Críticas, Estrenos

Sicixia – El sonido del amor

Sicixia comienza con un marcado carácter documental, registrando el comportamiento de las gentes que habitan la población de Xiao y la Costa da Morte, y también los sonidos de la naturaleza, convirtiendo la profesión del protagonista en una decisión nada casual, que termina siendo el motor narrativo del film. Xiao es un ingeniero de sonido que recorre los lugares más recónditos de Galicia en búsqueda de sonidos, tanto del trabajo humano como de la naturaleza. Para su nueva misión es destinado a la Costa da Morte, donde trabajará junto a Olalla, una trabajadora de la cosecha de algas con la que comenzará una relación amorosa.

Es en ese preciso momento donde el documental desaparece, o al menos pasa a un segundo plano, surgiendo una ficción a partir del mencionado romance. Para Xiao, la experiencia se convierte en un viaje de no retorno a dos niveles: en cuanto a su vida personal, suponiendo una liberación de un matrimonio que no pasa por el mejor momento, y a nivel profesional, pues los sonidos y paisajes son fundamentales para reflotar su vitalidad. Por otra parte, Olalla es víctima de una sociedad dominada por el machismo, aunque al principio parece dispuesta a hacer oídos sordos a los comentarios de la gente del pueblo y de sus familiares. Sin embargo, en determinados momentos su libertad se ve privada y condiciona el desarrollo de su relación y de la propia película, que no se estrena por casualidad el día contra la violencia de género. Ignacio Vilar ofrece una mirada afilada sobre el mundo rural, aún más clarividente cuando la forma de filmar muchas de las escenas es como si nos encontráramos ante un trabajo documental.

Sicixia desno

Aunque probablemente falle en lo más importante, pues le falta alma y también sensibilidad -quizá aquí la intención de Vilar sea contagiar el trato del romance con el salvajismo del paisaje, con imágenes más abruptas que cálidas-, Sicixia merece una oportunidad por su contundencia en las elipsis y por aunar de forma sumamente hábil parajes, sonidos y sentimientos. La confirmación de esa contundencia son sus preciosos minutos finales, que, lejos de buscar respuestas y analizar comportamientos, supone el retorno al punto de partida de quien comenzó un viaje imposible, a su refugio, sin ninguna escapatoria a su alcance. Es genial y estimulante el uso de la música precisamente para acompañar a esas imágenes, cuando se perdió la posibilidad de registrar el sonido.

Sicixia es un paso coherente en la filmografía de Vilar, que ya obtuvo dignos resultados con su anterior película, A Esmorga. Ahora la experiencia sensorial adquiere aún más importancia, y el avance impreciso de la trama no supone en absoluto un obstáculo para su disfrute. En cualquier caso, queda la duda de si el resultado hubiera sido más compacto con unos personajes más cercanos, igual de importantes que el entorno que los envuelve. Lo más probable es que la respuesta sea afirmativa, pero eso no lastra una de las propuestas más estimulantes que nos ha regalado el cine nacional este año. Una película para mirar, oír y tratar de sentir.

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