Atlántida Film Fest, Festivales

Atlántida Film Fest 2016 (1)

Mi primer texto de esta edición del Atlántida, dividido en esta ocasión por temáticas en cuatro secciones con un claro enfoque social común, se va a centrar en la sección Generación, que analiza el comportamiento de los nuevos europeos. Mi primera incursión ha sido un tanto infructuosa, visionando tres títulos análogos en su forma de desaprovechar ideas realmente interesantes. El recorrido me ha llevado por países como España, Grecia y Dinamarca, con propuestas muy diferentes entre sí pero de resultados bastante similares.

Bittersweet Days (Marga Meliá, 2016)
Bittersweet Days (Marga Meliá, 2016)

Empezamos hablando de la propuesta nacional Bittersweet Days, dirigida y escrita por la mallorquina Marga Melià. Autodenominada como película indie por haber surgido en los márgenes de la industria cinematográfica, esta ópera prima fracasa estrepitosamente por su incapacidad para escapar a los clichés del cine más convencional. El guion, trufado de lugares comunes y diálogos tan insípidos como reutilizados, juguetea con la comedia ligera y el drama aún más ligero en este arquetípico romance. Cuando el novio de Julia se traslada temporalmente a Londres por motivos laborales, ella debe compartir piso con Luuk, un simpático fotógrafo holandés. Entre ambos surgirá una conexión especial, aunque una serie de inconvenientes y/o malentendidos dificultarán un poco las cosas.

Bittersweet Days es una película que nace muerta, lastrada por unas interpretaciones muy forzadas, exentas de toda naturalidad. Lo mejor que puedo decir de ella es que resulta inofensiva, por lo que es hasta doloroso pararse a enumerar sus incontables puntos débiles. Durante su fase más distendida, heredera de la vertiente más tópica de la comedia romántica, la cinta es incapaz de transmitir simpatía alguna. Minutos más tarde, cuando el arco dramático de los personajes y de la propia historia se convierten en el centro de la narración, la emoción es mínima y el desenlace terriblemente previsible. Tan banal como intrascendente, la olvidamos a los pocos minutos de visionarla.

Chevalier (Athina Rachel Tsangari, 2015)
Chevalier (Athina Rachel Tsangari, 2015)

Desde tierras griegas nos llega Chevalier, el segundo largometraje de la directora Athina Rachel Tsangari. Esta cinta, a competición en la pasada edición del Festival de Locarno, tiene unas intenciones bastante claras y honestas: reírse de la masculinidad. En medio del mar Egeo, un grupo de seis hombres se encuentra de pesca en un lujoso yate para jugar a un juego. Este juego consiste en descubrir cuál de ellos es el mejor en todo, y en cada una de las pruebas sale a relucir la verdadera naturaleza del macho ibérico, aquél capaz de traicionar amistades consolidadas con tal de conseguir un anillo ficticio que atestigüe su virilidad. Sobre el papel, nos encontramos ante una propuesta muy interesante, especialmente si tenemos en cuenta que nace bajo la etiqueta de comedia absurda.

Como todas las cinematografías “menores” actuales -las llamo así por el escaso número de títulos que traspasan nuestras fronteras-, la griega está aprovechando el tirón de su autor más reconocido a nivel internacional, Yorgos Lanthimos. ¿Qué significa esto? Pues que están surgiendo muchas propuestas que articulan su dispositivo en torno a las ideas de la sorpresa y la provocación. Como en el caso de los trabajos del director de Canino, lo mejor de Chevalier es su premisa. La diferencia es que, aunque soy de la opinión de que las originales ideas de Lanthimos se terminan agotando en el transcurso del filme, la de Chevalier no logra transmitirme nada -positivo o negativo- en sus cien minutos de duración. Aunque el objetivo de ridiculizar la masculinidad se podría considerar satisfecho, las imágenes creadas por la cineasta nunca logran trascender su idea narrativa, repetitiva y desaborida en su originalidad argumental.

Bridgend (Jeppe Rønde, 2015)
Bridgend (Jeppe Rønde, 2015)

Y para seguir hablando de ideas desaprovechadas -aunque éstas sean apropiación de determinados hechos reales-, es el turno de Bridgend, el primer largometraje de ficción de Jeppe Rønde. Con una puesta en escena hermética por autoimposición, el danés nos traslada a un pueblo en el que una serie de jóvenes se están suicidando sin un móvil aparente. Para transmitirnos la sensación de desconcierto y extrañeza, seguiremos el punto de vista de un nuevo miembro de la policía local y su hija, que acaban de trasladarse a la población. La joven comenzará a relacionarse con los chicos de su edad, que todas las noches rinden extraños cultos a sus amigos fallecidos en el bosque.

Heredera en la creación de su atmósfera de cintas como Picnic en Hanging Rock, Innocence o la reciente La bruja, Bridgend es incapaz de hacer justicia a los hechos reales que pone en imágenes; unas imágenes vacías de significado al pretender ser magnéticas a la fuerza. Y quizá sea ese el principal problema de la película, que todo en ella resulta forzado y que su pretendido realismo mágico únicamente logra contagiarnos el patetismo de un grupo de jóvenes mucho menos misterioso de lo razonable o lo esperado. Ni siquiera el atractivo trabajo de cámara en los continuos viajes nocturnos al bosque sirve para alcanzar un mínimo de satisfacción, pues Rønde está más interesado en lanzar incontables preguntas al aire que en cuidar la coherencia narrativa de sus imágenes.

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