Críticas, Estrenos

Tarde para la ira – Cuando todo está perdido

Aunque la madurez y la experiencia son un grado, hay algunas cosas que no se aprenden, que se tienen o no se tienen. Por lo tanto, no es tan extraño que un cineasta debutante posea cualidades que otros jamás tendrán, por muchas películas que escriban y/o dirijan. Y es que el caso de Raúl Arévalo es digno de elogio, pues sin ningún tipo de experiencia tras las cámaras, únicamente acompañado por unas ganas y atrevimiento que desembocan en ira, en furia, consigue un resultado que no puede sino dejarnos boquiabiertos. Tarde para la ira es la carta de presentación soñada, una película que no parece un debut, y si lo parece es, precisamente, por el empeño y el descaro que demuestra tener el actor y ahora cineasta mostoleño.

Tarde para la ira es un trabajo primerizo que firmarían la inmensa mayoría de directores consagrados, un viaje a través de la España profunda y de la periferia madrileña que se apropia de los códigos del thriller e incluso del western para narrar una primaria -en el mejor de los sentidos- historia de venganza. Arévalo se pone como objetivo principal mantener la tensión en todo momento, sabedor de la importancia que tiene poner al espectador en una situación de completa indefensión. Para ello no necesita diálogos de más, simplemente poner la cámara en el lugar adecuado, moverla solamente si es menester, y esperar a que los silencios, las miradas y toda la rabia que subyace tras las imágenes hagan su parte. Y como nada falla, brilla el conjunto.

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Por poneros en situación, aunque la claridad y fuerza narrativa de la película no pone trabas al espectador para seguir la trama, Curro (Luis Callejo) sale de la cárcel ocho años después de haber sido encarcelado por haber participado en un robo con homicidio. Cuando sale, decidido a emprender una nueva vida junto a su novia Ana (Ruth Díaz) y su hijo, se encuentra con la inquietante presencia de José (Antonio de la Torre), que da la sensación de estar entrometiéndose en sus vidas. El resto, y aunque Tarde para la ira no es precisamente una película de sorpresa, conviene que lo vayáis descubriendo vosotros mismos mientras veis la cinta. Y es que el trabajo de guion de Arévalo, que contó con la ayuda de David Pulido para escribirlo, es preciso y realmente cinematográfico. Aunque la trama se cuece a fuego lento, la tensión se palpa en cada plano desde la portentosa secuencia inicial, que sin necesidad del virtuosismo hollywoodiense consigue su propósito con brillantez: introducirnos de lleno en la película. Y aunque hay algún giro, como es habitual y como, queramos o no, esperamos siempre en este tipo de trabajos, no hay nada que se sienta forzado o que no encaje. De hecho, la sorpresa más importante de la película es más que predecible, pero su forma de introducirla, en mitad de una escena de morderse las uñas, hace que su aparición sea sencillamente exquisita.

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En esta cinta el trabajo actoral es indispensable, ya que desde el principio acompañamos, cámara en mano, tanto a Antonio de la Torre como a Luis Callejo. Los dos están excelentes en sus respectivos roles, pero sería un sacrilegio no destacar, una vez más, las cualidades del primero, para un servidor el mejor actor nacional. Aquí, con unos matices muy similares a los del personaje que interpretó en la estupenda Caníbal, alterna esa contención con una expresión desencantada, indicativo de la ira que guarda en su interior y que le mueve a actuar de esa manera. Ruth Díaz compone con delicadeza un personaje con mucho más peso del que aparenta, y Manolo Solo brilla y consigue quedarse en nuestra retina con tan solo cinco minutos en pantalla. Teniendo en cuenta su experiencia como actor, Raúl Arévalo logra sacar de cada intérprete todo lo que tiene dentro, pues no hay ninguna interpretación que chirríe lo más mínimo.

Pero los elogios deberían dirigirse, sobre todo, a su espectacular dominio del lenguaje cinematográfico. Narrando prácticamente la primera mitad de la película mediante elipsis, concretamente hasta que llega el segundo acto, donde las cartas se ponen sobre la mesa y termina lo que entendemos por presentación, Arévalo maneja el tempo narrativo con maestría, dosificando la violencia e incluso dejando fuera de campo algunos momentos que, probablemente, no necesitaban ser mostrados. Filmada de forma seca, violenta y ruda, la sucia fotografía de Arnau Valls Colomer tiene un peso fundamental en la narración, sacando el máximo partido posible de cada escena y localización. Al mismo tiempo, la discreta pero funcional banda sonora de Lucio Godoy se convierte en otro elemento clave en la narrativa, que acompaña a las imágenes sin subrayar.

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El debut de Raul Arévalo tras las cámaras es sencillamente impresionante. Tan arriesgada como certera, Tarde para la ira presenta a una serie de personajes con los que cuesta empatizar, que responden a instintos primarios y que tienen muy claras sus pretensiones. En este aspecto, y dentro de la superficialidad que podría transmitir la propia historia o su temática, esta ópera prima consigue incluso resultar dolorosa en su conclusión, pues hace que cada personaje, independientemente de su comportamiento, sea complejo en su sencillez. Una carta de presentación apabullante, de un director con estilo y que dispone los elementos a la perfección a la hora de narrar, haciendo de esta historia tan corriente una experiencia vibrante, enérgica y desoladora.

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