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Nocturama – La violencia y sus formas

Que una película como Nocturama haya surgido en un momento en el que los atentados están a la orden del día ha sido determinante en múltiples aspectos. Lo más relevante es, sin que quepa la menor duda, que no fuera incluida en la programación del Festival de Cannes por lo recientes que estaban los atentados que sacudieron París hace exactamente un año. En este caso, el problema es la falta de valentía del festival más prestigioso del mundo, que decidió dejar fuera de la selección, por cuestiones puramente políticas, a una película profundamente cinematográfica.

Tras el resultado tan negativo que supone para la obra no poder verse en dicho festival y tener que competir en San Sebastián, un escaparate mucho más modesto y con una difusión incomparable a la del certamen de la costa azul francesa, llega otro problema (banal, pero al fin y al cabo un pequeño inconveniente) basado en la percepción del público y la crítica. No son (ni serán) pocos los que rechacen la propuesta simplemente por acercarse a un tema tan espinoso y actual como el terrorismo, como si el cine estuviera condenado a ser políticamente correcto no solo en la forma, sino también en el fondo, independientemente de su enfoque e intenciones. Aunque muchos lo crean así, Bertrand Bonello no pretende herir sensibilidades ni banalizar un tema que ni siquiera llega a ser tratado (en la propia película se habla de enemigos del Estado, no de terroristas), sino radiografiar el desencanto y la rabia acumulada de una generación (sin recurrir a los jóvenes revolucionarios prototipo, presentando chavales cuya cotidianidad está basada en el consumismo, víctimas de la sociedad) y analizar los diferentes tipos de violencia que se pueden ejercer y su complejidad moral.

Noctu 1

Pero no todo es negativo al respecto, ni mucho menos. Si Nocturama era desde su concepción un trabajo plenamente contemporáneo, tanto en el fondo como en la forma (en determinado momento del metraje, la propia obra asume la naturaleza del espectáculo televisivo para filmar la secuencia definitiva, la más desesperanzadora del film), el añadido de nacer en un momento tan turbio, donde el terrorismo y la indignación global forman parte de la cotidianidad de nuestro mundo, no hace sino convertir este inmaculado ejercicio de estilo en uno de reflexión igual de valioso. Esta obra maestra de clara estructura bipartita no esconde mensaje alguno, si acaso un torrente de preguntas que ni siquiera sus poderosas, valientes y sugerentes imágenes son capaces de responder.

Al igual que en la excelente Night Moves de Kelly Reichard, en Nocturama la forma que tienen sus personajes de hacer el bien (para erradicar el mal) es moralmente reprobable y puede ocasionar daños colaterales. Sin embargo, una vez realizado el daño y en caso de ser identificados, recibirán su merecido castigo amparado por las leyes, de muy diversa índole según las circunstancias; mientras que, por otro lado, las víctimas de esos ataques (la estatua de Juana de Arco, el Ministerio del Interior o el presidente de un banco que se dispone a llevar a cabo un despido masivo), pertenecientes al bando opresor de este sistema capitalista, están amparados por la ley para ejercer otro tipo de violencia, pero violencia al fin y al cabo.

noctu 3

Sin ánimo de equiparar unos actos de violencia con otros, esquivando la búsqueda de una justificación a las acciones que emprende el grupo de jóvenes protagonistas, Nocturama se convierte en una película que esconde un mensaje muy fuerte tras su rechazo a encontrar una respuesta para las infinitas cuestiones que se plantean en ella. Para cerciorarse de que esto es así, basta con prestar atención a su segunda parte y observar el patetismo de sus personajes, cuya paranoia, que aparece en el preciso instante en el que deben afrontar la realidad y mantener la compostura, destruye la aparente seguridad que transmitían al principio de la película con esos movimientos firmes y mecánicos, estudiados al milímetro.

