Críticas, Estrenos

Las inocentes – A base de fórmulas

Después de estrenarse la original e interesante Primavera en Normandía antes de verano, la directora Anne Fontaine regresa a nuestras carteleras con Las inocentes, presentada en la última edición de la Seminci, donde se llevó el Premio FIPRESCI. Puesto que este año no es la primera vez que algún cineasta repite en nuestras salas (también lo han hecho -al menos- Joachim Lafosse y Terence Davies), hay que destacar la disonancia entre los dos trabajos de la autora. Disonancia respecto al estilo, pero también en cuanto a la calidad. Desde luego, las posibilidades de triunfar con un drama autoral europeo no pasan por imitar una fórmula cada vez más extendida y, por ende, encorsetada. De la personalidad de su fresquísima revisión metanarrativa de un clásico de la literatura como Madame Bovary, pasamos a la alarmante falta de ésta en su nueva película, que adapta una historia real ocurrida en la Polonia de posguerra.

Las inocentes narra la historia de unas jóvenes monjas polacas que, tras ser “rescatadas” por el Ejército Rojo al fin de la Segunda Guerra Mundial, fueron violadas por sus soldados, quedando muchas de ellas en estado de embarazo. Tras romper inevitablemente el voto de castidad, las novicias y su madre superiora deben guardar silencio para evitar las represalias del nuevo régimen, que previsiblemente clausuraría el convento en caso de que alguien diera cuenta de la situación. En esta tesitura, una de las monjas decide escapar en busca de asistencia médica ante el parto de una de sus compañeras, llegando al puesto de la Cruz Roja francesa, donde únicamente pueden atender a los prisioneros franceses. Sin embargo, Mathilde (solvente Lou de Laâge), una joven comunista que ha sido enviada a las inmediaciones de Varsovia para garantizar el éxito de la repatriación de los prisioneros, decide jugarse la piel y ayudar a las hermanas, dedicando su tiempo libre a la asistencia continua en el convento.

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Desde los primeros minutos se advierte la indefinición en el estilo de dirección, alternando sin demasiado criterio planos secuencia cámara en mano con la austeridad característica (y conveniente) en este tipo de narraciones, pretendida y necesariamente rigurosas y verosímiles. Si en la primera mitad Fontaine logra esquivar una previsible tendencia sentimentalista al prescindir del uso de música extradiegética, en la segunda elimina ese acierto sin tener una razón de peso, simplemente por agotamiento o como un mero capricho. También terminan por desaparecer los pequeños planos secuencia, pues en la segunda mitad predominan los planos generales fotografiados con tonos mucho más cálidos que en el tramo inicial. Por decirlo de otra forma: aunque sabe muy bien lo que quiere contar (y, desgraciadamente, lo que quiere transmitir), la cineasta no tiene muy claro el cómo, algo que termina pasándole factura a un trabajo que adolece en todo momento de notorios problemas narrativos. Por otra parte, no hay subtrama, información adicional (prescindible por lo general) o escena de relleno que no pretenda servir de golpe de efecto. Es necesario subrayar las penosas circunstancias vividas por esas improbables víctimas, así como atestiguar la maldad de los soldados rusos, aunque para ello sea necesario explicitar unas actuaciones que, ¡sorpresa!, anteriormente habían sido omitidas de forma más que acertada.

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Anne Fontaine se empeña en transmitir calidez a partir de una historia terriblemente gélida, y el resultado prueba el despropósito que es la idea en sí misma. Entre mus muchos desatinos, los cuales se acentúan conforma avanza la narración, Las inocentes se define a sí misma mediante su aberrante e infame epílogo, cuyas imágenes pueden ser sin ningún problema de las más feas del año. Eso sí, al menos estábamos sobre aviso; la falta de sutileza con la que aparecen en pantalla los niños huérfanos, supone la preparación de un intencionado canto a la vida y a la compresión que no es sino una demostración inequívoca de mal gusto.

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