Críticas, Estrenos

Jackie – No hay Camelot

No parece que Pablo Larraín sea un cineasta dispuesto a venderse a Hollywood tan pronto. No en pleno crecimiento de sus facultades creativas, de su cada vez más amplio y personal imaginario visual. Es significativo que su primer trabajo estadounidense esté producido por Darren Aronofsky, una de las voces más personales dentro de lo que pondríamos considerar como industria hollywoodiense. Fue el director de Cisne negro quien le ofreció la película al cineasta chileno, con la única condición de que fuera Natalie Portman quien interpretara a Jacqueline Kennedy, la viuda de John F. Kennedy, trigésimo quinto presidente de los Estados Unidos. Tras reinterpretar a su modo la figura de Neruda en su anterior película, con momentos de rabiosa genialidad dentro de un todo realmente irregular, Larraín se propone recuperar pequeños fragmentos de la vida de Jackie Kennedy, correspondientes en su mayoría a los días inmediatamente posteriores al magnicidio de su marido, para reivindicar a una de las figuras más importantes de la historia estadounidense y tratar de representar su compleja y contradictoria personalidad.

Jackie 1

Puede que la mayor virtud de Jackie sea al mismo tiempo su problema más importante: al seguir en todo momento a la protagonista, generalmente a través de primeros planos, haciendo de su rostro y su gestualidad la vía única de comunicación con el receptor, todo lo demás queda irremisiblemente en un segundo plano. Puede que de forma premeditada, todo aquello que acompaña a Natalie Portman no trasciende su papel de complemento, sirviendo de mero acompañamiento a la primera dama, indiscutible pivote en torno al que gira la improbable ficción que propone el cineasta en este biopic, mucho más convencional de lo que Larraín quiere que sea. Tan amigo del riesgo y de la creatividad, sorprende que el chileno no se haya atrevido a filmar la cinta en formato cuadrado, lo que podría haber sido una decisión coherente y decisiva.

Así pues, digámoslo ya, el director de la notable El club se encarga de dejar su sello en todo momento, de gritar que es él quien se encuentra tras las cámaras, aunque para ello deba recurrir a la morbosidad menos consecuente (escalofriante ruptura del punto de vista para generar un impacto que previamente no había logrado transmitir, en la que quizás sea una de las escenas más gratuitas que se hayan podido ver en mucho tiempo); desde la construcción de cada plano hasta la estructura narrativa del film, cuyo (des)orden cronológico es hasta cierto punto coherente, mantienen las constantes de su cine. Incluso se empeña a jugar con el espacio para hacernos dudar de la continuidad de una misma línea temporal, en lo que no es más que un simple deje autoral. Pese a que todo el entramado se desarrolle a partir de la entrevista realizada por un periodista de la revista Life a la difunta, se puede decir que la función de la misma no es otra que retrotraernos sus emociones, dudas y decisiones desde que tuvo lugar el accidente hasta la línea narrativa del presente. Por desgracia, ni siquiera el excepcional trabajo de Portman -que se convierte literalmente en Jackie- es suficiente para convertir esta obra en una medianamente interesante.

Jackie 2

Cuando las imágenes comienzan a repetirse, a, en definitiva, banalizar su poder, el componente psicológico de la protagonista queda oprimido, marchitándose entre funerales estupendamente coreografiados y visitas guiadas a la Casa Blanca recompuestas. Los dejes de autoría quedan en entredicho cuando lo más interesante de la función son las discusiones entre Jackie y Bobby Kennedy poniendo en tela de juicio las actuaciones de su marido y hermano, respectivamente, durante su breve mandato. A pesar del aparentemente complejo juego formal, lo más jugoso de Jackie es la realidad representada en la ficción. Sin lugar a dudas, nos encontramos ante el trabajo más insatisfactorio de Pablo Larraín, que se queda sin su Camelot al no alcanzar un solo momento resplandeciente. El sugerente envoltorio no esconde demasiado bajo su pretendido efectismo, más improcedente y menos brillante que en sus anteriores películas.

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