Críticas, Estrenos

Secuestro – Las apariencias engañan

Bastante preocupante es que tras ver una película pienses inmediatamente en su guionista. Esto podría ser ligeramente positivo si el guionista en cuestión tuviese talento y sus líneas mejoraran el trabajo de un cineasta mediocre, pero nada más lejos de la realidad, pues Oriol Paulo se está convirtiendo en uno de los males endémicos del thriller español. El grueso de las producciones nacionales actuales están más preocupadas por aparentar calidad mediante un atractivo acabado visual (en este aspecto la película en cuestión, Secuestro, es resultona a la par que pobre) que por resultar verdaderamente eficientes. Y esto podría responder a la gran mayoría de preguntas que le surgen a uno al terminar de ver Secuestro, la nueva película de Mar Targarona, un despropósito cuyo único logro es opositar a la codiciada plaza del film más innecesariamente expositivo del año (la redundancia aparece de todas las maneras posibles). El guion pone en boca de sus personajes hasta el más mínimo detalle, lo que impide crear un mínimo de suspense y/o sorprender (o lograr que quiera o le interese ser sorprendido) al espectador con alguno de sus rebuscados giros. Pero lo cierto es que no nos debería sorprender este descalabro si hemos seguido de cerca (aunque poco importa la distancia: sus carencias, desafortunadamente, se ven a la legua) la carrera de Paulo, creador de los libretos de Los ojos de Julia y El cuerpo (también dirigida por él), dos de las películas más torpemente enrevesadas e ineficaces en su insistencia por construir trampas que hayamos podido ver estos últimos años.

Secuestro 1

A estas alturas no parece importar que las cosas se hagan bien o se hagan mal (o muy mal, como es el caso). Un reparto plagado de caras conocidas, unido a una campaña de producción casi tan reiterativa como el paupérrimo discurso de la película (por las formas, descuidadas hasta límites insospechados), es más que suficiente para que un proyecto salga adelante y llegue a las salas de cine. Secuestro fracasa precisamente por narrar todo sin alma, sin ninguna personalidad tras las cámaras, lo que no hace más que otorgarle importancia a un trabajo de escritura cercano al desastre. Las únicas decisiones visuales están relacionadas con subrayar determinados momentos, especialmente relacionados con la crítica indiscriminada a los “poderosos” (la denuncia sociopolítica de la cinta es para arrancarse los ojos) y con el impacto emocional de una historia que no logra trascender la interesante afección madre-hijo que le brinda su nada desdeñable premisa. El resto, pura planicie.

Secuestro 2

Secuestro se confunde fácilmente con cualquier episodio de una serie de ficción televisiva de origen patrio, y ni siquiera logra levantar cabeza con la labor de su reputado reparto, en el que nos encontramos con una desastrosa interpretación de Blanca Portillo, irreconocible por culpa de una intensidad completamente impostada. A todo esto sumémosle uno de los niños menos creíbles y más insoportables que una cámara de vídeo haya tenido ocasión de registrar jamás, una preocupante obsesión por abarcar tramas y trasfondos y ya tenemos un cóctel involuntariamente cómico. Porque sí, en este thriller las risas tienen más presencia que la tensión y mayor incidencia que el dramatismo, que aparece pero siempre de forma contraproducente, manipulando con unos resultados pésimos. En su empeño por sacar a la luz la maldad de la naturaleza humana, Targarona y Paulo terminar por crear unos personajes unidimensionales y, por qué no decirlo, ridículos. Quizá ese sea el adjetivo que mejor defina Secuestro, uno de los productos más sonrojantes de este 2016.

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