Atlántida Film Fest, Festivales

Atlántida Film Fest 2016 (3)

Crónica escrita por Mario Iglesias

Nos adentramos en la sección de Política del Atlántida Film Fest, que aúna el atractivo temático con las escasas posibilidades de estreno comercial de buena parte de las películas programadas (lo que añade un mayor interés a su visionado en Filmin y en este certamen). La valoración de los tres largometrajes que nos ocupan, yendo de menos a más, va de lo fallido a lo interesante pasando por lo tibio, en una apuesta plenamente argumental en los tres casos y que deja las virtudes cinematográficas en un segundo plano.

Next Stop: Utopía (Apostolos Karakasis, Thanasis Kafetzis; 2015)
Next Stop: Utopía (Apostolos Karakasis, Thanasis Kafetzis; 2015)

Next Stop: Utopia nos propone un relato documental sobre la empresa griega Viome, desde que su quiebra económica lleva a la ocupación y autogestión por parte de la plantilla hasta que se constituye como empresa cooperativa tras años de situación irregular: se trata, en definitiva, una lucha con futuro incierto por construir un futuro laboral ante la disyuntiva de entregarse a un paro indefinido o luchar con pocos medios por sacar adelante una compañía ruinosa. Si bien el ejemplo de Viome no es singular en una economía como la de Grecia, convertida en la quintaesencia del estrepitosa explosión del capitalismo europeo regido por el euro, la significación mediática que alcanzó esta empresa de productos de limpieza (con visitas del entonces líder opositor Alexis Tsipras, de la escritora y activista Naomi Klein y de un delegado de la empresa autogestionada argentina Zanon) ayuda a que el documental pueda avanzar prestando atención no solo al duro y anodino día a día de los trabajadores, sino también haciendo significativas calas en un contexto de activismo y solidaridad. Fabricar y distribuir jabón, pues, se convierte en una forma de militancia ante la que el mundo exterior no permanece pasivo y se implica, con diversos grados de sinceridad -la de Tsipras queda muy en entredicho-, en un prosaico día a día con futuro incierto.

La principal virtud de este largometraje viene por su capacidad para mostrar la difícil viabilidad del proyecto a través del origen social de dos de sus más significados protagonistas: uno de ellos, acostumbrado al trabajo en la construcción y al dinero fácil (de cuyos restos todavía tenemos interesantes pistas, como el Audi que conduce y el amplio piso en el que vive); el otro, procedente de una familia comunista que se remonta a sus abuelos y mucho más consciente de la identidad de clase que está detrás de la acción colectiva que promueven. Sin embargo, y a pesar de contar con este buen material de partida, Next Stop: Utopia vuela demasiado raso y jamás se sale de su modesto y muy limitado formato televisivo, en el cual no hay lugar para elemento reseñable alguno más allá de su argumento, y no digamos ya ambición cinematográfica: sus directores se han limitado a levantar acta de un hecho social existente, digno de ser conocido, por el medio que han tenido a su alcance. Se trata, en definitiva, de un cine reducido a medio de ilustración periodística.

Metamorphosis (Manuel Pérez Cáceres, 2016)
Metamorphosis (Manuel Pérez Cáceres, 2016)

El proceso que se produjo entre la gestación y los primeros pasos de la candidatura Guanyem Barcelona hasta su mutación en Barcelona en Comú y el triunfo electoral que convirtió a Ada Colau en alcaldesa se ve reflejado en Metamorphosis a través de una de sus activistas, Laia Forné, que se convierte en el hilo conductor a través del impacto personal que sufre en su inmersión en el proyecto. Para intentar sortear el tono de reportaje televisivo al que parece dirigirle su temática, el director Manuel Pérez Cáceres opta por poner el foco de forma esporádica en la vivencia íntima de su protagonista, de la que en ocasiones se nos ofrecen muestras de un diario filmado en el que casi invariablemente nos da pistas de una crisis personal que parece entrar en contradicción con el momento de ebullición política del que se está convirtiendo en una de las artífices.

