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Festival de San Sebastián – Espiritualidad

En Franny, el relato de J.D. Salinger, la protagonista se obsesiona con un libro sobre la historia de un peregrino que viaja buscando encontrar el sentido de una frase de la Biblia que dice que “debemos rezar incesantemente”, y acaba cruzándose con un starets que le proporciona una pequeña oración, que debe repetir como un hábito hasta que acabe penetrando en él. Así, Salinger plantea una idea de espiritualidad centrípeta, que fluye de fuera hacia dentro, de forma que la fe no existiría como algo innato en el individuo, sino que sería el producto del ejercicio, de la transformación de una práctica deliberada en implícita. Esta propuesta parece llevar al terreno de la religión los principios de la hipótesis del feedback facial, que fue planteada por S. Tomkins en el ámbito del estudio de la emoción, que afirma que la expresión de una emoción puede ser anterior a su experiencia subjetiva. Según esto, la manifestación intencional que los individuos hicieran de sus sentimientos podría determinar lo que sintieran. De esta forma, el hecho de sonreír podría provocar en la persona la sensación de felicidad que no tenía antes de ella.

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En contraposición con todo esto se encuentra la concepción de la espiritualidad mostrada por El cristo ciego, la película de Christopher Murray, que presenta una interpretación centrífuga, que surge en la propia persona y se muestra a través de sus actos, y no al revés. Se elimina, como en el caso de Franny, la dimensión institucional de la religión, pero en esta ocasión sí se incluye parte de la simbología propia del cristianismo, aunque condensada en la personalidad y objetivos de individuos de la realidad cotidiana del protagonista, Michael. Y es precisamente este la mejor representación de la visión de la película de lo trascendental: algo que necesariamente parte de lo empírico. Michael emprende un viaje que acaba siendo también de autodescubrimiento, pero de forma colateral y orientado hacia la mejora en la ayuda a los otros. En su camino, el protagonista se encuentra con distintos personajes a los que ofrece auxilio práctico, no teórico -les asiste con curas, no les anima a que recen-, pues no busca crear un culto a su alrededor, sino ofrecer soluciones inmediatas. En otras ocasiones, Michael se apoya en parábolas para ejemplificar ciertas ideas, pero no desvela su enseñanza -si es que hubiera exclusivamente una-, sino que confía en la conciencia personal de los individuos con los que trata, sorteando siempre el adoctrinamiento. Su máxima vital es el principio de austeridad, que el director chileno acaba trasladando al apartado formal de la película, preocupándose especialmente por el mantenimiento de la pureza real de lo filmado. En este sentido es interesante que la mayoría de los actores no sean profesionales y que las historias que representan estén basadas en las suyas propias, pues permite que el conocimiento de sí mismos que viven en la obra de ficción se alinee con el que se produce en su vida real al verse proyectados.

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Michael se muestra de forma humilde, destapado y resistente, confesándose incluso ante el público, hasta que acaba surgiendo un culto no motivado por él, sino por los habitantes de una ciudad en ruinas, que necesitan una figura física a la que adorar, pues la desesperanza no les permite confiar en su ser individual. La fe parece dar sentido a la existencia en esas sociedades perdidas, y para poder romper con esta idealización -que es lo último que quiere el protagonista- Dios debe morir y dejar paso al hombre.

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