Festival de Sevilla, Festival de Sevilla 2016, Festivales

Festival de Sevilla 2016 – Días 7 y 8

Una de las películas que más prometían de la Sección Oficial era United States of Love, de Tomasz Wasilewski, director de las realmente interesantes In the Bedroom y Rascacielos flotantes. En esta ocasión, el cineasta polaco se introduce en la vida de cuatro mujeres adultas que intentan lidiar con la represión sexual y los amores insatisfechos en 1990, cuando Polonia empezaba a abrirse al capitalismo. Con una ambientación impecable y un trabajo de fotografía remarcable, haciendo uso de unos tonos grisáceos que reflejan a la perfección las vidas del cuarteto protagonista, Wasilewski es incapaz de encontrar el equilibrio entre estas cuatro historias conectadas entre sí, con un interesante discurso tras las imágenes, pero carente de la fluidez necesaria para pasar de una a otra con efectividad. Como el mensaje que quiere transmitir el director es evidente desde el primer minuto de película, los problemas de un guion terriblemente plano se acentúan conforme los personajes femeninos deciden seguir sus impulsos más primarios.

United States of Love (Tomasz Wasilewski)
United States of Love (Tomasz Wasilewski)

El impacto que podría haber causado esta colección de historias de un momento y espacio concretos se esfuma tras la sobriedad formal de un producto frío, distante y falto de personalidad, que trata de hacer suyas las directrices del Nuevo Cine Rumano sin demasiado éxito. Falta cinismo y temperamento narrativo, algo que Wasilewski no necesitó en la perturbadora e imperfecta In the Bedroom, ni en la genialmente construida y verosímil Rascacielos flotantes. Las comparaciones son odiosas, pero es inevitable sentir una enorme decepción cuando ves que un autor se desliga de las inquietudes y los principios en torno a los que articulaba sus anteriores películas. No obstante, unas interpretaciones de altura son suficiente para mantener el interés de este artificial aunque bienintencionado producto.

Lo más interesante de la séptima jornada (obviando Personal Shopper, a la cual dedicamos un texto individual que se puede leer aquí) fue el visionado de El misterio de Aarón, la nueva película de Carlos Rivero. Este documental nos sitúa a la altura de la mirada del pequeño Aarón, inmerso en la Semana Santa de la ciudad de Sevilla. Sin embargo, la cámara graba la figura del niño, su rostro, pero jamás aquello que ven sus ojos. Se trata de diferenciar la mirada cinematográfica (la del director) de la real, única y subjetiva del protagonista, eliminando así la posibilidad de interceder en la ya de por sí influenciada visión del inocente sujeto. Quizá no sea más que una vuelta atrás del cineasta a sus orígenes, a sus primeros pasos en la vida, antes de tomar conciencia y poder decidir el camino que tomar en cuanto a sus creencias y tradiciones. La interminable procesión que tiene lugar durante la segunda parte de la cinta, titulada Crucificado, logra la inmersión absoluta del espectador en ese ambiente irrespirable, gracias al sonido natural y al cansancio que denotan los gestos de Aarón.

El misterio de Aarón (Carlos Rivero)
El misterio de Aarón (Carlos Rivero)

Para que la propuesta mantuviera su coherencia interna era necesario que la realidad fílmica siempre fuera una distinta a la del pequeño, es decir, que se alejara de posicionamientos innecesarios que pudieran tirar por la borda la intención principal de la obra. Por otra parte, el seguimiento que hace la cámara de Aarón nunca se muestra monótono, jugando con el sonido e incluso con la imagen, que al principio se muestra distorsionada o incluso congelada, como si tuviera dificultades para seguir sus movimientos hasta que se acostumbra a ello. La pregunta que plantea la película es esta: ¿El cofrade nace o se hace? Aunque la respuesta es bastante clara, Rivero se preocupa de dejarnos el espacio necesario para juzgar desde fuera, sin manipular la mirada de Aarón ni la nuestra, simplemente la de la propia cámara. Acometer tal empresa no es nada fácil, por lo que el resultado de este trabajo, cercano al notable, es cuando menos loable.