En esta tensión entre lo personal y lo político (la película no parece compartir el popular lema de Carol Hanisch) quedan oscurecidas las razones del aparente naufragio de Laia Forné, más allá de un sutil indicativo de la enfermedad paterna, del mismo modo que resulta difícil profundizar en las propuestas concretas y el modelo de ciudad que la candidatura quería poner en pie y por el cual consiguió una movilización popular considerable. Esas propuestas y ese modelo de ciudad sin duda existen, pero la película opta por obviarlas y centrar su mirada en cuestiones organizativas derivadas de la conversión del inicial modelo ciudadano y asambleario en una confluencia de ámbito mayor en la que también entran organizaciones tradicionales y ya implicadas en la gestión municipal durante años. Tal vez esas carencias de Metamorphosis sean un síntoma de las carencias de discurso político que sufrimos, en el que el fetichismo de la organización y los procedimientos deja en un segundo plano lo estructural: qué instituciones hay que demoler, cambiar o potenciar; qué economía hay que domesticar y (al menos intentar) dominar; qué contenidos y qué objetivos finales deben servir como guías y brújulas… Todo parece limitarse a las reglas del juego hay que seguir para una conquista del poder con todavía indeterminadas intenciones, más allá de mejorar lo existente. Las formas, correctas, tampoco ayudan a trascender unas carencias de lo que se acaba configurando como una aceptable ilustración de unos hechos conocidos.

Boye (Sebastián Arabia, 2016)
Boye (Sebastián Arabia, 2016)

Es innegable el potencial cinematográfico que posee una personalidad como la de Gonzalo Boye, abogado y editor de recurrente presencia mediática y cuya importancia en los tres documentales dirigidos por el dúo que conforman Xavier Artigas y Xapo Ortega (autores de Ciutat morta) no ha sido menor. En este caso, Boye se convierte en protagonista absoluto de una larga entrevista biográfica, casi siempre en plano fijo, con pequeños y sutiles insertos ambientales para acompañar su relato de hechos y unos poco justificados planos en su tercio final en los que la entrevista pasa de frontal a lateral, se cambia el color por el blanco y negro y la cámara esboza un tenue movimiento.

A pesar de la prolijidad del documental, que sobrepasa ampliamente las dos horas, y de su aparente modestia estética, consigue hábilmente construir en la narración de la peripecia carcelaria de Boye y sus múltiples derivadas históricas y geopolíticas algo muy semejante a un significativo microcosmos que refleja las deficientes formas en que se construyó la democracia española , su influencia en otros países que tomaron como modelo su Transición -excluyente de cualquier posibilidad de corrección en la estructura social conformada por la dictadura antecedente- y las consecuencias involutivas que la desaparición del bloque soviético trajo en el campo capitalista y algunos de sus más serviles puntales (España y Chile quedan muy retratadas al respecto).

Y sin embargo, la misma trayectoria vital de Gonzalo Boye muestra hasta qué punto es posible lidiar con unas ingratas circunstancias represivas y superarlas, aunque él mismo confiesa que su clase social de partida sirvió al final de ayuda, aunque solo fuese como inconsciente guía de hacia dónde podía reorientar su vida. Con algunas afirmaciones lapidarias que no dejan dudas del lado de la barricada en el que ha elegido situarse, bien sea desde la cárcel o desde el prestigio y la influencia actuales, el vertiginoso discurso del abogado de Edward Snowden, editor de la revista Mongolia y representante de la Federación Palestina de Fútbol ante la FIFA hace un recorrido lúcido y nada convencional por gran parte de los acontecimientos relevantes de las últimas décadas, en los que ha tenido de una forma u otra implicación personal, con especial hincapié en el atentado del 11-M de 2004 y su posterior juicio (origen de su conversión en personaje público), y nos muestran cómo, en este caso concreto, el respeto al entrevistado y un mínimo decoro técnico son suficientes como para que los 135 minutos dedicados al visionado de Boye se conviertan en una experiencia muy alejada de la irrelevancia.

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *