Críticas, Estrenos

El viajante – La vergüenza

De la piedra que rompía la ventana de la casa del protagonista de Los exámenes (Christian Mungiu, 2016) y que anticipaba de manera metafórica los problemas que estaban a punto de penetrar en el seno familiar, pasamos al edificio derrumbándose en la introducción de El viajante (Ashgar Farhadi, 2016), la película que nos ocupa, que viene a representar algo similar: el fin de la tranquilidad en la relación de su pareja protagonista, que alterna sus quehaceres con las representaciones teatrales que realiza de Muerte de un viajante en el turno de noche. No son necesarias las referencias visuales a cineastas como Bergman (el cartel de La vergüenza que se halla en una habitación llena de trastos de la antigua vivienda -la del edificio derrumbado, al que se vuelve repetidas veces por motivos de muy diversa índole- de la pareja aparece continuamente) para darnos cuenta de la relevancia que tienen la representación y las máscaras en este filme, el menos bueno de Farhadi desde que firmó la radical y excelente A propósito de Elly. Los motivos son evidentes: las formas del autor iraní se están convencionalizando, lo que conlleva una notoria pérdida de sutileza.

Salesman

Así, de ser un director brillante, haciendo un uso sensacional de las elipsis y aprovechando el fuera de campo como muy pocos (quizá ninguno en el panorama cinematográfico actual), jugando acertadamente con el punto de vista, pasa a ser únicamente (muy poco si lo comparamos con el Farhadi de sus tres trabajos precedentes, pero mucho si lo hacemos con prácticamente cualquier otro director que estrene asiduamente en nuestro país) un realizador eficiente. Porque eso mismo es El viajante: un drama (por momentos thriller) más que efectivo, bastante más preocupado por encontrar una respuesta para las preguntas que plantea que por el continente de todas esas situaciones y conflictos propuestos en el guion. No es casualidad que tanto esta película como Los exámenes, marcados bajones en la carrera de sus respectivos directores, fueran premiadas en el pasado Festival de Cannes, cuyos jurados (o políticas) y el riesgo nunca han sido afines.

Salesman

Al igual que en Nader y Simin, una separación, su obra cumbre, es un hecho en cierto modo cotidiano pero también azaroso el que precipita la confrontación entre sus personajes. En este caso, será una irrupción casual en el hogar familiar -relacionada con la anterior inquilina de su nuevo hogar- el McGuffin en lo referente a la crisis matrimonial de sus protagonistas, donde, una vez más, entra en juego la viciada sociedad iraní y el papel de la mujer en la misma, así como su nulo poder de decisión en el ambiente familiar (pese a situarse en un contexto muy distinto, El viajante entronca aquí con Paulina, la película de Santiago Mitre, por lo mucho que nos cuesta aceptar que una mujer decida por sí misma en aquello que le atañe como individuo en plena facultad de sus capacidades mentales); pero, al mismo tiempo, funciona como el eje sobre el que gira la historia de venganza que se articula a partir de ahí y que, en un final que por su extensión temporal resulta algo más torpe de lo habitual, toma una importancia tan grande que es complicado discernir si dicha trama es un fin en sí misma o forma parte de los medios para hablar de otras cosas. En cualquier caso, y pese a seguir mostrando un elaborado trabajado de puesta en escena, Farhadi nunca se había mostrado tan explicativo, tan redundante en cuestiones que otras veces no encontraron más respuesta que el silencio y la ambigüedad.

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Aunque está muy lejos de llegar al nivel de las estupendas A propósito de Elly, Nader y Simin, una separación y El pasado, El viajante es una digna ganadora del Oscar a la mejor película de habla no inglesa. Por la universalidad de los temas que trata y su siempre satisfactorio sentido del ritmo narrativo, igual de bien medido en las partes más dramáticas que en aquellas en las que el filme adquiere un tono mas thrilleresco, Farhadi ha vuelto a dirigir una obra con los ingredientes necesarios para brillar en una cartelera cuyo único interés reside en las cada vez menos interesantes y más impersonales “películas de Oscar”.

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