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Personal Shopper – Omnipresencia

La expectación con Personal Shopper (la nueva película de Olivier Assayas) era máxima tras haber sido recibida en el pasado Festival de Cannes con abucheos. Este nuevo acercamiento del cineasta francés al cine de género (en esta ocasión doble, metiendo pie y medio en el cine de terror) supone su vuelta al estilo de los trabajos más desinhibidos de su carrera nueve años después del estreno de Boarding Gate, la última película de tales características. El paso del tiempo le ha permitido regresar al thriller con una depuración formal evidente, desarrollada especialmente en títulos como Las horas del verano y Viaje a Sils María. Otra de sus señas de identidad, concretamente en sus trabajos más introspectivos y dramáticos, es el uso de los fundidos en negro para llevar a cabo las elipsis temporales. Sin embargo, en Viaje a Sils María decidió dar un paso más allá y se atrevió a dividir prácticamente todas las secuencias mediante esta herramienta de montaje, impidiendo que el espectador lograra acostumbrarse al tiempo cinematográfico de la película y desbaratando cualquier posibilidad de continuidad en la narración. La brusquedad de los fundidos en su anterior trabajo, que quedaban perfectamente justificados independientemente de su resultado, se transforma levemente en Personal Shopper, donde aparecen con menos frecuencia y con mayor suavidad. En esta ocasión, el recurso no es utilizado (al menos no con reiteración) hasta pasado el ecuador del metraje, coincidiendo con la llegada de una sucesión de escenas mucho más directas y concisas que las de la primera parte.

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Dejando a un lado la evolución formal y estética en la obra de Assayas, Personal Shopper hace gala de una indiscutible elegancia en las formas y en la narrativa, abrazando la ambigüedad sin necesidad de elaborar tramas inverosímiles o presentar escenas nocturnas que nos hagan dudar, por su onirismo, entre lo real y lo soñado. En esta película todo es real y todo es falso, y los fantasmas hacen acto de presencia de todas las formas posibles, visibles e invisibles. Por lo tanto, el principal mérito de Assayas es crear un relato fantasmagórico tan tenso, potente y ambiguo sin necesidad de esconder sus intenciones, simplemente subvirtiendo los esquemas del género e integrando el resultado de esta acción en su (re)conocido virtuosismo para narrar esta clase de historias, muy en la línea del De Palma más desatado. Pero tanta desviación en las formas narrativas no le restan visibilidad al tema central del relato: el duelo, el modo de afrontar la muerte, enfrentándonos a los fantasmas de los seres perdidos e incluso a los de uno mismo.

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Personal Shopper es una obra cinematográfica que seduce con facilidad al espectador, lo invita a habitar dentro de los límites del encuadre, y se reinventa a sí misma en cada escena, mostrando rabiosa actualidad en los temas que trata y en su forma de afrontarlos. Como no podía ser de otra manera, la superficialidad del mundo moderno y la dependencia de las nuevas tecnologías están presentes en todo momento e incluso se (re)convierten en parte fundamental del dispositivo. Con tantas ventanas abiertas es mucho más sencillo que los espíritus y las presencias malignas (más bien perturbadoras, como llama cierto personaje incorpóreo a los temores de la protagonista) se introduzcan en nuestras vidas y traten de alterarlas o de potenciar nuestros demonios, cada vez más fuertes y amenazantes. Quizá debamos anteponer la etiqueta de película perturbadora a la de película de terror cuando hablemos de ella, en el caso de que tuviéramos la capacidad de diferenciar dos términos y/o sentimientos que se confunden y entremezclan en nuestra percepción. Pero mejor no la clasifiquemos, pues jamás haríamos justicia a una de esas pocas películas tan grandes como importantes que llegan anualmente a nuestras salas (esta llegará, no sabemos cuándo, pero llegará).

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Da mucha pena abandonar las imágenes de una obra que se piensa a sí misma en cada imagen, que esquiva la solución fácil en pro de mantener la improbable coherencia de un relato fantasmal. Assayas sabe sacarle partido a su musa Kristen Stewart, que sin falta de maravillar con su interpretación, resulta perfectamente creíble como esa personal shopper y médium afligida que vaga sin rumbo por el mundo de los espíritus. Las imágenes de la cinta, tan reales como la vida misma -según lo que podamos entender por esto dentro de la diégesis-, nos invitan a desentrañar todos y cada uno de sus significados. Director y actriz viajan hacia el más allá y nosotros les acompañamos, víctimas de la atracción de este thriller psicológico y atmosférico, terrorífico cuando se lo propone y brillante en su totalidad. La penumbra que invade la mansión que vemos al principio de Personal Shopper es la situación del espectador frente al propio relato, fascinado (o todo lo contrario, pues parece ser que nos encontramos ante un filme de extremos) por lo que acontece en pantalla, por lo que no acontece y por lo que puede acontecer. Una delicia para los aficionados de títulos como Irma Vep y Demonlover, con los que hay tantas similitudes como puntos de ruptura. Assayas, que entiende perfectamente el mundo contemporáneo y su incidencia en el cine, no deja de actualizar sus discursos y perfeccionar la forma de sus criaturas, tan cambiantes como coherentes y duraderas.

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