Críticas, Estrenos

La próxima piel – Identidad entre capas de hielo

A falta de poco más de dos meses para que finalice el año, podemos dar por hecho que nos encontramos ante una temporada excelente para el cine español. Dentro de los estimulantes y variados trabajos que hemos podido disfrutar a lo largo del año, apreciamos la estupenda salud de la que goza un género en concreto: el thriller. Los tres ejemplos más relevantes en este momento son Que Dios nos perdone, Tarde para la ira y Callback -avalada por la Biznaga de Oro, la película de Carles Torres llegará el próximo mes de enero a nuestros cines-, tres trabajos que exploran de maneras muy distintas y personales un género en el que solemos echar en falta algo de arrojo y personalidad.

En esta tesitura -y aunque es bastante injusto etiquetarla- aparece La próxima piel, el nuevo largometraje de Isaki Lacuesta, firmado en esta ocasión junto a Isa Campo, su colaboradora habitual. Inclasificable por su naturaleza y complejidad, esta película discurre siempre entre el thriller atmosférico y el drama familiar, con un dominio de las formas y un enfoque hasta cierto punto intimista que la alejan completamente del arquetípico esquema narrativo que muchos cineastas hubieran seguido con un punto de partida con estos visos de comercialidad.

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El deshielo en una zona fronteriza entre España y Francia es la primera imagen de la película (ya en los créditos iniciales podemos escuchar su sonido, aunque no sea fácil reconocer su procedencia), que sirve de metáfora de una suerte de renacimiento, o quizá de una simple, aunque complicada, reinserción. ¿Querrán transmitirnos las imágenes que el paisaje está mudando su piel, esperando a un personaje que haga lo propio por necesidad? El montaje nos muestra paralelamente el viaje de una mujer -que anteriormente recibe una inesperada llamada mientras se encuentra trabajando- y su cuñado por las nevadas y sinuosas carreteras del pirineo catalán que se dirigen al país francés, y la estúpida acción de un adolescente, internado en un centro de menores, que no se siente capaz de enfrentarse a todo lo que se le viene encima. Ana (Emma Suárez) va a recoger a su hijo Gabriel (Álex Monner), apodado como Léo en el centro, que desapareció ocho años atrás y fue dado por muerto. El joven sufre de amnesia disociativa, muy probablemente fruto de un suceso traumático que desconocemos -y desconoce-, por lo que su vuelta al hogar familiar no será nada fácil; los recuerdos, que aparecen con cuentagotas, casi nunca están relacionados con la figura de su padre, que falleció el mismo día de su desaparición.

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El conflicto es latente desde el principio y se materializa de muy diversas formas, desde la propia lucha interna del protagonista hasta los diferentes enfrentamientos interpersonajes, confrontaciones en las que nunca interviene un tercero -las intenciones de todos y cada uno de ellos esconden algo que no puede ser revelado-. Las dudas se explicitan en el momento en que el tío de Gabriel (Sergi López) lo acusa de ser un impostor, y es a partir de ahí cuando la incertidumbre y la ambigüedad se apoderan por completo del relato, aunque el drama siempre prevalece sobre la intriga, y la construcción de personajes nunca se supedita al transcurrir de la trama, en todo momento verosímil y coherente. La imagen y el sonido juegan un papel fundamental en la vertiente psicológica del personaje de Monner, que deslumbra con una interpretación brutal, tanto en lo visceral como en lo emocional. Y es que la intención de Lacuesta y Campo no es ni mucho menos la de generar dudas al espectador, pues la intriga se construye por necesidades puramente narrativas. Lo cierto es que la incertidumbre de los personajes, sin una sola excepción -en algún momento u otro del metraje, todos acaban viéndose superados por lo desconocido-, es incluso superior a la del espectador.

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Es por eso que La próxima piel resulta inclasificable, y cualquier etiqueta que le pongamos no hará sino empequeñecer las virtudes de una producción única, con un envoltorio tan frío como el paisaje pirenaico en el que desarrolla la acción, pero que en el fondo es una preciosa aunque desasosegante bomba emocional. No hay más que ver las escenas que comparten Suárez y Monner -filmadas prácticamente como encuentros amorosos- para comprender lo que buscan los personajes y cuál es la intención final de la obra. Esta película se disfruta durante el visionado, te mantiene en tensión sin giros argumentales, pero el verdadero disfrute se produce pensándola, descubriendo todos los significados que esconden sus imágenes.

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