Críticas, Estrenos

Una historia de locos – Comprensión y perdón

Tras probar suerte en un terreno desconocido -es realmente complicado hablar de uno en concreto- para él con la simpática pero irritante El cumpleaños de Ariane, Robert Guédiguian decide regresar a un territorio en el que se siente mucho más cómodo, en donde puede articular sus habituales discursos y demostrar su fuerte compromiso social y político. Una historia de locos llega a España con prácticamente dos años de retraso, y, pese a sus visibles divergencias argumentales y temáticas, tiene una estructura idéntica a la de la muy celebrada Las nieves del Kilimanjaro. Para enfatizar esas similitudes, el cineasta y guionista galo vuelve a dejar los personajes clave de la función en manos de Ariane Ascaride y Grégoire Leprince-Ringuet.

Locos 2

Para esta ocasión, Guédiguian toma como referencia las memorias del periodista José Antonio Gurririán, brutalmente herido en un atentado perpetrado en el Madrid de 1980 por el Ejército Secreto para la Liberación de Armenia. Esta organización llevó a cabo uno de sus primeros atentados contra el embajador turco en la ciudad de París, hecho que utiliza el director para conectar los dos horrores de los que quiere hablar: los crímenes de los turcos frente al pueblo armenio y las consecuencias de éstos, algunas inmediatas y otras a largo plazo. Como descendiente de armenios, Guédiguian siente una implicación personal y emocional con lo narrado que a lo largo del metraje se irá volviendo en su contra, por mucho que trate de comprender al Otro y justificar los actos criminales de verdugos que antes fueron víctimas y de víctimas que podrían convertirse en verdugos, de forma más o menos evidente en el subtexto e incluso pidiendo perdón de forma explícita a aquellos que peor parados salen en la película (esto ocurre porque dicho bando no está representado por ningún personaje, de lo contrario, la emotividad de su historia personal hubiese sido suficiente para convencernos de la bondad intrínseca de todo ser humano). Es esa obsesión por analizar el comportamiento de todos los individuos implicados en el atentado que vertebra la cinta lo que termina por ensombrecer sus puntos de interés.

Locos 3

El filme, que comienza en blanco y negro con el juicio que Alemania llevó a cabo contra Soghomon Tehlirian, el armenio que asesinó al ministro de interior otomano en el año 1921, tiene un primer tercio cercano al notable. De hecho, todo funciona perfectamente hasta la ejecución del atentado en París, donde se amplían los puntos de vista, mutan las motivaciones de los personajes y se enreda la narración, que pasa de la observación visual a la sobreexplicación verbal. Ya en los primeros compases encontramos problemas de estilo como el uso de la cámara lenta para filmar el asesinato del ministro otomano y el atentado en París (en en este caso, se suma el uso de una canción cuya relevancia posterior es cuando menos ridícula), algo inexplicable para un supuesto defensor de la equidistancia y el buen juicio como es Guédiguian; sin embargo, lo que en un principio eran simples detalles que en absoluto emborronaban las virtudes de la obra, pasan a ser elementos premonitorios de la impotencia de un relato que naufraga cuanto más cerca se sitúa del melodrama. Sabemos que Gurririán trató de empatizar con el pueblo armenio y su sufrimiento, así que es un verdadero problema que un hecho probado resulte del todo inverosímil en imágenes: a lo mejor la culpa es de quien decide, entre una escena y otra, hacer que un personaje pase de obviar el genocidio armenio a tener una docena de libros (no podía faltar el plano detalle de los mismos, además en una escena de lo más forzada) sobre el mismo en la sala de estar. Teniendo en cuenta estos detalles, era incluso de esperar que la resolución estuviera pésimamente planteada y fuera injusta, por motivos de diversa índole, con los tres personajes implicados. Queda entonces para el recuerdo, pese a una repulsiva búsqueda de la morbosidad, un primer tramo que podría ser sin ningún problema lo mejor que haya filmado nunca su autor.

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