Ya en la octava jornada, la penúltima del festival, nos tuvimos que enfrentar al visionado de Godless, el flamante Leopardo de Oro de la directora búlgara Ralitza Petrova. Esta obra se enmarca dentro de una categoría que podríamos denominar como thriller social europeo, donde se incluirían títulos como la estupenda Leviatán, ganadora hace dos años del Premio a la Mejor Fotografía en este mismo festival. Siguiendo con la película que nos ocupa, es justo hablar de su solvencia, sus nobles intenciones y el riesgo llevado a cabo para tratarse de una ópera prima; pero también lo es señalar su torpeza, la pereza con la que aborda las diversas temáticas y la indefinición genérica de la que acaba adoleciendo, especialmente cuando cualquier intención se traduce en transmitir la miseria vivida por los desfavorecidos en Bulgaria, sometidos a la influencia de los poderosos y a sus caprichos y necesidades. Es en este mar de corrupción donde empieza y concluye la cinta, de forma algo forzada en ambas ocasiones.

Godless (Ralitza Petrova)
Godless (Ralitza Petrova)

Todo el peso del relato recae en la figura de Gana (portentosa Irena Ivanova), una mujer que visita a la gente mayor que tiene a su cuidado y que administra y gestiona sus medicaciones. Pero el fin real de sus visitas es otro: robar los documentos de identidad de sus pacientes para que su novio se los venda a una organización criminal que los utiliza para fraude y extorsión. En la cadena se ven implicadas algunas personas de importancia, y es ahí donde aparece la crítica al sistema corrupto, la situación adversa en la que se encuentra el ciudadano común. Las heridas del pasado de un país cuyo sufrimiento ha sido (y sigue siendo) indescriptible, termina vertebrando el discurso de este thriller sucio y veraz que nunca termina de alzar el vuelto. Aunque los premios recibidos en Venecia le quedan demasiado grandes, habrá que seguir de cerca la carrera de su directora.

En esta edición del festival teníamos un cita obligada con el cineasta y documentalista bielorruso Sergei Loznitsa, pues su nuevo trabajo, Austerlitz, se encuentra dentro de la sección Nuevas Olas. Esta película nos sitúa en pleno campo de concentración de Sachsenhausen, donde la cámara se mantiene fija en todo momento y captura los movimientos de sus visitantes, que en la mayoría de los casos se muestran completamente indiferentes ante el horror que tienen a sus pies, banalizando con su comportamiento el pasado de la humanidad. Sin embargo, Loznitsa no tiene intención de recrearse en exceso mostrando momentos demasiado ridículos, dejando que seamos nosotros mismo quienes juzguemos lo mostrado, que jamás se corresponde con el pasado. Se recuerdan los crímenes perpetrados en ese lugar sin necesidad del estímulo visual, simplemente a través de la mera contextualización y de los comentarios que hacen los guías de los grupos de turistas.

Austerlitz (Sergei Loznitsa)
Austerlitz (Sergei Loznitsa)

El riesgo de una propuesta que rechaza por completo la narrativa es evidente, pero Loznitsa sabe qué hacer y dónde poner la cámara para homenajear, siempre desde el mayor de los respetos, a las víctimas del nazismo. Porque para hablar del Holocausto no es necesario mostrar nada. Los rigurosos y larguísimos planos fijos en blanco y negro de Austerlitz nos recuerdan todo lo que allí aconteció sin que sea necesario recurrir a las imágenes de archivo. Los turistas no piensan en el pasado al visitar estos lugares, y este documental viene a servir de respuesta, de reflexión, para concienciar acerca de la importancia que tiene conocer el suelo que pisamos, lo que esconde su pasado. Esta inmersión-viaje parte de la simpleza para, si no sacudir conciencias, sí refrescar nuestra memoria. La cámara de Loznitsa, que pasa tan inadvertida (siempre parece estar escondida en algún lugar, ya que son pocas las personas que adivinan su presencia) como el pasado para muchos de los turistas, evita la mofa y el regodeo para plantear una pregunta clara: ¿Es justo y/o necesario que lugares como este se conviertan en centros de visita turísticos? Por lo tanto, la crítica no va dirigida al comportamiento individual del consumidor (o al menos no es el foco de la misma) sino a la decisión de convertir terribles hechos históricos en paseos intrascendentes y en recuerdos para Facebook o Instagram.

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *