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Festival de San Sebastián – Recuerdo (I)

La memoria se compone de tres etapas o procesos principales: la codificación –que es la percepción del evento–, el almacenamiento –retención de la información– y la recuperación –que consiste en el acceso a los sucesos previamente codificados–. Pero de las tres sólo es posible intervenir o analizar la primera y la última, y son precisamente estas sobre las que Jonás Trueba coloca su foco de atención en La reconquista, aunque presentándolas en orden inverso. Al mostrar primero la recuperación, permite que el espectador construya a la vez que los personajes la historia inicial a través de una interpretación. El contraste entre la parte inicial y la final pone de manifiesto cómo cada edad mira con condescendencia y a la vez ilusión a las demás, de forma que todo tiempo pasado y futuro se considera mejor y peor que el actual. El presente termina siendo un espacio vacío que se define por las épocas que no existen en ese momento, y que pueden incluso nunca haber existido –como la información que comparte cada personaje sobre su pasado separado, que los coloca en un lugar distinto dependiendo de la consideración por el otro (y por nosotros mismos) de lo dicho como verdadero–. La propia construcción que hace Manuela de su identidad se mantiene gracias al diálogo que establece entre verdad y mentira, que sólo aguanta en lo teórico, mientras presume de lo práctica que es.

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Otro aspecto llamativo es que cada tramo de esta primera parte podría ser recorrido físicamente en la realidad, podría situarse de forma tangible en ciertos puntos de Madrid, excepto una única escena, que no se localiza en un espacio concreto, sino en una sensación: la secuencia del baile. Esta es ajena al momento y al lugar, incluso la propia habitación se ve difuminada inicialmente, se neutraliza con el color negro y se diluye bajo el humo para que lo único que se encuentre en estado sólido sean los cuerpos. Y la mirada de Trueba ni siquiera se centra en la complejidad de los cuerpos y su movimiento, sino que busca entrar en la esencia de estos. Esta es la única ocasión en la que Manuela y Olmo se definen por el mismo instante que están viviendo. Así, parecemos estar asistiendo a la creación de un nuevo recuerdo que permanecerá en el futuro. Y cuando la situación se empieza a descondensar, a volverse real, la cinta regresa a la tierra, a Madrid.

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La extensión de cada segmento parece estar condicionada al peso emocional que tiene su representación mental en la memoria autobiográfica de Olmo. Por esto esa segunda parte, la calma blanca tras la agitación de las luces de neón, más racional –e incluso reflexiva sobre la anterior–, ocupa un menor espacio, a pesar de ser la que tiene más extensión en su tiempo físico. La tercera parte es la más luminosa, comprende el evento original, que se muestra de forma pura, como una fotografía. Y al ocupar este lugar en la cinta permite al espectador recorrerla en sentido circular, pues la propia interpretación de este final-principio hace flexible la sensación producida por el resto del contenido.

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