Festivales

Crónica DocumentaMadrid 2017

Ante la imposibilidad de analizar con un mínimo de fundamento el cambio de rumbo de un festival al que asistíamos por primera vez en sus ya catorce ediciones, es conveniente hablar de lo visto y vivido en estricta primera persona. Siguiendo esta premisa, lo lógico para un acreditado primerizo en DocumentaMadrid sería admirar un trabajo de programación tan coherente como estimulante. Sin embargo, y como resulta que uno tiene oídos, parece ser que la salud del festival llevaba unos años renqueando. Así las cosas, resulta aún más admirable el camino que han sabido tomar los nuevos directores sin perder de vista a un público que ha acudido regularmente a visionar propuestas de lo más variadas. En este sentido, el mayor acierto de Andrea Guzmán y David Varela ha sido la inclusión de la sección competitiva Fugas, de la que hablaremos con detenimiento más adelante. Sin lugar a dudas, esta decimocuarta edición del certamen ha cumplido los que probablemente eran dos de sus objetivos principales: alcanzar un refrescante cambio de aires, no solo gracias a la creación de Fugas sino también a una mayor rigurosidad en la selección de trabajos a concurso, y presentar ya un nivel óptimo en el que podría haber sido un año de transición. Es muy de agradecer que la capital cuente ahora mismo con dos imprescindibles citas anuales como son este renacido DocumentaMadrid y Filmadrid.

Mzis qalaqi (Rati Oneli, 2017)
Mzis qalaqi (Rati Oneli, 2017)

Competición Internacional de Largometraje

Pese al evidente intento de reunir propuestas accesibles en mayor o menor medida para ese público que ha ayudado a mantener a flote el festival durante tantas ediciones, en esta sección oficial también hubo lugar para el riesgo y la calidad. En primer lugar conviene destacar la presencia de Mzis qalaqi (Rati Oneli), ganadora del premio al Mejor Largometraje de la competición y sin lugar a dudas el título más estimulante de cuantos se proyectaron en su marco. Oneli se acerca a la rutina de una serie de personas/personajes en un pequeño pueblo minero y, sin necesidad de traicionar la distancia con estos trabajadores incansables, inscritos en el desencanto de la Georgia postsoviética, traduce su contexto vital y geográfico en una obra descomunal y arrolladora cuya única limitación artística es su propia ambición, remarcada incansablemente por unas panorámicas que examinan con grandilocuencia un mundo en ruinas para, posteriormente, hacer del travelling de seguimiento el nexo de unión entre las panorámicas y esos pequeños momentos de intimidad que surgen tras (o dentro de) la monotonía. La Mención Especial del Jurado al Largometraje fue compartida por Luz obscura (Susana de Sousa Dias) y Machines (Rahul Jain), dos trabajos que nada tienen que ver entre sí pero que refuerzan la idea de búsqueda que edificó esta edición del festival. El primero, tomando como punto de partida las fotografías hechas por la policía política portuguesa, trata el sufrimiento vivido por una familia de prisioneros políticos durante la dictadura de Salazar; sin embargo, su mayor logro es la propuesta formal que envuelve las historias de estas personas, que conecta presente y pasado a través del sonido que escuchamos de entrevistas actuales a la misma vez que observamos las fotografías en blanco y negro de personas fallecidas. El segundo, por su parte, recorre incansable las instalaciones de una fábrica textil deteniendo la visita guiada de la cámara en contadas ocasiones para recoger los testimonios de sus trabajadores, esas máquinas a las que hace referencia el título.

El resto de propuestas que integraron la Competición internacional se sitúan en un escalón mucho más convencional pero no por ello inferior, y la mejor prueba de ello es la muy interesante Strnadovi. En ella, surgida como un proyecto para la televisión checa, la directora Helena Třeštíková sigue las luces y sombras de un matrimonio a lo largo de nada menos que 35 años. El hasta el momento inquebrantable lazo romántico de la pareja protagonista no limita los puntos conflictivos que tienen lugar en sus vidas ni la posibilidad de trascender esa representación lineal y cronológica de su unión, pues, más allá de la puesta en imágenes de un devenir vital, se vislumbran los anhelos y las dificultades de la pareja y también, aunque en menor medida, los de su numerosa descendencia. Poco queda por decir al respecto de una serie de documentales sin demasiado hallazgo reseñable, entre los que merece como mínimo una pequeña mención El pacto de Adriana (Lissette Orozco), donde la directora investiga sobre las atrocidades cometidas por su tía Adriana al amparo del régimen de Pinochet y sus consecuencias (judiciales y emocionales).

