés queda reducido a su alambicado aparato narrativo, predominando los planos cerrados cámara en mano, con infinitos y aleatorios barridos que tratan de diseñar el caótico y tóxico universo en el que se mueve la pareja, dándole así una mínima justificación al formato panorámico. Además de su falta de interés en varios niveles, el problema más clamoroso de la película es que Netzer, apelando a la subjetividad del psicoanalizado, se olvida de que hay otros personajes con problemas que quizás requieran un mínimo de atención, especialmente si éstos van a ser utilizados de forma cuestionable.

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