Hablemos ahora de esa estructura bipartita mencionada unos párrafos atrás, que divide la obra en dos partes claramente diferenciadas pero igual de brillantes, envueltas por unas formas narrativas siempre coherentes con la situación física y mental de los personajes. En la primera mitad, la cámara (per)sigue a una serie de jóvenes cuyos movimientos están perfectamente sincronizados, en pro de llevar a buen puerto su plan de hacer explotar una serie de bombas en distintos emplazamientos de la ciudad de París. Esta primera hora de metraje ha sido comparada hasta le extenuación con Elephant, la película de Gus Van Sant (los que han visto la de Alan Clarke, la comparan con esta), pues el seguimiento observacional que hace Bonello de los personajes mediante travellings es muy similar al que hiciera el director de Gerry en su obra más conocida y polémica. Sin embargo, la precisión de esta bomba de relojería, donde la importancia del montaje es crucial a la hora de cambiar de personaje y de realizar una serie de retrocesos temporales minúsculos, recuerda en su grandeza a la puesta en escena de cineastas mucho más virtuosos y elegantes como Brian De Palma.

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Es determinante para el buen funcionamiento de la película que, una vez efectuados los atentados en torno a los cuales se articula la narración, lo que está por venir sea capaz de complementar y mantener el nivel de esa primera hora silenciosa, transcurrida apenas sin diálogo y montada a la perfección junto a unos pocos flashbacks que contextualizan la acción, presentan a los personajes y sus conexiones, pero omiten las motivaciones de los mismos para sembrar el caos. Es esta ruptura, en el antes y el después de los atentados, donde conectan las estructuras de Nocturama y Night Moves, dos de las mejores películas en lo que llevamos de década. Toca asumir la realidad, lidiar con los dilemas morales y que cada uno sea capaz de responsabilizarse se sus actos. Si en la cinta de Reichardt el proceso de incertidumbre y crisis psicológica aparece gradualmente en cada uno de los personajes, en la de Bonello se comprime en una única noche, cuando los miembros del grupo se reúnen en un centro comercial del que no podrán salir hasta la mañana siguiente. También tiene sentido que la evolución sea más lenta en el caso de los personajes escritos por la directora junto a Jonathan Raymond, pues su madurez lleva implícita una concienciación mucho mayor al respecto de su rebelión contra el mal trato de la naturaleza.

Los personajes, hasta entonces infranqueables, determinados y, en definitiva, inhumanos, comienzan a verse reflejados a sí mismos en espejos y maniquíes, a observar unos actos que hasta entonces no parecían reales a través de los televisores (las pantallas televisivas que emula Bonello, primero con la polivisión, y más tarde con la repetición). A partir de este momento, y sin la presencia del líder y del integrante que se había encargado de las ejecuciones a sangre fría (sabia decisión la de prescindir de estos personajes, convirtiendo este tramo en una lucha de iguales), el tiempo libre y el mar de consumismo que tienen a su alrededor se convierten en el presagio de una muerte anunciada. Como dice una joven cualquiera en un momento de la película, “en algún momento iba a suceder. Tenía que suceder. Y al final ha sucedido”. Los niños que habitan en los cuerpos de esos jóvenes descontentos salen a la superficie, haciendo que el patetismo de todos y cada uno de ellos comience a aflorar, del cual incluso se contagia el propio Bonello, recreándose maravillosamente para retratar ese ambiente artificial y superficial, fiel reflejo del mundo contemporáneo.

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Los inagotables recursos cinematográficos de los que hace un perfecto uso el director francés camuflan la poderosa reflexión de la obra, que se muestra contundente con el destino de unos personajes que decidieron sumarse a una empresa que les quedaba demasiado grande. Nocturama es un fiel retrato de un mundo decadente abocado a la violencia, a la catástrofe y al fracaso, presa de un sistema social, político y económico que se empeña en desafiarlo (y desafiarnos) con cada una de sus decisiones. La depuración formal del cine de Bonello llega aquí a su punto más alto, en una de las obras cinematográficas más arriesgadas, estilizadas y complejas que se han podido ver en el siglo que nos ocupa. Fascinante.

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