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Solo el fin del mundo – El fin de una etapa [SEFF 2016]

Nadie duda que Solo el fin del mundo, la nueva película de Xavier Dolan, era uno de los trabajos más esperados en la presente edición del Festival de Sevilla, máxime tras la división crítica que género en Cannes, donde se hizo con el Gran Premio del Jurado. Puede que nos encontremos ante la obra más ambiciosa del cineasta canadiense, pues se sale de su zona de confort para filmar una historia mucho más intimista y contenida de lo habitual. Aunque algunos de los personajes muestran la histeria y la violencia verbal que han poblado toda su obra, en Solo el fin del mundo las emociones se encuentran enterradas bajo el pecho de todos los miembros de esta familia. Se establece una muy interesante dualidad entre lo verbalizado y las omisiones de los personajes -heridas del pasado que jamás se cerrarán-, que encierran un cúmulo de sentimientos muy difíciles de explicar con palabras.

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Elecciones y momentos musicales aparte, los caóticos primeros minutos de la película disponen de forma inmejorable las piezas sobre el tablero. Louis (Gaspard Ulliel) regresa a su tierra natal doce años después de su partida para comunicarle a su familia que está a punto de morir. Su distanciamiento respecto a sus allegados hace que únicamente pueda entenderse y comunicarse de forma fluida -a pesar de su dificultad para decir frases de más de tres palabras, como apunta su madre- con Catherine (Marion Cotillard), la mujer de su hermano, a la que hasta entonces no había tenido oportunidad de conocer. La reunión a la que asistimos da la impresión de que puede estallar en cualquier momento, pero los arrebatos de ira de los implicados nunca llegan a transmitir los motivos reales de sus heridas, rencores y deseos.

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Cualquier persona que haya seguido de cerca la carrera de Dolan sabrá perfectamente la facilidad que tiene el jovencísimo director para manejar las emociones, las cuales acostumbra a potenciar mediante el uso de la música, y más concretamente a través de escenas musicales. Aquí trata de hacer lo mismo, pero, dada la naturaleza del relato y del texto, la pulsión dramática jamás llega a alcanzar las cotas de emotividad a las que sí llegaban sus trabajos anteriores. Solo el fin del mundo se parte en dos películas, en dos universos complemente distintos: el de su protagonista, cuya introspección se realiza mediante elocuentes flashbacks filmados con el estilo característico del cineasta; y el drama familiar, la situación de una familia en conflicto permanente que no ha logrado superar la muerte del cabeza de familia ni la prematura marcha de Louis para desarrollar su carrera como escritor. Es brillante el esfuerzo de Ulliel por transmitirnos esa lucha interna que se debate entre su actuación en el presente y todo lo vivido antes de su marcha. Pero, como decía, la sensación de unidad es nula. Dolan filma todas sus películas de la misma manera, haciendo uso de los mismos recursos para narrar historias radicalmente opuestas (la de esta película frente al resto de su obra).

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El canadiense muestra una vez más lo mucho que se gusta, lo cual hace que la cinta sea demasiado autocomplaciente. En otras ocasiones eran coherentes algunas decisiones de dirección y puesta en escena que podían ser consideradas de tal manera, y los resultados eran tan positivos que poco nos importaba; dichas licencias “de autor” encontraban la belleza en cada uno de sus detalles, en las perfectamente montadas secuencias musicales, que terminan siendo también lo mejor de Solo el fin del mundo. Con un par de secuencias para el recuerdo, por su ejecución y su incidencia en el viaje emocional del protagonista, este film se convierte en el trabajo más ambicioso y al mismo tiempo errático de la filmografía de un autor que está encantado de conocerse y al que le queda mucho por aprender. A no ser que quiera seguir haciendo películas como Mommy y Laurence Anyways durante toda su carrera -algo que muchos veríamos con buenos ojos, para qué nos vamos a engañar-, Dolan debe aprender a gestionar las emociones desde la interioridad de sus personajes, sin recurrir a la expresión audiovisual de las mismas. Porque aquí el guion pesa más de la cuenta, y si no que se lo pregunten a una Marion Cotillard que pocas veces se había encontrado tan incómoda frente a una cámara. Tan contenida como desequilibrada, Solo el fin del mundo tiene muchas posibilidades de ir a servir como punto de inflexión en la carrera del director quebequés.

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