Críticas, Estrenos

El otro lado de la esperanza – Una nueva vida

Leo con cierto estupor que El otro lado de la esperanza (en palabras del propio director, la segunda parte de una trilogía portuaria de dos películas sobre los refugiados), el regreso del gran cineasta finlandés Aki Kaurismäki a la gran pantalla seis años después de dirigir su anterior film, Le Havre, abusa en ocasiones del trazo grueso y se convierte, en definitiva, en un trabajo donde la carga ideológica o de denuncia pesa más que el resto de apartados. Escribir o comentar algo así, tan alejado de la realidad, es muy preocupante en cualquier situación, pero más aún si es para hablar de la obra de un cineasta con un estilo tan personal y consolidado como el de Kaurismäki.

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No hay más que echar un vistazo a Le Havre (en la que tuvo algunos problemas de producción al rodar en Francia, lo que le impidió contar con la comodidad que le hubiera gustado) para comprobar que su forma de hacer cine es incuestionable, y que su crecimiento, evidente sobre todo en lo referido a la depuración estilística, se sirve de los cambios socioeconómicos (para hablar de un cineasta tan interesado en la clase proletaria, es mucho más justo centrarse en la economía individual que en el progreso o retroceso político de su país y/o continente) para ser el espejo de nuestra realidad. Si bien la premisa de su nueva película no contradice sus pensamientos en el año 2011 (“Finlandia y Suecia son los únicos países que no podrían haber sido escenario de esta película [Le Havre], porque nadie está tan desesperado como para ir allí”), decide dar un paso más allá y posibilita que una serie de infortunios hagan de Helsinki el destino “idílico” para un emigrante sirio. Aunque este hecho no sea suficiente para destruir o anular sus palabras, sería muy injusto obviar que en estos seis últimos años han cambiado muchas cosas, así que no estaría mal conocer qué hay detrás de dicha decisión argumental.

Como ha ocurrido de forma habitual en la carrera del cineasta, El otro lado de la esperanza narra el encuentro entre dos seres que poco o nada parecen tener en común. Con un inicio que no necesita más que unas pocas imágenes, algunos planos detalle de lo más bressonianos (quizás más aún que en otras películas, por evidente que pueda resultar a estas alturas tal calificativo), y una fuerza visual que captura de forma rotunda e hipnótica el “ambiente” nocturno de la ciudad de Helsinki, Kaurismäki contextualiza a la perfección la situación de sus dos personajes protagonistas. Wikhström, de cincuenta años, abandona su hogar (y su vida) tras darle a su mujer la alianza de boda, pues ha decidido cambiar por completo de vida y abrir un restaurante. Khaled, alrededor de veinte años más joven, es un refugiado sirio que aparece en el puerto de la ciudad por accidente. Mientras la nueva vida del primero comienza a andar, el segundo hace lo posible por conseguir asilo al encontrarse su país en guerra. Pese a que los encuentros fortuitos hayan poblado su filmografía, lo más normal es que se produjeran en los primeros compases de la narración; sin embargo, aquí el encuentro se produce transcurrida algo más de media película.

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Ahora mismo es prácticamente nula la utilidad de hablar banalmente de los méritos de este cineasta: su metódico trabajo de puesta en escena, la dirección de actores, el tipo de humor… todos estos elementos son inconfundibles y ha llegado un punto en el que las críticas de sus películas son intercambiables. Y esto es algo que, pese a la clara intención de alabar las formas de su cine, no le hace ningún favor a un director cuyos resultados y métodos nunca pierden el brillo ni la coherencia. Volviendo a lo comentado en el primer párrafo, es casi insultante obviar el respeto con el que Kaurismäki se acerca sus personajes -desde el primero al último de ellos- y la empatía con la que dibuja y resuelve cada una de las situaciones que se les plantean: como bien ha declarado en una entrevista, “cualquier acto contra el sistema es legítimo”. Sin perder de vista la realidad social en la que se encuentran inmersos sus personajes, El otro lado de la esperanza nunca juzga ni cuestiona las acciones de sus personajes, simplemente las muestra.

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