Críticas, Estrenos

Fences – El muro a derribar

Aunque parecía que nadie podía arrebatarle el puesto de peor película nominada al Oscar a Lion, el a todas luces insuficiente y manipulador debut de Garth Davis en la dirección, Fences llega para ponerle las cosas realmente complicadas. Denzel Washington adapta la obra de teatro de August Wilson que él mismo interpretó en 2010, tomando así la coherente decisión de protagonizar también la adaptación cinematográfica. Más allá de lo cercanos que pueda sentir los temas tratados en el texto original (aunque son muchos y de diversa índole, girando todos en torno a un drama familiar muy convencional, el que condiciona todo el relato es el racismo imperante en la sociedad estadounidense allá por los años 50), el actor reconvertido en director desarrolla su tercer largometraje como un mero vehículo para desplegar sus dotes interpretativas y, de vez en cuando, dejar que Viola Davis haga lo propio.

Fences 2

Dada la escasa valía cinematográfica de la cinta, que en su empeño por ser fiel a la obra teatral se olvida completamente de hacer uso de las posibilidades del medio audiovisual, Fences no es más que la muy conservadora exposición de una serie de problemas sufridos por un padre de familia que, víctima de una sociedad malvada (no hay una sola gota de ironía en mis palabras, por muy redundante que sea el texto en su desarrollo) y de una infancia terriblemente dura (consecuencia, cómo no, de esa misma sociedad), arrastra a su familia consigo hacia su inexorable encierro personal. Nadie duda de la veracidad del contexto, de la importancia (que no necesidad; dejemos de hablar de películas necesarias de una vez, por favor) de abordarlo en diferentes campos, pero siempre ha de haber un mínimo exigible. Y, en esta ocasión, la película de Washington está muy lejos de acercarse a él.

Pese a la naturaleza reivindicativa de la propuesta (es lógico suponer que, más allá de las interpretaciones, su fondo es el motivo de que este esperpento sea bien recibido en alguna parte del mundo), entrar a analizarla con un poco de pausa seguramente supondría su perdición absoluta; el carácter discursivo del relato resulta muy anticuado, y sus buenas intenciones se pierden al plantearnos todo desde una mirada hipermasculinizada y con un componente religioso que, si bien es fruto de una época (al igual que la ya comentada mirada, cuyo problema reside en que se trata más en la del cineasta -y escritor- que en la del relato como tal) y perfectamente respetable, queda ridiculizado por el obvio tratamiento que se le da en el filme. Sería injusto rechazar la película por lo mencionado en este párrafo, pero, desgraciadamente, solo es el primero de muchísimos problemas.

Fences 3

Si Fences es un descalabro cinematográfico absoluto es, principalmente, por su incapacidad para marcar con cierta coherencia el tiempo narrativo. El uso de las elipsis, exceptuando un fundido en negro que probablemente nazca como herencia del entreacto de la obra de teatro, responde siempre a la necesidad de avanzar argumentalmente, de preceder al siguiente monólogo de Washington. Jugar en un par de momentos con planos subjetivos no es suficiente para suplir el nulo trabajo de puesta en escena (refiriéndonos a la puesta en escena cinematográfica y no a la teatral, claro), y menos si se trata de darle corporeidad a la mismísima muerte en un momento involuntariamente cómico, al igual que ese plano final salido de la publicidad de alguna ONG cristina. Como la valla que se pasa toda la película construyendo el protagonista, que no hace sino acrecentar los fuertes síntomas de obviedad desde lo metafórico, Fences no encuentra escapatoria entre su origen teatral y el ego de un Denzel Washington que puede conseguir su tercer Oscar.

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