Críticas, Estrenos

Contratiempo – El bazar de las sorpresas

Si no existieran Alfred Hitchcock y Brian de Palma, uno podría pasar por alto los problemas de Contratiempo (y de los trabajos de Oriol Paulo en general, tanto en su faceta de guionista como en la director) y valorarla con condescendencia. Desde el desconocimiento de la obra de dichos cineastas, no sería extraño concluir que es imposible escenificar numerosas inverosimilitudes sin resultar incoherente a nivel narrativo. Pero claro, no sería justo culparles a ellos del fracaso artístico del director catalán, cuando es éste quien decide inspirarse por voluntad propia de sus respectivas filmografías y apropiarse de algunos de sus trucos de forma un tanto cuestionable.

Contratiempo 2

Empecemos por decir que Oriol Paulo es bastante mejor director que guionista, aunque, paradójicamente, lleve más tiempo desarrollando labores de escritura. Cuando un guionista tiene un golpe de suerte y le sale un guion bueno, debe de ser una práctica habitual reescribirlo con diferentes variaciones hasta la saciedad; el problema es cuando te dedicas a hacer eso partiendo de una base nefasta, esquemática y arquetípica, que lo basa absolutamente todo en los giros de guion. Todas las construcciones narrativas y argumentales de Paulo no tienen otro fin distinto al de sorprender, siempre sostenidas mediante repetidos golpes de efecto, tanto en el plano argumental como a través de los correspondientes subrayados visuales y verbales (mal endémico del cine de consumo actual). Esto no quita que Contratiempo sea trepidante y que consiga mantener interés durante gran parte de su metraje, pues, afortunadamente, la primera mitad de la película está narrada con una pausa y un cuidado por el detalle plausibles, con bastante efectividad (que no eficiencia) pese a la obviedad de su estructura y a una construcción visual presuntamente elegante pero trasnochada.

Los personajes se repiten (y nos repiten) una y otra vez que lo más importante es que todo parezca verosímil, y Paulo trata de aplicarse esa máxima a la hora de poner en escena muchos de los detalles fundamentales, casi siempre subrayados con unos planos detalle algo torpes pero útiles. Sin embargo, si al principio los pequeños giros de guion no llegan a traicionar el punto de vista elegido en cada momento, pasado el ecuador del metraje se suceden uno tras otro, dejando de sorprender por mera acumulación y destrozando completamente la lógica interna del film. Las rupturas del punto de vista son provocadas por la propia naturaleza de la narración, construida en todo momento mediante flashbacks y flashbacks dentro de los flashbacks. Llegado un punto, la película se convierte en algo insostenible y por momentos ridículo.

Contratiempo 1

Es previsible que parte de la crítica alabe la “factura visual” de Contratiempo, lo que no es sino una clara muestra de que en España tenemos el sentido del gusto estético atrofiado. En este aspecto, la cinta no sale bien parada ni en comparación con otros thrillers patrios recientes como Cien años de perdón y El desconocido. Sin ser del todo hortera, el tono apagado de la fotografía al más puro estilo Fincher únicamente denota falta de personalidad; pero lo más alarmante es el mediocre trabajo de puesta en escena, con un predominio injustificable de planos cenitales, todos ellos prácticamente iguales entre sí. Es difícil de discernir si el pobre desempeño a nivel formal de la película es una cuestión de talento o de simple desgana, aunque todo parece indicar que se trata de una combinación de ambos. Por seguir hablando de las deudas por pagar de Paulo, maneja fatal la cuestión de la doble identidad que tan buen resultado le ha dado a Hitchock y De Palma en tantas ocasiones; como su único cometido es sorprender, hacer que salgas de la sala desconcertado, con previa justificación o sin ella, el recurso puede provocar alguna que otra carcajada.

Sin embargo, si Contratiempo es simplemente una mala película cuyo tramo final es un cúmulo de giros a cada cual más estúpidos (muchos de ellos son imprevisibles por su estupidez, no por su inteligencia), es gracias a labor de un reparto muy convincente. El que peor parado sale es Mario Casas, pero no por demérito propio sino por mérito de sus compañeros, que están sensacionales. Hasta Coronado, que ya nos tiene acostumbrados a arrastrarse por la pantalla, completa una interpretación notable. Pero quien merece un capítulo aparte es Bárbara Lennie, que, afortunadamente, tiene mayor presencia en los momentos más calmados de la narración, resultando temible cuando su posición es la de femme fatale, y vulnerable si es la de víctima. En definitiva, el segundo largometraje de Oriol Paulo, aunque algo más estimulante que su ópera prima, es una historia de venganza y crítica a los poderosos muy, muy pobre.

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