We Make Couples (Mike Hoolboom, 2016)
We Make Couples (Mike Hoolboom, 2016)

Competición Fugas de Largometraje

Esta vez sí, nos adentramos en el plato fuerte del festival, la sección en que se pudieron ver los mejores títulos de la edición. Así pues, en Fugas hubo espacio para propuestas documentales más alejadas de las formas tradicionales, cercanas en ocasiones al territorio experimental, donde la barrera que presumiblemente separa la ficción del documental desaparece por completo. Con tanto acierto como en la Competición Internacional, el jurado de Fugas le otorgó el principal galardón de la sección a la estupenda We Make Couples, una de las películas más importantes de los últimos años. El filme del canadiense Mike Hoolboom, considerado por muchos como el heredero de Michael Snow, perpetra una estudiada y profunda reflexión sobre las posibilidades de la pareja como forma de resistencia en una sociedad que tiende a anular nuestra libertad individual y colectiva. El mayor de sus méritos es alcanzar una comunión entre forma y fondo que hace que cada una de sus palabras e imágenes, aun siendo capaces de trascender por separado, necesiten a su compañera de baile (con el sonido/música como miembro invitado y omnipresente) para brillar y darle aún más sentido a este emocionante, complejo y desolador ensayo. Un espectacular descubrimiento que pasó desapercibido en el pasado Punto de Vista.

Lejos del nivel de la ganadora pero muy por encima del nivel medio de prácticamente cualquier festival, encontramos un trío de trabajos tan estimulantes como diferentes los unos de los otros. El belga Eric Pauwels conmueve y desgarra con La deuxième nuit, donde se cuestiona cómo ha cambiado su manera de ver el mundo desde la muerte de su madre, regresando a aquellos lugares y momentos que compartieron en vida puestos en relación con el amor por el cine del propio cineasta, desde su nacimiento hasta el momento actual. Igual de extraordinaria a un nivel íntimo es Ascent (Fiona Tan), correspondencia entre una mujer inglesa y su difunto marido japonés, Hiroshi, con el Monte Fuji como telón de fondo. 4.500 fotografías tomadas a lo largo de los últimos 150 años conforman un pausado pero arrollador ascenso desde su base hasta la cima, donde cada imagen refuerza el peso de las palabras. Muy distinta a las dos anteriores cintas pero igual de notable es Paris est une fête – Un film en 18 vagues, el nuevo trabajo del francés Sylvain George, un mosaico de la capital francesa de nuestros días formado por 18 piezas, entre los espacios vacíos de la ciudad, los manifestantes y la represión policial contra los mismos, y el limpio y estimulante acompañamiento por parte de la cámara a una serie de inmigrantes ilegales y su día a día. Si ya es importante por sí mismo todo aquello hacia lo que decide mirar el cineasta, mucho más lo es su genuina y transparente forma de hacerlo. ¿Retorno al Mayo francés?

Similares fueron las intenciones de Postcards from the Verge (Sebastian Mez) y El mar la mar (Joshua Bonnetta, J.P. Sniadecki), que difieren sustancialmente en la eficacia y pertinencia de sus respectivas propuestas formales. La primera, arbitraria en los continuos cambios de la relación de aspecto y notoriamente aséptica en el tratamiento de la inmigración en la Franja de Gaza, queda ahogada por las mismas postales que le dan nombre. La segunda, por su parte, presenta un trabajo de la imagen fílmica y los testimonios que, aunque desigual, resulta más que apreciable. Sin embargo, resulta significativo que las palabras de aquellos que cruzan el desierto de Sonora entre México y los Estados Unidos tengan mucha más fuerza cuando acompañan a la pantalla en negro que cuando hacen lo propio con las imágenes de dicha zona geográfica. Sobra decir que toda sección de festival está obligada a contar con al menos un par de ovejas negras, y esta no es la excepción. Mientras que Stranger in Paradise (Guido Hendrikx) falla estrepitosamente al abordar desde la hipérbole tres perspectivas distintas sobre las dificultades que sufren los refugiados para poder permanecer legalmente en algún país de Europa, El proyecto (Alejandro Alonso Estrella) hace que nos olvidemos de su muy interesante punto de partida al contar con una puesta en escena monótona y ensimismada.

Donkeyote (Chico Pereira, 2017)
Donkeyote (Chico Pereira, 2017)

