Festival de San Sebastián, Festival de San Sebastián 2016

El hombre de las mil caras – La película mil veces vista

La progresión de Alberto Rodríguez en sus dos últimas películas era envidiable. «Grupo 7» era un fantástico boceto de lo que terminaría por redondear en la impecable «La isla mínima», donde se confirmaba como un gran realizador, capaz de construir atmósferas incómodas, inquietantes o misteriosas sirviéndose del entorno en que tenía lugar la acción.

No inventaba nada nuevo, es cierto, pero poco a poco iba perfilando un estilo propio a la manera en que Fincher –otro magnífico generador de atmósferas– lo había ido logrando tiempo atrás, bebiendo de los más talentosos pero bajo su propia mirada. Parecía que en unos años podríamos hablar de películas con herencia del cineasta español, palpar su huella en futuras producciones y, en definitiva, hablar de un nuevo filtro en el thriller policíaco.

Así, si bien parecía que con «La isla mínima» tocaba techo, cabía esperar que Rodríguez siguiese trabajando en la misma línea, pero cuando la construcción de una propia identidad cinematográfica estaba más próxima, se decide a cambiar totalmente de rumbo con «El hombre de las mil caras», la crónica de un caradura que supone un estancamiento en esta evolución y que se siente como una película que ya hemos visto un millón de veces.

«El retrato de un país» escribían algunos tras el pase. «De qué país» me preguntaba yo incrédulo. Alberto Rodríguez, que había sabido exprimir como nadie el entorno de sus películas –los peligrosos rincones de la Sevilla pre-Expo o las marismas del Guadalquivir en su obra maestra– firmaba una obra absolutamente impersonal, un thriller que repetía las fórmulas de las producciones estadounidenses y que es tanto el retrato de España como podría serlo de Guinea Ecuatorial.

De esta forma, «El hombre de las mil caras» es una «nueva» historia contada como otras tantas antes, que seguro generará fascinación en quienes desprecien el cine patrio, encumbrando una obra que bajo bandera americana considerarían del montón, pero que vestida de rojo y gualda se siente nueva y especial, hija de un país en el que «no se hace buen cine». Rodríguez, olvidando las lecciones de dirección que nos había brindado, cae en el lado de lo pretendidamente resultón, con escenas incomprensibles como esa rueda de prensa filmada a oscuras y con pirotecnia en un intento de ocultar con dinero y fuegos artificiales que en esta obra no hay voluntad de hacer un gran cine, sino de trasladar una interesante historia a la gran pantalla y que quede suficientemente «chulo».

Y esto está muy bien, pues quien no quiera leer el libro puede ver la película, quien no conozca la historia puede informarse sobre ella y quien participe en el proyecto se embolsará un buen dinero. Pero quienes venimos buscando en este nuevo trabajo un ejercicio cinematográfico a la altura de sus anteriores obras no podemos ver aquí más que un paso atrás: un talentoso director haciendo lo que podría hacer cualquiera con algo de dinero y un buen relato.

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