Críticas, Estrenos

Todos queremos algo – Aquellos días

No es nueva la afición del estadounidense Richard Linklater por plasmar en la gran pantalla el paso del tiempo. Aunque el ejemplo más claro de esto sea Boyhood -película que ha lanzado al cineasta definitivamente al estrellato-, con los 12 años que abarcaba el coming of age de su protagonista, no hay que olvidar los 20 años que transcurrían a lo largo de la trilogía Before. La historia de Jesse y Céline quizá sea la cumbre artística de Linklater, por su capacidad de captar una relación tan compleja, con sus puntos álgidos y sus baches, en tan solo tres marcos temporales limitados. Pero no hace falta quedarse con estos dos trabajos -si contamos la trilogía como uno solo, que no lo es- para reafirmar el interés del director por hablar de la juventud, captar el momento y recuperar la esencia nostálgica de su etapa en la universidad.

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Denominada comercialmente como una secuela espiritual de Movida del 76, Todos queremos algo narra las peripecias de un grupo de jugadores de béisbol que comparten casa los tres días anteriores al comienzo de sus estudios universitarios. Como eje de la narración encontramos a Jake, un joven que acaba de unirse al resto de sus compañeros. Pero el espectro de personajes es amplio, a pesar de que los objetivos de todos y cada uno de ellos sean esencialmente los mismos: hablar de béisbol y salir en busca de mujeres. Respecto a esto último, tenemos que hacer un esfuerzo por entender las intenciones de Linklater a la hora de plasmar sin adornos un tiempo pretérito, haciendo que las mujeres en su película tengan un papel realmente deleznable. Al fin y al cabo, Todos queremos algo no es más que una película de hombres en pleno proceso de alcanzar la edad adulta.

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Tres días que se verán reflejados en algo menos de dos horas, con sus respectivas juergas nocturnas, en las que el ambiente variará sustancialmente de una noche a otra, y sus entrenamientos matinales, donde sale a relucir la competitividad masculina, mayor aún que cuando se trata de conquistar a una dama. Una vez más, los defectos y las virtudes del trabajo vienen dadas por la simpleza del mismo, cuyo efecto nostálgico tiene mucha más fuerza que sus intenciones formales, con el plano secuencia como bandera, especialmente a la hora de presentar a los personajes. Todos queremos algo es dinámica, entretenida, buenrollista y entrañable, pero sus logros nunca trascienden la significación de esos adjetivos, que hacen de ella una comedia sobre universitarios tan especial como finalmente rutinaria.

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Quizá el éxito de esta película resida en la química existente entre todos los miembros de un reparto compuesto por actores desconocidos, que aumentan la naturalidad de cada situación y elevan el interés de cada personaje aportando el carisma necesario. Un éxito que muy probablemente se concentre entre los más acérrimos seguidores del cineasta, pues a los demás tiene muy poco o nada que decirnos, independientemente de lo inofensiva y divertida que pueda resultar. Igual soy yo, que tampoco fui capaz de compartir el entusiasmo que generó Boyhood, una propuesta mucho más contundente y madura a todos los niveles.

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