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La doctora de Brest – Pintar con rodillo

Normalmente suelo agradecer que una película de la que espero muy poco sorprenda siendo distinta de lo previsto. De la cinta encargada de abrir la 64 edición del Festival de San Sebastián esperaba un soso drama francés de estos que ni le aportan a uno nada ni tampoco se pueden rascar muchos defectos, y si bien me ha alegrado equivocarme con mis prejuicios, lamento que haya sido para peor.

«La doctora de Brest» es un drama más de estos en los que un grupo de lo que sea (en este caso médicos) descubren que cierta gran compañía (en este caso una compañía farmacéutica) ha hecho algo (en este caso vender un medicamento) que causa daño a la gente (en este caso, provocar muertes). Pero por si repetir la fórmula explotada hasta la extenuación sin ni la más mínima variante narrativa/formal fuese poco, eligen hacerlo peor que ninguna con un desfile lamentable de tópicos, subrayados ridículos y pésimas decisiones de dirección y montaje.

El show de los clichés está prácticamente incluido en su prototípica propuesta. En cuanto a lo segundo, podemos encontrar un ejemplo magnífico: por si la referencia al bíblico concepto de «David contra Goliat» no hubiese quedado clara, la directora se permite introducir una de las escenas más ridículamente obvias que recuerdo, en la que el grupo de médicos encabezado por la famosa doctora de Brest trata de entrar en el edificio en que tendrá lugar la reunión con el equipo legal de la farmacéutica y topan con una puerta automática que por más que lo intentan no son capaces de cruzar debido a su torpeza –en la cual la directora hace demasiado hincapié a lo largo de la cinta, supongo que para plasmar la humanidad de sus personajes o yo qué sé–.

Por si la imagen de estos pringados entrando a duras penas en el edificio ante la mirada de superioridad de sus rivales no fuese suficientemente evidente, la directora subraya lo subrayado con el comentario de uno en voz alta: «Míralos, ni siquiera saben abrir la puerta automática». Y como esta, unas diez o doce. Tantas como chascarrillos incomprensibles metidos con calzador podemos encontrar en ella, como si los guionistas creyesen que para mostrar la humanidad de sus personajes es necesario que uno le señale al otro el hecho de que lleva la cremallera bajada.

Precisamente en una película que brilla por su carencia absoluta de sutileza, es irónico que se introduzca gratuitamente una secuencia como esta, pues en honor a su pésimo gusto por la metáfora, es una cinta tan zafia a nivel narrativo y estilístico que uno no puede evitar señalar lo que salta a la vista: durante dos horas y ocho minutos se pasea con la bragueta abierta.

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