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Festival de Sevilla 2016 – Día 4

Tras comenzar la cuarta jornada de festival con lo nuevo de Xavier Dolan, película a la que hemos dedicado un texto individual (el cual podéis leer aquí), nos quedamos en la Sección Oficial esperando ver Rester Vertical, el último trabajo de Alain Guiraudie. Esta rareza indescriptible y perfectamente autoconsciente nos sumerge en la impredecible vida de un cineasta que decide romper con lo que era su vida hasta entonces. Tras adentrarse en una zona rural, Léo, el protagonista, inicia un romance con la pastora Marie. Aunque las primeras escenas permiten que nos hagamos una idea sobre lo que está por venir, la película no llega a romperse hasta que tiene lugar una elipsis tremendamente abrupta que precede a una de sus escenas más desagradables. A partir de aquí, con una clarísima declaración de intenciones, Guiraudie construye un cúmulo de situaciones que bordean el surrealismo relativas a temas como la soledad y la sexualidad.

Rester Vertical (Alain Guiraudie)
Rester Vertical (Alain Guiraudie)

No es casual la elección del título de la película (en castellano sería algo así como “permanecer vertical”), que alude a la caótica narrativa del film, al estado del protagonista, que debe mantenerse firme frente a todos los golpes que le son asestados por seguir la corriente (por llamarlo de alguna forma), e incluso a su trabajo de puesta en escena. No son pocos los momentos en los que es complicado adivinar qué es lo que pretende contarnos Guiraudie con esta película, tan excesiva y sugerente como repetitiva y cansina. Lo que sí debemos hacer es tener clara una cosa: esta obra es fruto de la creatividad de un autor que sigue sus propias reglas. ¿Serán estas las que le va señalando el camino? Es más que probable que entre el cineasta de la ficción y el de la realidad pueden establecerse algunos comportamientos análogos, probablemente los menos dantescos y los más reflexivos. Porque sí, no sería justo calificar esta cinta como gratuita, por mucho que algunas de sus imágenes no parezcan tener otro fin que incomodar al espectador.

A continuación tendríamos un doble acercamiento a películas que se pudieron ver en el pasado Festival de Locarno. En primer lugar, y con el Premio Especial del Jurado de la Sección Cineasti del presente a sus espaldas, tuvimos la oportunidad de ver el documental The Challenge. Este trabajo dirigido por Yuri Ancarani está muy cerca de obrar un milagro: conseguir que nos interesen las tradicionales cazas con halcón de los árabes adinerados en Qatar. Gracias a un despliegue visual portentoso y a lo exótico que resulta ver a un jaguar montado en el asiento de un descapotable, el interés por este tema tan inusual y poco atractivo aumenta por momentos. Ancarani nos introduce de lleno en la clase alta qatarí y nos permite observar su vida entre lujos de todo tipo, con unas imágenes que parecen sacadas de un sueño. Y quizá sea el mayor mérito de este trabajo, filmar la realidad como si fuera un sueño; mostrar la tradición desde una óptica arriesgada, dinámica y, en definitiva, diferente.

Después veríamos The Sun, the Sun Blinded Me, dirigida por Anka Sasnal y Wilhelm Sasnal, una adaptación de El extranjero de Albert Camus que traslada su historia a la Polonia contemporánea. Rafal es un hombre que lleva una meticulosa rutina que le permite mantenerse, aunque completamente alienado, al margen del mundo exterior. Ni siquiera la muerte de su madre consigue sacarle de su situación. Hasta que un día, cuando realiza su sesión de running habitual, se encuentra a un inmigrante africano en la playa. En ese momento deberá plantearse qué hacer: acogerle, desafiando así su cómoda situación dentro de la sociedad, o actuar siguiendo los patrones de conducta que el propio discurrir de la sociedad ha terminado imponiendo.

The Sun, the Sun Blinded Me (Anka Sasnal, Wilhelm Sasnal)
The Sun, the Sun Blinded Me (Anka Sasnal, Wilhelm Sasnal)

Sin necesidad de una voz en off que guíe el camino de protagonista y verbalice sus pensamientos, los cuales desconocemos a lo largo de toda la película, la pareja de directores persigue a su protagonista -por delante o por detrás, pero siempre de cerca- hasta el final de la tortura psicológica a la que se ve sometido, cegado por el sol. Entendiendo perfectamente cuál es la manera idónea de narrar y de seguir al personaje, los cineastas crean una obra que, pese a tratarse de una adaptación literaria, resulta tan original como (justificadamente) repetitiva. Sin embargo, su ajustada duración impide que se nos haga cuesta arriba el visionado de tan interesante obra cinematográfica.

El punto y final de la cuarta jornada lo pondríamos con I, Olga Hepnarová, un filme fotografiado en exquisito blanco y negro que dirigen Petr Kazda y Tomás Weinreb. A partir de las palabras de Olga Hepnarova, encarcelada tras cometer un múltiple asesinato en el año 1973, la pareja de directores reconstruye los momentos anteriores a dicho acontecimiento. sumergiéndose en la mente de la protagonista, que se percibía a sí misma como víctima de la sociedad. La complejidad moral de los actos realizados por Hepnarova y sus motivaciones, posibilita la introspección dramática de su personaje, estupendamente interpretada por Michalina Olszanska, mostrando la espiral de autodestrucción que muy probablemente tendría mucho que ver con su “hazaña”.

I, Olga Hepnarová (Petr Kazda, Tomás Weinreb)
I, Olga Hepnarová (Petr Kazda, Tomás Weinreb)

Las pretensiones de la joven de 22 años en aquel momento no eran otras que concienciar a la sociedad, y el dúo de cineastas no juzga que haya pasado a la historia por ser una asesina en serie, sino que trata de dibujar y entrelazar una serie de momentos no siempre lineales que tuvieron incidencia en la evolución personal de Olga. Aunque su mundo interior resulta ser complejo y desentrañable, el resto de aspectos de la película no son tan acertados, y el poso que deja es el de esas cintas cuyo valor parece incrementarse únicamente por su fotografía bicolor. Muchas de las últimas películas filmadas en blanco y negro que han llegado a nuestras salas, por no decir todas, son un déjà vu constante. Así las cosas, I, Olga Hepnarova, pese a ser un título mucho más que correcto, no hubiera sido muy distinta de haber trasladado a la gran pantalla cualquier otro hecho real.

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