Competición Nacional de Largometraje

Aunque en principio no hay ningún criterio particular para seleccionar las películas de este sección más allá de su procedencia (si acaso su calidad), resulta cuando menos curiosa la importancia de la tierra y la tradición familiar en muchos de los títulos que la integraron. El Remolino (Laura Herrero Garvín), premio al Mejor Largometraje de la Competición Nacional, nos traslada al cambiante pero rígido ciclo vital de unos hermanos que habitan en un lugar regido por las leyes de la naturaleza. Sus vidas avanzan y observamos su forma de afrontar la cotidianidad, sin embargo, lo que verdaderamente marca el devenir de los habitantes de esta pequeña comunidad de Chiapas son las inundaciones que dan nombre a ésta y a la propia película. El aprovechamiento del formato panorámico facilita la comprensión de una metáfora obvia a la par que sincera, sin tratar nunca de limitar el alcance humano de una historia cercana y universal. Con un uso del scope no tan satisfactorio nos encontramos con la aventurera y emotiva Donkeyote, donde Chico Pereira sigue la quijotada de su tío de 73 años, que ansía recorrer los Estados Unidos de este a oeste en compañía de su burro, en homenaje al traslado forzado de los indios Cherokee. Su alocada idea es un pretexto inmejorable para el honesto y genuino hallazgo que lleva a cabo el director, esa película que se encuentra en los inicios de tan larga y por ello irrealizable irrealizable empresa.

En La película de nuestra vida, el título más enérgico y vitalista de cuantos se pudieron ver en el festival, Enrique Baró hace una película a partir de la posible realidad vivida por tres miembros de una familia (tres generaciones distintas) en su casa de veraneo. En este libérrimo ejercicio a caballo entre la ficción y el documental el director habla de sí mismo y/o de su familia, de los veranos vividos e imaginados, del arte de la creación y el de la propia vida, todo esto al ritmo de Joe Crepúsculo y con un especial sentido del humor. Converso (David Arratibel), el ejercicio menos cinematográfico de toda la sección, nace a partir de las entrevistas realizadas por el cineasta a unos familiares que se han convertido a la fe católica inesperadamente en los últimos años. El interés suscitado por las causas de dichas conversiones se reduce notablemente por la rigidez del dispositivo formal y la escasa relevancia de un conversar anodino y superficial.

Das Gestell (Philip Widmann, 2017)
Das Gestell (Philip Widmann, 2017)

Cortometrajes Internacional, Fugas y Nacional

Manodopera (Loukianos Moshonas), Mejor Cortometraje de la Competición Internacional, refleja la vida de un joven de clase alta mientras trabaja en la construcción de un piso y, en contraposición, las charlas que mantiene con sus amigos por las noches sobre su existencia. Quizá el premio se le quede algo grande, más que por su sencillez por la escasa trascendencia que alcanzan esas conversaciones en el contexto de la película. Sin embargo, en esa misma sección recibió una Mención Especial la interesantísima A gis (Thiago Carvalhaes), con una inspirada propuesta formal más propia de un trabajo de Fugas. El filme convence gracias al respeto con el que se acerca a una persona que ya no está con nosotros, a la comunidad LGTB y a la propia vida.

Si antes hablábamos de lo acertados que fueron los premios otorgados en las diferentes competiciones de trabajos de larga duración, es justo decir que con los cortometrajes ocurrió justo lo contrario. Los galardones de Fugas fueron a parar en manos de Find Fix Finish (Mila Zhluktenko, Sylvain Cruiziat) y XXXXXXX (Liliana Colombo), apuestas con ciertas ideas de fondo que no explotan adecuadamente en imágenes. La elección de premios motivó que se fueran de vacío tres propuestas verdaderamente notables. En Das Gestell, de Philip Widmann, un filósofo japonés le escribe una carta a un colega alemán famoso, pidiendo consejo sobre cómo lidiar con la influencia de la vida moderna. La sugerente textura de sus imágenes alterna los paisajes de lugares indeterminados con una serie de reuniones grupales en las que se trata de buscar solución a la coexistencia del ser humano y la tecnología. Dado que en la media hora de duración no surgen más que nuevos interrogantes, el propio viaje logra suponer una experiencia de lo más enriquecedora, en el aspecto visual pero también en cuanto a su contenido. Por otro lado, No I (Aline Magrez) examina con rigurosidad un lugar y todos sus elementos prescindiendo de la palabra, simplemente con una vía de tren como eje central de la narración. Finalmente, encontramos talento y brío en la sensorial Cidade pequena de Diogo Costa Amarante, donde asistimos al prematuro descubrimiento del proceso vital por parte de un niño pequeño que no puede dormir. Su madre le revela una información que deviene en pesadilla, lo que nos regala algunas panorámicas dignas de mención.

En la Competición Nacional destacó Sub Terrae, que se acerca a la idea expuesta en Cidade pequena a través de un poderoso pero conciso plano secuencia. Una clara prueba de que menos puede ser más. Para concluir, conviene hacer mención a las retrospectivas que tuvieron lugar en las mismas salas de Cineteca y en Filmoteca Española a lo largo del mes de mayo, dedicadas a una figura tan representativa del cine documental como Rithy Panh y a la española Margarita Ledo. El balance de esta decimocuarta edición de DocumentaMadrid no podría ser mejor, lo que nos obliga a estar preparados ante aquello que pueda acontecer en los años venideros.

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