Críticas, Estrenos

Moonlight – Desarrollo sensible

Pese a sus no pocos problemas y a la certeza de que un bonito envoltorio no palia las heridas de un relato más convencional de lo que sus imágenes quieren hacernos entender, Moonlight no debería permanecer en la memoria colectiva por ser una de las películas más fuertes en la carrera de premios. Aunque en el desarrollo del arco dramático de su protagonista los tópicos sirvan como apoyo durante gran parte del metraje, el segundo trabajo de Barry Jenkins se consolida como una anomalía en un contexto muy poco dado a las sorpresas. Su nada innovadora estructura tripartita, cimentada mediante el uso de elipsis que dejan fuera aquello que Jenkins no considera imprescindible para trazar la compleja identidad de Chiron -que da nombre al segundo capítulo de la cinta, suponiendo un verdadero punto de inflexión en la narración-, esconde un uso, si no arriesgado, al menos adecuado de las herramientas del medio cinematográfico desde la forma de estructurar la historia.

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Así, desde un principio, el film pone paso firme en la búsqueda de su identidad, con mejores resultados a nivel conceptual que tonal, y encuentra la verdad y la pureza en su completo rechazo a la verbalización de determinadas heridas y sentimientos. Además del segundo capítulo, donde la elección del tono comienza a dirigirse hacia la naturaleza del relato poco a poco, con un trabajo visual mucho más coherente a nivel narrativo que en el primero, los otros dos se titulan de acuerdo a los apodos que tiene Chiron en la infancia y en su etapa adulta (Little y Black, respectivamente). Es en esta última parte donde, finalmente, el equilibrio entre forma y fondo permite que el director encuentre una sensibilidad de la que hasta entonces no había logrado hacer gala. A su conclusión, bella y directa sin necesidad de recurrir al sentimentalismo barato, Moonlight nos obliga a replantearnos todo cuanto hemos visto previamente: la malograda dirección de Jenkins en según qué momentos está ahí, sus puntos flacos son evidentes y la asimilación de sus referentes -desde Hou Hsiao-Hsien hasta Wong Kar-Wai- es en cierto modo contraproducente; pero el significado de cada imagen se eleva exponencialmente después del visionado, y los honestos hallazgos de la cinta merecen el máximo respeto y atención.

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Chiron crece en alguna barriada afroamericana de Miami, en un ambiente de violencia y tráfico de drogas nada alentador. A esto hay que sumarle la ausencia de referentes paternos; mientras desconocemos el paradero de su padre, los cuidados de su madre no son los más favorecedores. En su búsqueda apresurada de una identidad aún por forjar, motivada por el acoso de otros niños que lo excluyen por ser distinto, el joven encuentra en Juan (un brillantísimo Mahershala Ali cuya escasa presencia sabe a poco), un traficante de drogas, un espejo en el que mirarse. Aunque en el retrato del contexto en el que se desenvuelve existen demasiados subrayados en la escritura y cierta inestabilidad en la dirección, con un uso abusivo, algo burdo y en ocasiones arbitrario del travelling circular y de la cámara en mano, se impone la nobleza del fondo y el consecuente desarrollo del protagonista, cuya evolución, tan previsible como dolorosa -como los caminos que podría haber tomado la película y, sin embargo, decide esquivar-, culmina con la explosión verbal de la verdad que se esconde tras una coraza surgida como obligado mecanismo de defensa. Por si fuera poco, las capas que subyacen bajo la propuesta son infinitas y delicadas: más allá de la naturaleza evolutiva del coming-of-age, universal e implacable, encontramos un retrato de la homosexualidad y de la pérdida de la masculinidad que, nuevamente, desmarca a Moonlight del subproducto llamado a pelear por los premios más importantes de la carrera.

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Las sucesivas decisiones estilísticas erráticas de Jenkins, generalmente relacionadas con los propios mecanismos de narración y con una estética puntual demasiado ampulosa -desde el cromatismo de las escenas oníricas hasta los recurrentes encadenados-, terminan por apagarse una vez tiene lugar la explosión de violencia que marca la transformación de Chiron en Black. Es por eso que, aun lastrada por una mano que mayoritariamente se siente primeriza, sus méritos hacen de Moonlight una obra muy a tener en cuenta. Por encima de todo, el joven cineasta estadounidense demuestra que algunas de sus ideas y su método de transmitirlas son transparentes e inexorables.

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