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Festival de San Sebastián – Género

TONI ERDMANN, de Maren Ade

Toni Erdmann

En Los árboles no dejan ver el bosque, Maren Ade planteaba como protagonista a una mujer que era recluida en un espacio social vacío como resultado de la decodificación aberrante producida por su deslegitimación como individuo. En Toni Erdmann, en cambio, la opresión a la que se ve sometido su personaje principal, Inès, no se atribuye tanto a su identidad particular, sino a su categoría política como mujer en general y específicamente en un contexto de riqueza económica. Para estrechar su relación con ella, el padre de la directiva elabora una nueva identidad para sí mismo −cuyo nombre se corresponde con el título de la película− con la que introducirse en ese mundo. Así, mientras la protagonista se ve desterrada de espacios a los que pertenece legítimamente desde hace tiempo, su progenitor consigue apropiarse de ellos de forma inmediata, aun con la percepción colectiva de la farsa permutante que es su identidad, gracias a la posición de su género. De esta forma, para lograr convertir en práctica lo que es suyo en teoría, Inès trata de amoldarse a la forma por defecto, reconociendo los valores opresores como deseables −lo que se pone de manifiesto en la escena del falso empoderamiento sexual o el rechazo explícito de la idea del feminismo− para intentar incluirse en el grupo dominante en lugar de dinamitar esta jerarquía. El estado de desilusión permanente que se produce como consecuencia se mantiene hasta que la protagonista logra constituir un espacio propio a partir de sus condiciones −como se refleja en la escena del desnudo−  que no utiliza para imponer unos nuevos principios vitales, sino para crear un margen en el que cuestionarse lo existente y poder elegir. Este proceso liberador culmina con la deconstrucción del padre, que renuncia a su expresión de género (y casi también a la de individuo) para servir como aliado, y es sólo entonces cuando su buscada ayuda resulta verdaderamente efectiva.

OSCURO ANIMAL, de Felipe Guerrero

Oscuro animal

En Oscuro animal, las opresiones se radicalizan aún más al localizarse en un ambiente bélico, lo que posibilita, además de la explicitación de estas, el establecimiento de un pretexto al que poder achacar las diferencias existentes en las posiciones de poder sin tener que cuestionarlas o reconocer sus consecuencias. Para exponer esto, Felipe Guerrero realiza un estudio de casos, yendo de lo particular a lo universal, seleccionando a determinadas mujeres anónimas con historias de contenido concreto pero de esencia generalizable al sentir global femenino. La dinámica sumisión-dominancia entre los géneros se pone de manifiesto desde la propia concepción de la película: es una obra muda, pero no silente, ya que en distintas ocasiones se permite al hombre perturbar la quietud −por ejemplo, con la imposición repentina de música estridente o breves conversaciones, limitadas a ellos− o hacerse físicamente con el espacio −mediante el humo del tabaco u objetos que simbolizan fuerza−. Mientras que el movimiento del hombre es activo, autónomo y tiene un objetivo colonizador y competitivo, el de la mujer se restringe al pasivo del cuerpo −lágrimas, fluir de la sangre− o a la saciación de necesidades ajenas, hasta su liberación del captor moral −y en ocasiones también físico−, a partir de lo cual se orienta hacia la evasión de la prisión del mundo conocido. El camino hacia lo extraño se apoya en la cooperación femenina a la vez que se reniega de los atributos asociados a este género. Pero la interiorización de la posición política inferior aprendida en un medio supuestamente “natural” impide la ruptura de patrones nocivos en la nueva sociedad capitalista, cuyo carácter podría incluso acabar potenciándolos.

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