Críticas, Otros

Nicholas Ray – Rebeldía

Este tío era un genio, de verdad.

Era un genio pequeñito, nada osado, sin pretensiones. Nunca aspiraba a grandes cosas. Un tapado, con sus pequeñas y baratas producciones y sus grandes proyectos de apariencia (y a veces de esencia) comercial. Todo sin hacer demasiado ruido, al menos sin pretenderlo, luego las cosas caen por su propio peso, claro. Pero siempre con una mirada personalísima y la voluntad de experimentar, de hacer cosas especiales, novedosas, de encontrar nuevas formas de narrar.

Adoro a los cineastas que hacen esto. Hitchcock era el hermano ambicioso, Ray es el hermano discreto y Fuller, que también andaría por ahí, llamaba aún menos la atención, pero era tan osado como ambos, solo que sus medios y su inventiva quizá no estaban a la altura de lo que ofrecían los mayores de la familia. Y es que, en mi humilde opinión, –y esto es raro cuando hablas de un genio– Ray pocas veces hizo cosas gigantes, obras maestras que refulgen con luz propia en el firmamento cinematográfico. Y no las hizo no porque no pudiese, un genio puede con todo, sino porque nunca aspiraba a hacer demasiado ni tampoco lo necesitaba. Mientras Hitchcock montaba el espectáculo con sus cabriolas, el virtuosismo de Ray gustaba más de mantenerse en la sombra.

Y aquí está la semilla de todo, algo nuevo y especial llamó la atención de unos jóvenes extranjeros que llevaban tiempo buscando nuevas formas de expresión audiovisual y que quedaron prendados de las ideas y el uso de los recursos de unos cineastas que no eran valorados como se merecían en su país, cuyas obras, impregnadas de rabioso vanguardismo, quedaban reducidas a ejercicios de intriga o dramas de adolescentes, sin vislumbrar tras la cortina de lo narrado el poderoso brillo de una narrativa única, ignorada por quienes buscaban en el cine el descanso de un entretenimiento ligero y no el estímulo de una narración inteligente.

Aquellos que supieron seguir la luz a través de la fachada importaron, utilizaron, transformaron, adaptaron y difundieron las brillantes ideas que se escondían en el interior del edificio, desencadenando una ola que se extendería de vuelta al continente americano, alimentando el germen de un cine conocido, al que pocas transformaciones –y ninguna de semejante calibre– le quedarían por experimentar para llegar a nuestros días.

Todo echó a rodar con un grupo de privilegiados outsiders que tuvieron la suerte de nacer con una visión distorsionada del mundo y la osadía y el talento de plasmarla en el medio cinematográfico. El tiempo ha tenido la deferencia de conceder a Ray algo del reconocimiento que merece, pero no la posición de privilegio en la historia del cine que le debería estar reservada. Respetado o no, Nicholas Ray es y seguirá siendo, muy a nuestro pesar, un héroe no olvidado, pero sí aplaudido por debajo de su mérito. He aquí mi reivindicación.

Loados sean los que cambian el curso de la historia y lo hacen de puntillas porque luego es un absoluto placer descubrir su grandeza.

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