Críticas, Estrenos

The Vessel (El navío) – El poder de la fe

La sombra de Terrence Malick es terriblemente alargada. Cada vez son más los directores que tratan de sumarse al estilo del cineasta estadouniense, y lo cierto es que los resultados rara vez logran ser aceptables. En esta ocasión, el (des)afortunado es Julio Quintana, que, avalado por el propio director de El árbol de la vida, productor ejecutivo de la cinta, debuta en el largometraje con The Vessel (El navío). Revisitando una tragedia ya estudiada (y con mayor acierto) por Atom Egoyan en El dulce porvenir, The Vessel nos traslada a una pequeña población en la que ya nadie espera a Dios, únicamente el padre Douglas, al que, desde que sucediera la tragedia, los habitantes del pueblo no escuchan.

La tragedia que dejó la fe de los vecinos de la comunidad en entredicho, no fue otra que la muerte de todos los niños del colegio a causa de un maremoto. Sin embargo, diez años después, la figura de un joven llamado Leo (Lucas Quintana) y su improbable resurrección devolverá la esperanza a todas aquellas personas que apenas contaban con motivos para seguir adelante. Leo, desconcertado por esta nueva situación y desolado por la pérdida de su mejor amigo, comenzará a construir símbolos católicos con los restos de la escuela destruida diez años atrás, erigiéndose como líder (o verdugo, según dicte el guion en cada momento) del pueblo.

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Aunque es preciso admitir que Quintana nos regala algunas imágenes impactantes y estimulantes a partir de la simbología religiosa que utiliza y de la importancia del mar como elemento en el que todo empieza y todo acaba, el abuso de los travellings de seguimiento no le hace ningún favor a una propuesta que en algunos momentos parece pedir a gritos, al igual que sus personajes, algo de sosiego. Lo que al principio hipnotiza, como esos planos en los que la cámara se halla sumergida en el agua marítima, más tarde se convierte en un lastre narrativo, una losa para un producto que trata de plasmar un universo paralelo a los del tejano, pero que ni tiene magia ni nos devuelve la fe en el gran cine.

Tampoco ayuda la escritura del guion que se encarga de elaborar su propio director, que presenta una galería de personajes secundarios salidos de un circo, donde toda la credibilidad y presencia la transmite el rostro preocupado de Martin Sheen. Por otra parte, la a priori relevante relación entre el protagonista y su madre, con la cabeza en otro mundo desde que perdiera a su otro hijo en la tragedia, no cuenta con un tratamiento a la altura de las circunstancias, máxime cuando en la resolución de la trama su (des)unión resulta ser fundamental. En rasgos generales, el arco dramático de los personajes y de la propia historia se supedita a las casualidades, lo que impide que la película, ya de por sí ahogada por su sugerente pero inservible estilo visual, sea capaz de transmitir ese mensaje de que a través de la fe se puede conseguir lo imposible. Nos encontramos ante 86 larguísimos minutos de debut en los que lo mejor y lo peor es el sello Malick.

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