Críticas, Estrenos

Infierno azul – Bestias del Este salvaje

Infierno azul, la última película de Jaume Collet-Serra, compone su tejido mediante contrastes, no sólo en lo referente al aspecto interno, sino también en la propia concepción de la cinta y del trabajo de su director. El cineasta catalán se ha movido desde sus inicios dentro del mainstream −sus primeras películas fueron un remake, La casa de cera, y una secuela, ¡Goool 2! Viviendo el sueño−, en el que parecía mantenerse gracias a encargos de género altamente impersonales, pero en cierta forma prácticos. Por eso es mayor el choque cuando se revela la desvinculación forzada de los actos del realizador con respecto a sus intenciones, en pos de una imagen más autoral. Una muestra de ello es la colaboración actor-director, recurrente para algunos de los directores más relevantes de la historia −como la unión de Ingmar Bergman con Max Von Sydow, Wong Kar-Wai y Tony Leung o Wes Anderson y Bill Murray, por hablar de un caso más reciente− que Collet-Serra trata de establecer con Liam Neeson. Pero los intentos de construir una identidad propia se ven obstaculizados desde la misma base, pues las constantes que utiliza el catalán para dotar a su filmografía de un carácter uniforme son el género y el tono, que podrían ser funcionales si no resultaran materialmente genéricos.

Entrando ya en la película que nos ocupa, los deseos de autoralidad se ven proyectados en el uso de una fotografía preciosista −lo cual es realmente mérito de Flavio Martínez Labiano− que pretende otorgar cierta trascendencia a una trama y un desarrollo dignos de un survival algo mediocre. Así, la cinta juega de forma reiterada con la dualidad de la naturaleza, que puede ser inherentemente bella o instintivamente salvaje: en el aspecto visual, lo puro del paisaje se desgarra con lo sucio de la sangre; mientras que narrativamente es lo humano lo que corrompe lo natural (o puede que suceda al contrario). Para intentar evitar la redundancia, Collet-Serra divide la trama en distintos objetivos a corto plazo, que lo único que acaban consiguiendo es la visita al máximo número de lugares comunes posible.

Infierno azul

Sin embargo, la peor de las contradicciones de la obra es la existente en la representación de la protagonista, interpretada por Blake Lively. Me parece curioso cómo, tras la proyección de la película, ciertas personas hablaran de la supuesta nueva ola de heroínas que parece estar viviendo el cine actual. Precisamente en Infierno azul, que lo tenía todo para construir una figura femenina fuerte y relevante, acaba haciendo de ello su fachada, no su realidad. Sirviéndose de un enfoque a ratos paternalista y a ratos objetificador, Blake Lively termina resultando más una subordinada que la dueña de sí misma, pues sus acciones no parecen tener como fin último su supervivencia, sino el cuidado de terceros o la realización de sueños ajeno, simplemente para que la película pueda justificar la introducción de una historia de superación que no hace más que aguar algo de por sí insustancial. El resto de personajes, e incluso el director, se muestran más como contrincantes que como aliados, llegando incluso a utilizar el machismo −explícito o implícito− como una broma recurrente que añade incomodidad al aislamiento ya producido por la barrera lingüística, haciendo que la trama de la obra de Collet-Serra pase de centrarse en “tiburón vs Blake Lively” a “Infierno azul vs Blake Lively”.

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