Festival de San Sebastián, Festival de San Sebastián 2016

Neruda – Metanarrativa

Pablo Larraín lleva tiempo demostrando que su forma de entender el cine pasa por la concepción de la película como una experiencia única para el espectador. Así, tras un tímido acercamiento a esta idea en «No», donde utiliza la imagen para trasladarnos a la época que pretende retratar, se embarcaba en un proyecto mucho más ambicioso con su siguiente película: «El Club».

El punto de partida de este trabajo sugería un intento de condenar los terribles actos llevados a cabo en el seno de la Iglesia, pero Larraín nunca parece estar interesado en hacer lo que se espera, sino en llevar al espectador por caminos que hasta ahora no ha transitado, o al menos no de la manera que él propone. Para ello, transforma sus propuestas con la intención de desmarcarlas de la apariencia, explorando al mismo tiempo vías puramente cinematográficas.

Si en «El Club» era el tono –parte esencial de la atmósfera– el elemento fundamental de la experiencia, en «Neruda» la pieza clave es la mirada, el enfoque conceptual que se le da a un punto de partida que, en manos de otro, no habría pasado del biopic convencional. Gracias a su particularísima personalidad, Larraín convierte lo que a priori parecía el relato de la vida de un escritor en una obra enteramente suya, que transita por los caminos que él impone.

Y es que Larraín parece no solo dejar de lado la poesía de su protagonista –de hecho, me atrevería a decir que rechaza incluso el lirismo, cuando es terriblemente sencillo caer en buscar lo lírico para hablar de un poeta– sino que incluso diría que deja de lado al propio Neruda, convirtiendo su película en un análisis en clave metanarrativa del propio arte de crear, una obra sobre el Autor que utiliza a un autor venerado por el cineasta como clave narrativa mediante la cual concretar y hacer fluir el discurso.

«Siempre estoy escribiendo» dice en un momento el personaje, y escucho al director susurrarme que es él quien mueve los hilos. Cuando las intenciones se destapan, los entes ficticios cuestionan su propia ficción, hablan de un autor y donde se dice Neruda suena impersonal, genérico y ambiguo. Neruda no ha inventado a nadie, Neruda es un elemento ficticio más de este juego de espejos y ese es quizá el gran acierto de la película, que proponiéndose ser un análisis sobre la realidad y la ficción, sobre el acto de inventar, inventa a su vez una ficción y lo hace en torno a un personaje real y sus circunstancias reales, con un recorrido sobre la Chile del momento.

Larraín parece no concluir nada y, en un último tramo confuso y pasado de rosca, lo único que queda claro es su intención de elaborar una obra dirigida tanto a los sentidos –utilizando recursos audiovisuales para estimular al espectador– como al cerebro –dando vueltas en torno a la idea de la creación y la figura del autor, que en su película no es otro sino él, jugando a confundir con su título– en una especie de aparente biopic en forma de noir pasado por el filtro onírico, mágico y misterioso de un cineasta inspiradísimo que en un último alarde de ingenio dota a su película de algo esencial: un sentido del humor tal que le permite reírse de sí misma cuando debe, no terminar de tomarse en serio en ningún momento y esquivar así el peso que cargan a sus espaldas aquellas obras innecesariamente serias que no tardan en recibir el calificativo (normalmente injustificado) de «pretenciosas».

«Neruda» es una obra única y la confirmación definitiva de que ha nacido un cineasta de estos que revitalizan el cine: aquellos con una mirada propia que ponen su originalidad al servicio del audiovisual, explorando nuevas maneras de emplear los recursos del arte para sacar el máximo partido a sus ideas en pos de crear experiencias. Un mago.

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