Críticas, Estrenos

The Program (El ídolo) – La representación inane

Tras el estreno internacional en 2013 de La mentira de Lance Armstrong, un documental dirigido por Alex Gibney, era cuestión de tiempo que alguien hiciera la versión academicista de la historia del ciclista en forma de biopic. El documental arrancó inmediatamente después de que le fueran desposeídos sus 7 títulos de ganador del Tour de Francia. La película de ficción, en una evidente (y preocupante) declaración de intenciones, concluye en el mismo punto que su predecesora. Sin embargo, encontramos su inicio en los primeros años de Armstrong como profesional; los primeros momentos que tienen lugar coinciden con sus buenos resultados en las clásicas de primavera y su fracaso en el primer Tour de Francia que corrió, meses antes de que le fuera diagnosticado un cáncer de testículo. El resto, como bien sabemos, es historia. Y es precisamente lo que viene Stephen Frears a mostrarnos: el auge y posterior caída de una de las figuras más mediáticas de las últimas décadas.

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Frears ha creado una obra de narrativa ágil y montaje trepidante, cuyas intenciones de contenido no son otras que servir de crónica sobre los sucesos más importantes en la trayectoria personal y profesional de Lance Armstriong. El problema es que el británico tiene un concepto del espectáculo un tanto extraño, y su falta de sutilidad, unida a una recreación insultante de las carreras ciclistas (parece que estamos viendo un gran premio de F1 en vez de una etapa del Tour de Francia), tan fallidas en lo visual como en cualquier intento por transmitir realismo, convierte el recorrido por la vida de una de las figuras más relevantes de cara a la opinión pública en un mero entretenimiento que nunca deja de ser superficial e intrascendente. Cuestiones de puesta en escena aparte, la estructura narrativa de The Program se mantiene siempre más cercana al documental que a la ficción, pues lo de transmitir verdad parece una quimera, aunque Ben Foster se deje la piel e intente transformarse durante algo más de 100 minutos en el otrora héroe norteamericano -su parecido físico ayuda una barbaridad-.

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El material con el que ha contado en esta ocasión el director de Philomena no parecía ser el más adecuado para sus características, y se nota que trata el tema desde la lejanía, sin realizar jamás un estudio psicológico de su interesante protagonista. Después de tener un documental que revelaba estos mismos hechos (que además ya conocíamos), es un crimen que el trabajo de ficción sea incapaz de traspasar la superficie, y se limite a documentar, por segunda vez, unos hechos que en el peor de los casos teníamos que refrescar. El metraje se pasa en un suspiro, y objetos de investigación tan importantes como el poco caso que se le hizo al periodista David Walsh (que durante años afirmó que Armstrong ganaba gracias al dopping) se pasan por alto en esta producción anodina e inerte.

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