Críticas, Estrenos

Diré tu nombre – El absurdo del amor

Puede que no haya textos más complicados de elaborar que aquellos relacionados con películas que no pueden ser tomadas en serio. Esa sensación y muchas otras son las que transmite Sean Penn con Diré tu nombre, su nuevo trabajo tras las cámaras, que narra (o intenta narrar) sin ningún sentido del ridículo la historia de amor entre la directora de una organización humanitaria y un médico acostumbrado a trabajar en territorio hostil. Wren (Charlize Theron) y Miguel (Javier Bardem) se conocen en una misión de rescate e inician una tormentosa relación en medio del horror de la guerra. Aunque en un principio parece noble la intención de reflexionar acerca de nuestros estúpidos comportamientos de seres privilegiados en contraposición al sufrimiento de millones de familias, la falta de respeto con la que se aborda el contexto bélico convierte a la cinta en una comedia involuntaria en cuyas imágenes impera un excesivo (mal) gusto por lo pornográfico.

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Los problemas son tantos y tan grandes que va a ser muy difícil no dejarse alguno en el tintero. Discurso e intenciones aparte, el film queda invalidado por su incapacidad para narrar la historia con un mínimo de orden y coherencia. La narración se divide en tres líneas temporales que solo seremos capaces de identificar con el metraje bien avanzado, pues los saltos entre unas y otras atentan contra la lógica interna. Una vez fracasada la tarea de exponer con un mínimo de claridad los hechos y la relación entre los personajes, algo a lo que Penn no le ha dado ninguna importancia, encontramos una serie de detalles supuestamente autorales (imágenes desenfocadas, planos imposibles y nada ortodoxos, momentos ridículamente malickianos…) que, en su incesante búsqueda de dotar de personalidad a la película, hacen de la puesta en escena de Diré tu nombre un desastre prácticamente imposible de superar. Si bien es cierto que un guion trufado de líneas de diálogo risibles y situaciones involuntariamente surrealistas puede ser solventado por un trabajo de dirección, queda claro que este no es el caso, pues el rendimiento de todos los departamentos es igual de nefasto.

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No es buen síntoma que se escuchen las primeras carcajadas al término de los inexplicables intertítulos iniciales, la primera prueba firme de lo frívolo de la propuesta. El metraje discurre generalmente de modo inconexo, alternando la empalagosa, violenta y nada creíble relación entre los protagonistas con imágenes extremadamente explícitas sin justificación alguna, que nos recuerdan mediante sucesivos golpes de efecto lo dura que es la guerra y las consecuencias de la misma. Todo ello con cortes de montaje y acompañamientos musicales pésimamente elegidos, hasta tal punto que lo normal es pensar que somos víctimas de una broma de mal gusto. Afortunadamente, la sensación de incredulidad e incluso incomodidad que se siente en la primera parte de la película no es definitiva, pues Penn decide olvidarse durante un buen rato de su demencial pretexto, dejando que la historia romántica fluya (a su modo, por supuesto) y nos podamos reír sin ningún tipo de remordimiento. Porque, a pesar de la vergüenza ajena que da, no es fácil reírse si cada treinta segundos aparece en pantalla una pila de cadáveres o un niño sin piernas. En Cannes se dijo que la queja más importante hacía The Last Face (así es su título original, igual de malo que el traducido) era que situaba un romance de novela rosa al mismo nivel que el sufrimiento de las víctimas de la guerra; sin embargo, la realidad es aún más aterradora: ya nos gustaría que ese sufrimiento fuera más que un pretexto y una vía para lanzar el típico discurso moralista, desprendiendo una superioridad mayor que la media. Ojalá algún día podamos discernir si nos encontramos ante una pésima película de terror o ante la mejor comedia jamás filmada. ¿Habrá algo sagrado para Sean Penn?

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